SACRIFICIO
Como todas las religiones, la hebrea tenía también sus sacrificios, o sea ofrendas que se hacían a Dios , incluyesen o no incluyesen el concepto de inmolación. Era costumbre de ofrecer sacrificio a la divinidad como señal perfectísima de adoración, y aparece ya en los orígenes del hebraísmo. Los conceptos fundamentales que acompañan a la ofrenda son, al parecer, la adoración de Dios , la comunión con Dios y la expiación de culpas. No pocas veces se habla del sacrificio en la Biblia (Gén. 8, 21; Lev. 3, 11.16; 21, 8.17.21 ss.; 22, 25, etc.), como de un alimento de Dios . Trátase de un antropomorfismo que expresa la complacencia de Dios, en cuanto acepta la ofrenda del fiel, que en honor suyo se priva de una cosa de su propiedad. 526AEl sacrificio es esencialmente un «don» (hebr. minháh ) o una «ofrenda» (hebr. qorbán ) que se hace a Dios de los propios bienes como prueba de reconocimiento y agradecimiento. Los diferentes sacrificios cruentos en los que se mataban animales se clasificaban en tres especies: holocaustos, sacrificios pacíficos y expiatorios.
El holocausto (griego ὁλοκαύτωμα o también ὁλοκαύτωσις ; Vulg. holocaustum , holocautoma ; hebr. ’oláh ) estaba constituido, según indica su nombre griego, por la destrucción completa del animal en honor de Dios ; es la ofrenda integral (hebr. kalil ), con la que el hombre intentaba su completa entrega a Dios (Lev. 1, 3). Salvo la piel, todo se consumía: la carne se quemaba y la sangre se esparcía alrededor del altar. Este sacrificio era ofrecido por personas privadas y también por la colectividad. Todas las mañanas y todas las tardes se ofrecía un cordero en holocausto por todo el pueblo (Éx. 29, 38-42). El rito se describe minuciosamente en Lev. 1, 1-17; 6, 8-13; Núm. 15, 3-9; tenía en él una parte notabilísima el esparcimiento de la sangre (Lev. 1, 11; cf. Lev. 17, 14; Dt. 12, 23). El sacrificio pacífico o salvador (hebr. zebah šelāmîm , o sólo šelāmîm ) es el que ofrecían personas ya reconciliadas con Dios , en acción de gracias o para alcanzar alguna gracia. Se hace resaltar en él la comunión y la amistad entre Dios y el oferente, que consumía una parte de la víctima en un banquete familiar.
La grasa se quemaba en honor de Dios; y de lo que sobraba, una parte (el pecho y la pierna) pertenecía por derecho al sacerdote, y lo demás era la carne que después de quedar consagrada era consumida por los oferentes, con tal que se hallasen en estado de pureza legal (Lev. 7, 19 ss.). Al banquete podían ser invitados los parientes y también otras personas, particularmente los pobres (Dt. 12, 12.18; 16, 11 ss.). Con el sacrificio de expiación (hebr. kippūr ) iba unida de un modo especial la idea de una reconciliación entre Dios y el pecador (Lev. 4, 20; 5, 13; 9, 7). La Biblia distingue entre sacrificio por el pecado (hebr. hatā’āh ) indicado para los pecados de comisión que no menoscababan los derechos del prójimo; y sacrificio por el delito (hebr. ’āšām ), para expiar los daños causados al prójimo por omisión o por comisión injustas (sacrificio de la enmienda). En éstos una parte de la víctima se quemaba sobre el altar, otra cedía en favor del sacerdote y lo restante debía quemarse en despoblado. 526BEl rito llevaba consigo la «confesión» del pecado y suponía la reparación del daño.
La ofrenda cancelaba la impureza levítica (Lev. 12, 6; 15, 14.20) y las diferentes transgresiones morales debidas a debilidad o error (Núm. 15, 27 ss.), no las que eran fruto de una malicia deliberada.
El oferente imponía las manos sobre la cabeza del animal para simbolizar la transferencia de la culpa, y luego se practicaba un rito que se regulaba según normas más categóricas que de costumbre, las cuales variaban según la calidad del oferente (Lev. 4, 1-6, 7; 7, 1-10; Núm. 15, 22 ss.). Para el día kippūr o expiación (v.) estaban prescritos solemnes sacrificios expiatorios para toda la colectividad y además se inmolaba un macho cabrío en todos los novilunios, en Pascua , en Pentecostés y durante la fiesta de los Tabernáculos. En II Mac. se hace mención de otro sacrificio expiatorio por los difuntos.
Con el sacrificio propiamente dicho se unía la ofrenda de manjares y de bebidas (hebr. minháh y nesek ), y también la de incienso y otras sustancias aromáticas. Gustábase de ver en el humo que surgía del altar del incienso el símbolo de la oración que se eleva hacia Dios (cf. Sal. 141, 2; Lc. 1, 10); y las ofrendas de comestibles, claramente determinados por la ley (Núm. 5, 15; Lev. 2, 1 ss.), y la de las bebidas, eran muy a propósito para expresar el agradecimiento por el pan cotidiano y la comunión con la divinidad. En algunos casos específicos estas ofrendas constituían de por sí un sacrificio incruento.
Los sacrificios incruentos no son menos antiguos que los cruentos (cf. Gén. 4, 3; 14, 18). Leemos de un modo especial en el Levítico normas minuciosísimas acerca de varios actos o ceremonias que acompañaban al rito, y acerca de las cualidades que habían de reunir las víctimas que estaban prescritas para cada caso. Es difícil precisar el desenvolvimiento de tales ceremoniales. La religión legítima de Israel condena toda clase de sacrificios humanos (Lev. 18, 21; 20, 2-5; Dt. 12, 31; 18, 9 ss.; y muchas veces en los profetas); son una impiedad de los cananeos y están severamente prohibidos. Practicáronse en la religión popular (v.), como consecuencia de la contaminación sufrida por la influencia cananea (cf. I Re. 16, 34; II Re. 16, 3; 21, 6). El sacrificio de la hija de Jefté (v.) es efecto de un voto inconsiderado y obra de un rudo guerrero (Jue. 11, 30 ss.).
Son severas las condenaciones, frecuentemente repetidas por los profetas (Mi. 6, 7; Jer. 7, 31; 19, 5; 32, 35; Ez. 16, 20 ss.), las cuales son una 527Aprueba documental de que tales ritos abominables se dieron entre los adoradores de Yavé , y de lo ajenos que eran al verdadero espíritu de la religión hebrea. Las expresiones de los profetas (Is. 1, 11-15; Jer. 7, 21-23; Os. 6, 6; Am. 4, 4 ss.; 5, 21-25; Mi. 6, 6-8, etc.), que parecen una condenación de toda forma de culto externo y, por tanto, de los sacrificios, van dirigidas contra la errónea mentalidad que reducía toda la religión al simple culto externo, y también contra las pésimas disposiciones internas (v. Religión popular ). Eran una llamada necesaria hacia la esencia de la religión, o sea a una verdadera santidad moral contra las posibles degeneraciones supersticiosas. Precisamente en algunos libros proféticos de los que más duramente arremeten contra cierta confianza ilimitada en la exterioridad del rito, hallamos afirmada la legitimidad de los sacrificios (Jer. 17, 26; 31, 14; 33, 11-18; Mal. 1, 8-14).
En el Nuevo Testamento, Jesucristo se lamentó, lo mismo que los profetas, de la falsificación del concepto de sacrificio (Mt. 9, 13; 12, 7). También él se somete a la legislación de Moisés (Lc. 2, 22 ss.; 22, 8 ss.). El mismo San Pablo , el gran Apóstol de la libertad evangélica, acepta el tomar parte en los sacrificios prescritos para los que habían emitido el voto del nazareato (Act. 21, 23-26), y desarrolla como ningún otro la teología del sacrificio expiatorio único de Cristo en el Calvario (Rom. 3, 25; 5, 6 ss.; Gál. 3, 13; 4, 4, etc.). Es el concepto de víctima y de sacerdote aplicado a Cristo de un modo especial en la epístola a los Hebreos (9, 23-10, 18), donde se insiste sobre la eficacia única y definitiva del sacrificio de la cruz poniéndolo precisamente en relación con las características de los sacrificios de la antigua Ley. El rito eucarístico no es más que una repetición mística, incruenta, de este único sacrificio (v. Eucaristía ). Todos los sacrificios de la antigua ley eran tipo, figura y preparación de este único sacrificio.
Bibliografía
M. J. Lagrange, Études sur les religions sémitiques , 2.ª ed., París 1905, pp. 247-74. G. B. Gray, Sacrifice in the Old Testament , Oxford 1925. A. Médebielle, L’expiation dans l’A. et le N. T. , Roma 1932. Id., Expiation en DBs , III, col. 1-262. P. Heinisch, Teologia del Vecchio Testamento , Torino 1950, pp. 241-51.
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