Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

PUREZA legal

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En virtud de la alianza (v.) con Yavé, Israel se convirtió en «su regia selección entre todos los pueblos; en reino de sacerdotes —es decir, consagrado al culto exclusivo de Yavé—; en una gente santa —obligada a la santidad» (Éx. 19, 5 s.). Esta última obligación se inculca con mucha frecuencia: «Siendo yo el Señor vuestro Dios, debéis santificaros para ser santos como yo soy santo» (Lev. 11, 14). Para proteger e inculcar tal santidad y la reverencia debida a todo lo que es sagrado y exclusivamente reservado para Dios en el culto (cf. Lev. 15, 31), para fijar bien los límites entre lo sagrado y lo profano, el legislador introdujo en la colección de las leyes levíticas ese grupo (Lev. 11-15) de tradiciones antiquísimas preisraelitas que se refieren a actos o circunstancias que de suyo hacen a uno impuro, es decir, que impiden la participación en el culto, bajo pena y culpa graves, interrumpiendo así la comunión externa con Dios. Por lo mismo, estableció los correspondientes ritos de purificación. Por tanto, no se da confusión alguna entre santidad (moral) y pureza legal: el fin principal del legislador era la primera, simbolizada y puesta de relieve en la segunda.

En todos los otros pueblos semitas, entre los egipcios, entre los persas y entre los grecorromanos se daban conceptos y prácticas afines (cf., por ejemplo, Plinio, Hist. nat. VII, 13, acerca del flujo menstruo), e incluso entre los árabes (M. J. Lagrange, Études sur les Religions sémitiques, 2.ª ed., París 1905, pp. 142-47). Moisés les dió cabida para la educación civil y moral del pueblo, ya que estaban conformes 487Bcon las exigencias higiénicas de aquellos países, y de paso condenaban ciertos usos idolátricos. Eran causas de impureza:

1. El comer ciertos animales, tocar sus cadáveres y tocar cualquier cadáver que fuera (Lev. 11; v. Animales puros e impuros ).

2. Los actos fisiológicos (no culpables): expulsión del semen, polución, menstruación, hemorragia patológica (cf. la hemorroisa del Evangelio: Mt. 9, 20; Lc. 8, 43) y puerperio. Así, para poder comer David los panes de la presentación hubo de asegurar a Ajimelec que tanto él como sus hombres «habían guardado continencia respecto del trato con la mujer», I Sam. 21, 5 ss. La mujer que daba a luz era considerada como impura durante siete días si lo que había nacido era un varón, y durante catorce días si era una niña, pero no se la admitía en el Templo hasta pasados cuarenta días en el primer caso, y ochenta en el segundo. Pasados esos días, tenía que ofrecer en el Templo para su purificación una paloma o una tórtola como sacrificio de expiación, y un cordero de aquel año, que los pobres reemplazaban por dos palomas (Lc. 2, 24: purificación de la Santísima Virgen) como holocausto (Lev. 12, 15). Las contaminaciones más sencillas y corrientes, que sólo duraban hasta la tarde, se reparaban lavando los vestidos y el cuerpo.

3. La lepra humana en sus diferentes formas (Lev. 13, 1-46); la de los vestidos: manchas, moho, hongos (13, 47-59); la de las casas: parásitos vegetales (14, 33-53). Mediante una serie de complicados ritos de purificación (14, 1-32) quedaba el leproso rehabilitado para la comunidad social, y una semana después para la religiosa. El uso farisaico de lavarse las manos antes de cualquier comida (Mt. 15, 1 ss.; Mc. 7, 1-15) no tiene fundamento en la ley. Los profetas y los sabios enseñaron que estas prescripciones y otras análogas no tenían nada más que un valor accesorio respecto de las leyes verdaderas y propiamente dichas, que eran las morales. En cambio, los fariseos del tiempo de Nuestro Señor hacían consistir la esencia de la vida religiosa en su observancia material (cf. Mt. 15; Mc. 7). Con la nueva economía universal, basada en la caridad, dirigida hacia la íntima unión con Dios (Jn. 4, 19-24), estas prescripciones de pureza externa y material perdieron todo su valor.

Bibliografía

A. Clamer, La Ste. Bible (ed. Pirot, 2), París 1940, pp. 63 s. 89-121. 345. 677. A. Vaccari, La S. Bibbia, I, Firenze 1943, pp. 296-309. E. Kalt, Archaeologia Biblica , 2.ª ed., Torino 1944, p. 149 ss.

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