ISAÍAS
El más célebre de los profetas escritores, y el libro que lleva su nombre en la Biblia hebrea. El hombre. — Isaías nació probablemente en Jerusalén, por los alrededores del año 770 a. de J. C., de familia distinguida, según se desprende de su alta cultura y de sus relacio- 290Anes con la corte y con la nobleza del reino de Judá. Tuvo esposa, y, cuando menos, dos hijos, a los que impuso nombres fatídicos (Is. 7, 3; 8, 3), lo mismo que el suyo propio es significativo, ya que en hebreo IeSa cjahu equivale a «Yavé es salvación». Fue llamado al ministerio profético en una célebre visión (Is. 6) que ha tenido una inmensa resonancia en la teología y en la liturgia cristiana (el Sanctus de la Misa). Era el año 738, cuando en el horizonte político del cercano Oriente se dibujaba el peligro proveniente de la creciente potencia de Asiria, guiada por el fuerte brazo del rey Teglatfalasar III (745-726).
Desde entonces Isaías se mantuvo al lado de los reyes de Judá, Ajaz y Ezequías, para animarlos en la dura crisis por que atravesaba la nación, asegurándoles de la divina protección en virtud de las promesas que habían sido hechas a David, fundador de la dinastía; y al pueblo le hacía oír su influyente palabra para reducirlo al puro culto de Yavé y a la observancia de la ley moral y de los deberes de humanidad. Se le hizo poco caso, por lo que predijo terribles castigos a la nación culpable, pero también una feliz restauración. Azotada y diezmada por las desgracias, saldrá de ellas purificada para dar origen a una nueva sociedad religiosa mejor organizada, y gozosa por los bienes de la paz y de la prosperidad. Tales son en sustancia los numerosos mensajes de Isaías, que en su predicación da pruebas de un fuerte carácter, ardiente fantasía, brillante palabra, corazón magnánimo y ardiente celo por el honor de Dios y por el bienestar de su pueblo. De Isaías no aparece huella alguna desde que, según la predicción del gran profeta, la nación se vio a salvo de la terrible invasión asiría (701 a. de J. C.). No se sabe cómo ni cuándo murió.
Una tradición judía, difundida incluso por la Iglesia cristiana y recogida en el Martirologio Romano en el 6 de julio, refiere que fue muerto, y concretamente aserrado en dos partes, por orden del impío Manasés (693-639 a. de J. C.). A tal hecho se cree que alude la epístola a los Hebreos (11, 37) con las palabras: «fueron aserrados» (los santos del Antiguo Testamento), según observa ya San Jerónimo (al fin del libro XV de su comentario a Isaías). El libro , que, con sus anejos y adjuntos, recoge los vaticinios de Isaías, presenta divisiones bien precisas y una distribución bastante clara. La actual división de 66 capítulos no se remonta más allá del s. xnr de nuestra era.
La primera división , por su importancia y por su realce, es la que distingue dos partes 290Bligeramente desiguales (como 9 y 8), separadas por un paréntesis histórico, parecido a II Re. 18, 13-20, 19. El principal asunto de las dos partes, que son como las dos caras de una medalla, está contenido como en resumen, en la siguiente sentencia lapidaria: «Sión (por metonimia, la nación hebrea) será redimida mediante un justo castigo» (Is. 1, 27). En la primera parte se anuncia de un modo preponderante el castigo purificador, y en la segunda se describe el gozo del rescate o restauración. La primera es libro de aflicción; la segunda de consuelo (Santo Tomás, Comm. in Is. 1, 1). Cada una de las dos se subdivide en dos secciones perfectamente distintas como lo mostrará el cuadro siguiente: Primera parte: amenazas y castigos.
1. Primeras predicaciones durante el reinado de Joatam (738-736), en las que sobresale el contenido moral (1-5). Visiones inaugurales y vocación del profeta (6).
2. La crisis de la dinastía durante el reinado de Ajaz (736-721) y las profecías del Emmanuel (7-12): la liga de los reyes de Damasco y de Efraím (Israel) contra el rey de Judá pone en peligro a la dinastía de David; Isaías asegura su perpetuidad hasta la venida del Mesías, que presenta en tres cuadros: el nacimiento virginal (7), el prodigioso niño sobre el trono de David (9), el paradisíaco gobierno del retorno de David (11), ciclo que se completa con el anuncio del castigo de los enemigos de Judá (8-10) y se concluye con un cántico de acción de gracias.
3. Mirada al mundo de las cercanías: vaticinio contra las gentes; contra babilonios y asirios, filisteos, moabitas, damascenos y aliados, cusitas, egipcios, idumeos, árabes, fenicios (13-23). 4 Espantosas visiones y acontecimientos alegres: cuadros semíticos sobre las calamidades que se desploman sobreseí país y sobre el pueblo hebreo, entremezclados con himnos de acción de gracias por la liberación y la felicidad que a ella se siguió; sabiduría, justicia y santidad de las divinas disposiciones respecto del pueblo de Israel y de sus enemigos; destrucción de la capital de los enemigos, repatriación y restablecimiento de la nación reunida (24-47).
5. Crisis nacional motivada por la invasión asiría en el tiempo de Ezequías (721-693): amenazas a Samaría y Jerusalén, y sobre todo a los seductores del pueblo que contra el consejo divino lo inducen a aliarse con Egipto; amenazas al invasor asirio; suerte final de los hebreos, contraria a la de sus enemigos (28-35). 291AApéndice histórico de los acontecimientos políticos (36-39). Segunda parte: alientos y renacimiento.
6. Fin de la cautividad: certeza del retorno, todo por obra de Yavé, incluso Ciro, el libertador; poder y sabiduría de Yavé en la elección de Ciro como ejecutor de sus designios; caída de Babilonia, reproches a los hebreos desconfiados e invitación a la repatriación (40-48).
7. Fin del pecado y restauración de Sión (49-55). En estas espléndidas páginas domina con vivos colores la majestuosa figura del «Siervo de Yavé», enviado para la salvación de Israel y de todas las gentes; como manso y fuerte maestro, fiel a su misión, se mantiene constante entre las más feroces oposiciones y al fin da su vida en expiación por las culpas de todos. Así satisfecha la divina justicia, y borrado todo el pecado, Sión, es decir, la nación, es admitida nuevamente a la amistad e invitada a disfrutar de los esplendores de la restauración. Una vez renovada en su población y en su magnificencia externa, y mejor aun en su virtud interior, deberá recoger a los hijos que vuelvan para que participen de una envidiable felicidad: estímulos para los negligentes.
8. La nueva comunidad de los redimidos: sanidad de costumbres que se requiere de sus miembros, puros destellos de la nueva Jerusalén, el divino redentor y renovador, suerte final de los creyentes y también de los incrédulos (56-66). Un libro como este no es obra de un tirón: las diferentes partes que lo integran fueron formándose en diversos tiempos y en diferentes ocasiones; Isaías ejerció el ministerio profético durante cerca de medio siglo, tomando parte activa en las vicisitudes de su nación. ¿Cuándo' fueron reunidas en un solo cuerpo, como el libro actual, esas partes diversas? ¿Son todas ellas obra del propio Isaías? Cuestiones son éstas muy agitadas por la crítica moderna. Respecto de la primera cuestión , la de la composición del libro, tres documentos de género diferente e independientes, de una antigüedad que difícilmente será superada (s. in-n a. de J. C.), o sea el manuscrito completo que se halló junto con otros hebreos en el desierto de Judá el 1947, la versión de los LXX, y el elogio de Isaías en Eclo. 48, 22-25, coinciden todos en mostrarnos el libro en toda su integridad y con el orden actual, al que, por lo mismo, no puede hacerse descender más acá de los primeros tiempos que siguieron al 291Bregreso de la cautividad (s. v a. de J. C.), pero sí puede ser más antiguo. Y en lo tocante al autor , la cuestión principal es la referente a los capítulos 40-46 que los modernos suelen atribuir a un profeta cuyo nombre se desconoce y que floreció en Babilonia hacia el fin de la cautividad, es decir, medio siglo largo después. Hay muchos que incluso distinguen los capítulos 40-55 de los siguientes 56-66 y atribuyen estos últimos a un tercer autor que vivió en Palestina entre los que retornaron del desierto (Déuteroisaías y Tritoisaías).
La razón principal de esta tesis es la sicología ordinaria del Profeta. «Los profetas (escribe San Jerónimo, Comentario a Oseas , 1, 34) aun cuando pronostican cosas que sucederán muchos siglos después, como la venida de Cristo y la vocación de las gentes a la fe, no pierden de vista sus tiempos, pues de otra suerte en vez de consejos prácticos de inmediata aplicación dirigidos a una turba reunida para escucharlos, sería como si le diesen una hierba ligera de cosas inciertas y futuras». En realidad el autor de la segunda parte (40-66) habla como quien vive en medio de los judíos al fin del destierro, alentando, excitando, amonestando como convenía en aquel acontecimiento tan feliz de la vuelta a la patria, lenguaje que habría resultado incomprensible, o cuando menos extravagante para los judíos del tiempo de Isaías.
No obstante, es preciso observar que: l.°) es innegable el íntimo parentesco que existe de doctrina y de lenguaje (p. ej.: «el Santo de Israel» por Yavé, expresión rarísima fuera de Isaías) entre todas las partes del libro; y ya desde los primeros capítulos se encuentran referencias al regreso y a la restauración, pensamientos que se desarrollan por extenso en la segunda parte (cf. 1, 27 y el nombre profético de She’ar-ia-§ub = el resto regresará, que se impuso al hijo de Isaías, 7, 3). Que Isaías haya previsto la cautividad de Babilonia aparece claro en la narración histórica (Is. 39, 5-7 = II Re. 20, 16-18). 2.°) Tenemos en los profetas otros ejemplos de exhortaciones y medidas providenciales que miraban a lo lejos refiriéndose a un futuro lejano y a lugares distintos (ler. 29, 1-14; 32; Ez. 34-48), y nosotros no tenemos derecho a poner límites al poder de la inspiración profética. 3.°) En los cc. 40-66 hay páginas que por la profundidad de pensamiento, potencia de imaginación y sublimidad de poesía rivalizan con los más bellos cantos del primer Isaías auténtico, y no ceden en valor a ningún otro escritor bíblico.
Seria verdaderamente extraño que la tradición y la histo- 292Aría que ha conservado c inmortalizado al autor de una cortísima página, como el breve mensaje del profeta Abdías, hubiera dejado caer en el olvido el nombre de aquel maravilloso genio que dictó tales obras maestras, de no ser el mismo Isaías. Estas razones aconsejan prudencia. Respecto de algún rasgo e incluso de capítulos enteros, como 36-39 (históricos) y los precedentes 34-35 de la misma primera parte, pueden darse especiales razones para no atribuirlos a Isaías; pero negarle una parte tan grande del libro que se nos ha transmitido bajo su único nombre, no está exento de peligro de error. Puede haberse dado el caso de que a cantos auténticos de Isaías se hayan agregado composiciones de partidarios e imitadores acerca del mismo motivo, algo así como lo que se advierte en el largo capítulo 51 de Jeremías, y que toda la colección haya tomado el nombre del principal autor, como ocurrió con los Salmos. Pero otra cosa es difícil precisarla.
La Comisión Bíblica , interrogada a este propósito, respondio (28 de jun. de 1908) diciendo que los argumentos alegados hasta el presente no convierten en tesis irrebatible la atribución de Isaías a dos o más autores diferentes. En el Nuevo Testamento es el libro más veces citado, juntamente con los Salmos. En total son 22 las citas, además de 13 referencias a pasos diversos, de los cuales seis son de la primera y siete de la segunda parte, y siempre con el nombre expreso de Isaías. El mensaje. Son pocos los mensajes del libro de Isaías, y ésos solamente en la primera parte (cc. 6-8.20), que van precedidos de un breve relato en prosa; lo restante está en verso, y de un ritmo que a veces resulta un tanto lánguido, pero que las más de las veces es de exquisita hechura. Por la viveza de impulsos y de colores, por la fuerza de expresión, esplendor de imágenes y nobleza de locución, muchas páginas de Isaías merecen colocarse entre las más insignes creaciones de la poesía hebrea y aun de la poesía en general. Incluso por el contenido ideológico, tan rico y tan profundo, Isaías ocupa uno de los primeros puestos entre los escritores del Antiguo Testamento.
Nos limitaremos, pues, a exponer lo que es propio de Isaías, al menos por razón de la especial importancia que se da a ello en el libro. De la visión inaugural (c. 6) parece que dimanan dos de las ideas maestras de Isaías, la sublimidad y la santidad de Dios. Aparécese el Señor al profeta sentado sobre un altísimo trono y con un luminoso manto al que sus 292Bdiminutos ojos apenas pueden mirar más que el borde inferior.
En tornj al trono divino se mantienen firmes unos Serafines que manifiestan su reverencia hacia tan gran majestad y esplendor velándose el rostro mientras cantan con entusiasmo: «Santo, santo, santo es Yavé Sebaot». Y el nombre «el Santo de Israel» es un eco de aquel canto que resuena por todo el libro, del que es propio dicho nombre. Consecuencia de la divina santidad, cosa que tanto inculca Isaías, es que Dios exige de su pueblo ante todo inocencia de costumbres y sincero culto interior, y que castiga severamente sus pecados. La más elocuente proclamación de la divina transcendencia está en el largo fragmento 40, 12- 25.
La plenitud del ser, del conocer, del poder, que es propia del Dios de Israel, ilústrase repetidas veces como prueba de que Él es el único Dios verdadero (40-48). Él es quien preside en todos los acontecimientos, y en todas sus disposiciones se funden en un armonioso efecto la sabiduría, la destreza y la fortaleza. Estos divinos atributos brillan con una particular nota de misterio en la conducta del Señor para con su pueblo. Por caminos insospechados e imprevisibles para las mentes de los hombres, como son el destierro, los triunfos del pagano Ciro y los padecimientos de su «Siervo», Yavé dirige al pueblo elegido y a la humanidad entera a aquella plena salvación que desde un principio entraba en sus misericordiosos designios y respondía a las promesas hechas a los patriarcas.
En esto es donde mejor se evidencia lo mucho que superan los designios divinos a los pensamientos humanos (55, 8.9), y al considerarlo el profeta saluda a Yavé como «Dios misterioso, Dios salvador» (45, 15). Es un arranque de admiración del que se hará eco San Pablo (Rom. 11, 33-35) por idénticos motivos.
Y es aquí donde se entra de lleno en el campo del mesianismo, en el que Isaías nos ofrece más riqueza de ramilletes que todos los otros profetas juntos, tanto por el número como por la variedad e importancia de las predicciones. En la primera parte nos describe al Mesías salvador como soberano, heredero del trono de David, prodigio de virtud sobrenatural en su nacimiento (7, 14) y en su gobierno (9, 5; 11, 1-5), un imperio de paz fundado sobre la religión y la justicia, que se extiende a todos los tiempos y a todos los pueblos (9, 6; 11, 9-10). En la segunda nos lo presenta en la persona del «Siervo de Yavé», cual legado divino, enviado para instruir a los pueblos en la ley divina y para expiar las culpas del género hu- 293Amano con el sacrificio de su propia vida, sobreviviendo para devolver a los hombres la justicia perdida y constituirse en intercesor de ellos ante Dios (53, 4-12). Aquí encontramos por vez primera claramente afirmado el principio de la redención mediante una satisfacción vicaria, concepto de capital importancia para la esencia misma de la religión, ya que constituye la base del cristianismo. [A. V.]
Bibliografía
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Justo Pérez, Leyendo la Biblia. Isaías (Consigna, 1951, marzo). P. Termes Ros, La lección de Cristo paciente según Isaías (Crist., 1948, 96).