TESALONICENSES (Epístolas I y II a los)
Las dos primeras epístolas que S. Pablo es- cribió, desde Corinto (h. 50-51 desp. de J. C.), con un intervalo de pocos meses entre ellas, a los fieles de Tesalónica (= moderna Salóni- ca) importante capital de Macedonia, lugar de tránsito y de mucho tráfico entre Tracia, Acadia y el mar, en la vía Egnada, donde concu- rrían funcionarlos de gobierno, autoridades militares, mercaderes; entremezcla de razas y de religiones; además de importante colonia de judíor Allí llegó el Apóstol, procedente de Filipos, después de haber tocado en Anfípolis y Apolonia, en el principio de su segundo viaje apos- tólico; en tres sábados expuso en la sinagoga local la catequesis apostólica: Jesús verdade- ro Mesías, en quien se realizaron las profe- cías del Antiguo Testamento; su muerte y su resurrección. Solamente algunos judíos acepta- ron el Evangelio, pero fue grande el número de «prosélitos y de griegos» que se hicieron cris- tianos, así como «no pocas mujeres de las prin- cipales familias= (Act. 16, 25-17, 4). A impulso de su fanatismo, los judíos asala- riaron a los parásitos del mercado y de las 580Aplazas y promovieron un motín para quitar de delante a Pablo y a Silas. Cercaron la casa en que se hospedaban, y al no hallarlos arras- traron a Jasón y a algunos de los hermanos y los llevaron ante los politarcas. «Todos éstos son unos rebeldes que desechan los mandatos del César, y propalan que hay otro rey, Jesús». Es la misma acusación de los fariseos a Pi- lato contra Jesús.
Por la hospitalidad concedi- da a unos hombres que andaban fuera de la ley (según la acusación), a Jasón se le sancionó con una m ulta. Pablo y Silas se fueron de Tesalónica durante la noche. Después de haber in- tentado detenerse en la cercana ciudad de Berea, el Apóstol hubo de dirigirse a Atenas, forzado a ello por los furiosos judíos que allí se habían llegado. Sentíase angustiado por no poder atender a los tesalonicenses, un campo que tan fértil se habla presentado para su predicación, y para ello dejó allí a sus colabo- radores (Act. 17, 1-15).
Entre tanto se ensañaba la persecución sin tregua contra los re- cién convertidos tesalonicenses (I Tes. 1, 6; 2, 14 ss.). Pablo intenta volver a alentarlos, pero tro- pieza con obstáculos y les manda a Timoteo (I Tes. 3, 2-8). Este vuelve directamente a Co- rinto, por donde él había pasado, y su informe es consolador, ya que aquellos neófitos, a quie- nes S. Pablo no habla podido acabar de ins- truir en las verdades del cristianismo (I Tes. 3, 10), perseveran en la fe, a pesar de las vio- lencias de todo género que les provenían de los judíos perseguidores; son ejemplares en la práctica de la caridad; y, pese a todas las ca- lumnias que se han hecho circular para envi- lecer la figura del Apóstol, se mantienen fir- memente adheridos a él.
Este informe fue la causa inmediata de la I epístola. Contenido. Con energía y audacia defiende en ella San Pablo la dignidad y santidad de su ministerio (como lo hará en Gál. y II Cor.), entremezclando grandes alabanzas a los neófitos por mantenerse fieles al Evangelio y al Após- tol. Contra quienes quisieron hacer ver en él un vago anunciador de fútiles novedades, mo- vido por intereses personales, recuerda los mi- lagros (testimonio de Dios) que habían acom- pañado a la predicación y los resultados al- canzados (1, 5-9); él ha obrado siempre con rectísima intención, cumpliendo la voluntad del Señor, en medio de padecimientos y humillacio- nes continuas (2, 1-6); su desprendimiento es evidente a los tesalonicenses, pues renuncian- do al derecho que compete a todo misionero de ser sustentado por los fieles, se proporcionó por sí mismo lo necesario para 61 y para sus 580Bcolaboradores mediante el trabajo de su manos ejerciendo su oficio de fabricante de lonas (2, 7). Tampoco se mostró desconfiado para con sus amados los tesalonicenses, con quienes se portó como una nodriza, como un padre (2, 8-11), siempre por motivos sobrenaturales (cf. I Cor. 9, 7-18: expiación y amor).
Su afecto persevera firm e; no es cierto que haya huido pensando en sí, sin cuidarse de ellos (2, 13; 3, 1-13); por dos veces intentó volver a ellos y no pudo lograrlo; y entonces envio a su ama- do Timoteo, que tanto le ha consolado con sus buenas noticias (3, 8). Da gracias a Dlos y alaba a los fieles, para quienes fórmula los votos de su tierno corazón. Siguen a esto (cc. 4-5), sin la unidad de la parte precedente (que es la principal), unas recomendaciones prácticas, distintas entre sí, y a veces brevísimas. Que se conserven puros (4, 1-8); progresen en la caridad (4, 9-12); moderen el luto exte- rior (4, 13-18); esperen fervorosamente el tiempo de la Iglesia (5, 1-12); respeten a los fieles de la comunidad; reprendan a los ocio- sos; perseveren en la oración; estén atentos a los dones del Espíritu Santo (5, 16-22). Im- plora al Señor toda clase de gracias para los fieles y los saluda (5, 23-28).
La tercera exhortación (4, 13-18) se expre- sa en estos términos: «No queremos que ig- noréis (= queremos que estéis bien instruidos), hermanos, lo tocante a la suerte de los difun- tos (= aquellos que se adormecen o que se van adormeciendo), para que no os aflijáis como los demás (los paganos) que carecen de espe- ranza (en la bienaventuranza celestial o en la resurrección de los cuerpos). Pues si creemos, que Jesús murió y resucitó, así también debemos creer que Dlos tomará con Jesús (resu- rrección) a los que mueren en Él (bienaventu- ranza inmediata de las almas de los justos, in- mediatamente después de la muerte)».
Luego S. Pablo se detiene en la resurrección. «Esto os decimos como palabra del Señor: que nosotros, los vivos (nosotros que actualmente estamos aún en vida, en comparación con los que habían muerto y con los que estaban pró- ximos a morir), no seremos separados de nues- tros difuntos cuando venga el Señor («en la segunda parusía del Señor»), pues el mismo Señor, a una orden, a la voz del arcángel, des- cenderá del cielo; y entretanto los muertos en Cristo resucitarán (todos) primero; después nosotros, los vivos, los que quedamos, junto con ellos (= los queridos difuntos a quienes lloramos) seremos arrebatados en las nubes, al encuentro del Señor en los aires; y así estare- 581Amos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mu- tuamente con estas palabras».
Esta traducción sólidamente fundada por A. Romeo en la filología y en la sintaxis en VD 1929, es aceptada por K. Staab en su reciente comentario (1950) como única exacta y que res- ponde al texto, al contexto y a toda la ense- ñanza de S. Pablo. Repetidas veces enseña S. Pablo explícita y categóricamente la universalidad de la muer- te, sin excepciones (Rom. 5, 12-21; Heb. 9, 27, etc.); tiene la certeza de que ha de morir, y lo desea para estar con Cristo (II Cor. 5, 6 ss.; Flp. 1, 21 ss.; II Tim. 4, 6 ss.: etc. cf. A. Romeo, Parusía en Enc. Catt. It., IX, col. 875-82).
No es admisible el recurso a una evolución en el pensamiento de S. Pablo, pues está en oposición con los textos citados. «Nosotros afirmamos la continuidad y la unidad del pen- samiento de S. Pablo» (Bonsirven, L'évangile de Paul, 1948, p. 339 ss.). Si hubiese alguna dificultad en I Tes. 4,.15, quedaría resuelta con los clarísimos textos que acabamos de citar, los cuales excluyen toda ilusión acerca del inminente fin del mundo. Por otra parte, la suposición de esta ilu- sión fue siempre motivada por la interpretación del llamado discurso escatológico de Jesús: Mt. 24, en el que se decía que Jesús había hablado de la destrucción de Jerusalén a la vez que del fin del mundo, dejando a los discípu- los en la persuasión de que éste estaba enlazado con aquélla.
Ahora esta base ha caído por tierra: Jesús habló únicamente del fin de Je- rusalén, y los discípulos no estuvieron nunca en la persuasión errónea que se les ha atribui- do (v. Escatología; F. Spadafora, Gesit e la fine di Gerusalemme, Rovigo 1950). Y en cuanto al texto: el v. περιλείπομαι (ser sobreviviente) nunca se construye con el< ¡y acusativo, por lo que es erróneo el traducir «nosotros dejados para la parusía»; en cam- bio φθάνω (Grimm, Zorell en sus diccionarlos del griego bíblico: nequaquam ante illos aut sine illis ad gloriam perveniemus»), en S. Pa- blo- (como en los autores griegos de su tiempo) se construye siempre con eís y acusativo, colo- cados antes del verbo (= Rom. 9, 31; Flp. 3, 16).
Respecto del contexto inmediato: la finalidad de la recomendación está explícita: «para que no os aflijáis como los demás que carecen de esperanza»; «para que se consuelen». Aviso exclusivamente práctico; y también secundario, aun cuando, tomándolo como punto de parti- da, hable de él S. Pablo refiriéndose abierta- 581Bmente a la resurrección final de los cuerpos y al triunfo de los justos con el Redentor (cf. I Cor. 15). Y, efectivamente, se halla en el tercer puesto, en medio de una serie de exhor- taciones prácticas.. Respecto del contexto rem oto: no se ha- llan restos en S. Pablo ni en el Nuevo Testa- mento de esas pretendidas ventajas o desventa- jas a propósito de la venida de Cristo relati- vamente a aquellos a quienes la imaginación mantiene todavía en vida en el momento de la resurrección final. No puede por menos de considerarse como arbitraria la explicación que se ha dado de la naturalísima recomenda- ción de Pablo contra los ociosos (I Tes. 5, 14), apelando a la espera, que no existe, del fin del mundo. Otra vez en Ef. 4, 28 (ya en la cauti- vidad) y más adelante aún en la I Tim. 5, 13 escrita después de la precedente) repetirá San Pablo la misma exhortación.
Debía de haber en Tesalónica, gran ciudad marítima, una considerable cantidad de hol- gazanes (cf. Act. 17, 15), y entre los converti- dos hubo también algunos que huían del tra- bajo, prefiriendo disfrutar de la caridad de los demás fieles. Contra éstos volverá a pro- nunciarse S Pablo en II Tes. 3, 6- 12. La cuarta recomendación (5, 1-11) es un nuevo tema, en el que se trata del «día del Se- ñor», y con un eco exacto de Mt. 24; Lc. 17, 22-18, 8 que se refiere al gran castigo que cae- rá sobre los judíos perseguidores: exhortacio- nes a estar vigilando.
En vez de fomentar la curiosidad acerca del tiempo y de las circuns- tancias, que son un secreto de Dlos (= Mt. 24, 36, 42; Act. 1, 6 ss.), los fieles se aplicaron a ser confiados y perseverantes. Es la gran pro- fecía de perseverancia para la Iglesia naciente perseguida (v. Escatología), que Pablo había comunicado a los fieles de Tesalónica, donde se había producido una situación idéntica a la de la Iglesia de Palestina, según dice expresa- mente S. Pablo en I Tes. 2, 14 ss. «Al perse- guir de ese modo los judíos a la Iglesia, colman cada vez más la medida de sus pecados. Mas la ira viene sobre ellos y está para descargar hasta el colmo» (2, 15 s. = Mt. 23, 32.34.36.38). La II epístola a los tesalonicenses, escrita unos meses más tarde, es una prolongación natu- ral de la primera y contiene una rectificación.
San Pablo anima a los fieles a que perseveren firmes, no obstante las vejaciones de’ los ju- díos, con la certeza del triunfo del reino de Dlos y del grave castigo de los perseguidores (II Tes. 1, 1-10).
Se toma de nuevo el mismo tema de I Tes. 5, 1- 11. Cf. II Tes. 1, 7.582A10 = Mt. 24, 30 s. La rectificación se refiere al tiempo. Antes de todo deben realizarse las se- ñales que nos dio Nuestro Señor, principal- mente la señal inconfundible de la profanación del Templo. Por ahora el poder de Roma tiené a raya a la sinagoga: se dará la explosión después de la rebelión contra el imperio (τὸ κατέχον) y de la derrota de su representante local (¿κατέχων)- Esto lo escribe S. Pablo de una manera velada, pero remitiendo a las ex- plicaciones que habla dado de viva voz (según queda expuesto en la voz Anticristo). Viene luego una amonestación genérica, que es al mis- mo tiempo un deseo de S. Pablo (II Tes, 3, 1 - 5), una nueva y enérgica represión a los ocio- sos (3, 6-15), los deseos de prosperidad y el saludo final (3, 16 ss.).
Por la catequesis apostólica y por Mt. (24) sabía S. Pablo que la destrucción de Jerusalén ocurriría antes de que se extinguiese la gene- ración contemporánea al Redentor (Mt. 24, 34), pero desconocía la fecha fija, que Nues- tro Señor había callado (Mt. 24, 36). Habían pasado unos 20 años (desde el 30 desp. de J. C. hasta el 51 aproximadamente) y Pablo la considera ya como próxima (I Tes. 1, 10; 2, 16; cf. 5, 1-11).
Nada, pues, tiene de extraño el que los fieles la esperasen y la creyesen más inminente aún ante el peso de las persecucio- nes; y eso no implica ningún error, y menos aún una doctrina nueva. Pero S. Pablo ya les había comunicado las señales que la anuncia- rían de antemano, incluso la señal inmediata e inconfundible de la rebelión de los judíos contra Roma y la profanación del Templo. Por consiguiente, no debían forjarse ilusiones que podrían ser peligrosas para su fe y para su perseverancia. Así se explica por qué San Pa- blo no vuelva a tocar este argumento en las otras epístolas (Gál., Cor., Rom., etc.), pues ha sido una cuestión suscitada por circunstan- cias del ambiente. Volverá sobre ella, en cam- bio, con alusiones bastante claras, en Heb. Tam- poco se ve aquí alusión alguna al fin del mun- do. Acerca del paralelismo que recientemente se ha querido ver entre II Tes. 2, 1-10 y Ap. 11, 3-13, v.
Apocalipsis; la perícope de los dos testimonlos actualmente se explica satisfacto- riamente refiriéndola al martirio de Pedro y Pa- blo en Roma; al parecer triunfa Satanás en sus satélites; pero los verdaderos vencedores son los que han sufrido la muerte; pereció Nerón, y la persecución pasó, pero la Iglesia permanece y se desarrolla cada vez más puri- ficada. Las epístolas a los tesalonicenses son el eco de la solemne profecía de Jesús sobre el fin de 582BJerusalén. Hoy todos reconocen (Plummer, Orchard, en Biblica. 19 (1938), 24-31; B uzy; Rinaldi, etc.), su dependencia literaria de aqué- lla, ya que sus frases son idénticas a las de Lc. 17 y Mt. 24, basta sacar las consecuen- cias.
Bibliografía
A. ROMEO, en V D, 9 (1929) 307-12, 339- 47. F. Spadafora, I-Il Thess. en Rivlsta Bíblica. 1 (1953) pp. 5- 23. K. Staab-J. F r e un d o r fe r, Die Thess.-Briefe, die Gefangenschaftsbriefe, Resensburg 1950, p d. 9-49. G. R in a l d i, Le lettere al Tessalonlcesl, Milano 1950. E. Cothenet, La II Tess. et l'Apocalypsi synoptique, en RScR, 42 (1954) 5-39. * J. L ea l. La dirección espiritual de S. Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses, (Manr. 1951 oct.-dic.).