VIRGINIDAD DE MARÍA
Es uno de los más singulares privilegios concedidos por Dios a María. Ella fue virgen durante toda su existencia terrena: antes del parto, en el parto y después del parto. Ella, y Ella sola, fue «entre las vírgenes, madre; entre las madres, virgen» (Teodoto de Ancira, Homil. in S. Mariam Dei Genitricem, PG 77, 1428). I. Virginidad antes del parto, o sea, al concebir a Jesús. 1) Errores. Negaron la virginidad de Nuestra Señora antes del parto, es decir, la concepción virginal: a) algunos judíos y judaizantes de la segunda mitad del s. II (Cf. Orígenes, Contra Celsum, I, 32, PG 11, 722 ss.); b) algunos paganos, esto es, Celso (ibíd.) y Juliano el Apóstata (Cf. Newman, C. I., Juliani imp. librorum contra Christianos quae supersunt, Lipsiae 1880, p. 212); c) algunos cristianos antiguos y modernos (v. Roschini, G., La Madre de Dios según la fe y la teología, II, Madrid 1955, p. 149). 2) Pruebas.
a) El magisterio eclesiástico en más de 28 documentos (Cf. Roschini, G., Mariología, III, pp. 315-318) afirma explícitamente dicha verdad, comenzando por el Símbolo Apostólico, en el que se dice claramente «que fue concebido del Espíritu Santo» (Denzinger, 6);
b) En la Sagrada Escritura del Antiguo Testamento predice Isaías la concepción virginal de la madre del Mesías: «He aquí que la virgen grávida da a luz un hijo y lo llama Emmanuel» (Is. 7, 14). En el Nuevo Testamento se afirma el cumplimiento de este vaticinio, tanto de una manera negativa, o sea, excluyendo la intervención del hombre (Mt. 1, 18 ss.; Lc. 1, 26-38), como de una manera positiva, esto es, afirmando la intervención prodigiosa del Espíritu Santo (Lc. 1, 26-38);
c) La tradición, desde los primeros siglos, es unánime, como ha reconocido Harnack (Dogmengesch., I, ed. III, p. 96);
d) La razón misma nos dice que era convenientísimo que Jesús naciese de una virgen. Santo Tomás nos da cuatro razones de conveniencia: por parte del Padre, que envía su Hijo al mundo: a fin de que la dignidad del Padre de semejante Hijo permaneciese incomunicable y no se convirtiese en privilegio de un hombre mortal; por parte del Hijo enviado: Él, en efecto, es el Verbo: y así como el verbo de la mente humana es concebido por la mente sin ninguna alteración de la misma, así el Verbo de la mente divina debía ser concebido por la Madre sin sombra de alteración...; por parte de la humanidad de Cristo: para evitar la deuda del pecado, que habría contraído de haber sido concebido de una manera común; y por parte del fin de la encarnación, que es el de hacernos hijos de Dios, cuya filiación no procede «de la carne o de la sangre» y cuyo ejemplar debía ser N. S. J. C., Hijo de Dios. II. Virginidad en el parto, o sea, en el acto de dar a luz a Jesús. 1) Errores. Han negado dicha verdad: Tertuliano (s. III) en el libro «de carne Christi» (c. 23, 4-5, PL 2, 835d), Joviniano (s. IV), como nos lo atestigua S. Ambrosio (Ep. 8, PL 16, 1123) y algunos protestantes (v.
Roschini, G., La Madre de Dios..., pp. 159-160). 2) Pruebas.
a) El magisterio eclesiástico ha enseñado explícitamente el parto virginal de María en varios documentos, tales, por ejemplo, la carta dogmática «Lectis dilectionis tuae» de S. León M., donde se afirma que la Virgen «dio a luz a Cristo sin detrimento de su virginidad, lo mismo que sin detrimento de su virginidad lo había concebido» (Denzinger, 144).
b) En la Sagrada Escritura es célebre el pasaje de Isaías: «He aquí que la virgen grávida da a luz un hijo y lo llama Emmanuel» (Is. 7, 14). El sentido de todo el contexto de la profecía es éste: «He aquí que una virgen, permaneciendo virgen, concebirá y dará a luz un hijo...» Este sentido del oráculo de Isaías está conforme con la interpretación auténtica dada por S. Mateo, el cual, después de haber referido el anuncio del ángel a S. José, inmediatamente añade: «Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el profeta que dice: “He aquí que una virgen, etc.”» (Mt. 1, 22-24). S. Lucas hace suponer que María había conservado la integridad virginal en el acto mismo del nacimiento del Salvador: «Estando allí (en Belén) se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón» (Lc. 2, 6-7).
c) La tradición, desde S. Ignacio hasta Clemente de Alejandría, hasta Orígenes, etc., es unánime en reconocer dicha verdad (ver Roschini, G., La Madre de Dios..., páginas 161-165).
d) La razón demuestra la conveniencia del parto virginal en lo que a Cristo se refiere, el cual, así como ha nacido en la eternidad, sin la corrupción del Padre, así era conveniente que naciese en el tiempo, sin corrupción de la madre; tanto más cuanto que venía a quitar la corrupción del pecado, y era conveniente que también honrase a la madre de dicha manera (Cf. S. Th., III, q. 28, a. 2). Esto se explica con el milagro de la compenetración de los cuerpos: Jesús salió de María lo mismo que salió del sepulcro cerrado. III. Virginidad después del parto, o sea, después del nacimiento de Jesús, durante todo el resto de la vida. 1) Errores. No han faltado, tanto en Oriente como en Occidente, desde los primeros siglos del cristianismo, herejes que han negado semejante verdad. Entre tantos, se distinguieron Elvidio (Cf. S. Jerónimo, De perpetua virginitate Mariae adversus Helvidium, PL 23, 183-206), Joviniano (Cf. S. Jerónimo, Adversus Jovinianum, PL 23, 211-338), los protestantes y racionalistas (Cf. Roschini, G., La Madre de Dios..., pp. 165-166). 2) Pruebas.
a) El magisterio eclesiástico ha enseñado explícitamente, en varios documentos, esta verdad, como, por ej., en la carta «Accepi litteras vestras» del papa Siricio (Denzinger, 91), en el can. 3 del concilio lateranense bajo Martín I (ibíd., 256, etc.).
b) En la Sagrada Escritura. La respuesta que María dio al ángel nos muestra suficientemente que Ella permaneció virgen durante toda su vida: «¿Cómo podrá ser esto —preguntó Ella—, pues yo no conozco varón?» Y si se piensa que también S. José fue puesto al corriente de este sublime misterio, es natural y lógico pensar que de ninguna manera desearía él salir de aquella reserva, que procedía exclusivamente de un sentimiento de veneración, y que desde un principio había sentido respecto de Aquella que no sólo era su esposa, sino también esposa del Altísimo.
c) La tradición cristiana ha profesado siempre esta verdad, desde S. Ireneo hasta Orígenes, hasta S. Efrén, etc. (Cf. Roschini, G., La Madre de Dios..., pp. 168-170).
d) La razón propone varios motivos de conveniencia, tomados: a) de la perfección de Cristo, el cual, siendo el Unigénito del Padre, era conveniente que fuese también el unigénito de la madre; b) de la dignidad del Espíritu Santo, del cual el seno purísimo de la Virgen fue un verdadero sagrario en el que Él formó el cuerpo de Cristo; c) de la santidad de la Virgen misma, la cual se habría mostrado ingratísima renunciando a una virginidad conservada en Ella milagrosamente. IV. Objeciones. Muchos son los ataques de los antiguos herejes, repetidos después por los protestantes, contra la virginidad de María. Objetan, ante todo, las palabras de S. Mateo: «José no la conoció hasta que dio a luz un hijo primogénito.» Ese hasta que y la palabra primogénito —dicen— son dos argumentos que comprueban que María no fue siempre virgen. En cuanto al hasta que, S. Jerónimo observa que expresiones semejantes en la Biblia no siempre suponen cambio de acción para el futuro. En lo que a la palabra «primogénito» se refiere, no olvidemos que lo mismo expresa un primer hijo seguido de otros, que un hijo único. En la Biblia, además, la palabra «primogénito» era una expresión «legal y honorífica».
Por otra parte, la Sagrada Escritura está llena de casos en los que primogénito equivale a unigénito. Esta objeción ha recibido últimamente un duro golpe con el feliz hallazgo de una inscripción funeraria egipcia que se remonta al año 5.º después de Cristo (25.º de Augusto). Se trata de un epitafio puesto sobre la tumba de una joven madre, muerta inmediatamente después de su primer parto, en el que se dice que «dio a luz a su primogénito». «La suerte —así dice el epitafio— me condujo al fin de la vida por el dolor del parto del hijo primogénito» (Cf. Edgar, C. C., More tombe-stones from Tell et Yahoudich, «Annales des Antiquités d’Egipte», 22 [1922] pp. 7-16; Cf. «Biblica», 11 [1930] pp. 373-390). Así, pues, a un hijo «único» se le llama «primogénito»: es precisamente el caso de Cristo. Se objeta, además, que el evangelio, al menos en una docena de textos, enumera «hermanos» de Jesús. Pero los que en el evangelio son llamados hermanos de Jesús no son sino «primos». En la lengua hebrea, en efecto, la palabra «hermano» se toma en sentido lato. A finales del s. IV, a los que negaban la perpetua virginidad de María, S.
Epifanio podía lanzar este reto: «¿Quién osó jamás pronunciar el nombre de María sin añadir a él el apelativo de Virgen en caso de ser preguntado?» (Adv. haeres., 78, 6, PG 42, 705-708). BIBL.: Vosté, J., O. P., De conceptione virginali Jesu Christi, Roma 1933; Michel, A., Aquel moment la Sainte Vierge émit-elle son vœu de virginité?, en «Ami du Clergé», 59 (1949) pp. 289-293; Peinador, M.,
C. M. F., Et non cognoscebat eum donec peperit filium suum primogenitum, en «Est. Bibl.», 8 (1949) pp. 355-363; Févrin, H., Le mariage de la Sainte Vierge dans l'histoire de la théologie, 1951; Danell, G. A., Did St. Paul know the Tradition about Virgin-Birth?, en «Studia theol.», 4 (1951) pp. 94-101; Balagué, M., La virginidad de María, en «Cult. bíbl.», 11 (1954) pp. 281-292; Carrol, E. R., O. C., Our Lady's Virginity «post partum», en «Marian Studies», VII, pp. 69-102; Denis, L., S. J., La virginité perpétuelle de Marie, en «Rev. clergé afr.», 9 (1954) páginas 241-249; Donnelly, Ph., S. J., The perpetual Virginity of the Mother of God, en Carol, «Mariology», II, pp. 228-296; Id., Our Lady's Virginity «Ante partum», en «Marian Studies», VII, pp. 13-42; Owens, G.,
C. SS.
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