MADRE
1. Noción. - M. es la engendradora del hijo o de los hijos. Para la mujer la maternidad es la función primaria en orden a la cual están predispuestas sus peculiares aptitudes, incluso físicas. Aquí tienen su raíz sus especiales inclinaciones naturales. La m., como engendradora, tiene un amor particular para el engendrado, amor que es un instinto en la vida animal, mientras que, aun siendo instintivo, puede llegar a ser virtud (y debe serlo para no convertirse en un amor ciego y viciado; en la mujer-madre, por efecto de su vida racional). El amor materno se presenta en la literatura y en el arte como el tipo más excelso de amor al prójimo, capaz de todos los heroísmos (cfr. Ilíada, 28, 4; Cicerón, Epist., 9, 20, 3; De Oratore, 2, 227; Horacio, Carmina, 4, 5, 10; Ep., 1, 18, 20, etc.). Incluso en la Sda. Escritura el amor materno se toma como amor tipo (II Sam., 1, 26; Ecle., 15, 2); y la alegría de la maternidad, como la alegría más pura que corona un conjunto de sacrificios (Sal. 112, 9; Jn., 16, 21); la injuria contra la madre propia se muestra como el vehículo de las maldiciones divinas (Ecle., 3, 18; Mat., 15, 4). El mismo Dios toma como tipo de su amor a la humanidad el amor de la m. a sus hijos (Ecle., 15, 2; Is., 48, 15; 66, 13).
2. Dignidad y autoridad. - La concepción cristiana reviste a la m. de una dignidad y de un respeto que ninguna otra religión conoce.
El amor materno, como el paterno y filial, no es para el cristiano otra cosa que la transmisión o participación del amor de Dios, que ha infundido su germen en la humanidad. Aunque no igual al padre en autoridad (al cual más bien está sometida) le es igual, sin embargo, en dignidad y tiene los mismos derechos a la reverencia y al afecto en relación con sus hijos.
3. Obligaciones. - Junto con los títulos de veneración y respeto la m. tiene común con el padre otros muchos deberes para con los mismos hijos, que van desde el amor al mantenimiento y a la educación (v.). Pero tiene otros deberes específicos que la ligan, incluso físicamente, al hijo desde el momento de su concepción hasta el momento al menos en que el niño es capaz de vivir una vida nutritiva independiente. Que la naturaleza impone estas obligaciones a la m. está probado por las mutaciones y nuevas funciones fisiológicas que surgen en la m. con la maternidad. Estos deberes van ligados a tres momentos destacados de la vida del niño: vida uterina, nacimiento, lactancia. Por lo que se refiere a la vida uterina hemos hablado ya (v. Aborto, Embriotomía) cuando describimos los delitos con que se puede manchar una mujer, llamada por su misma vocación a la maternidad, a afrontar a veces situaciones heroicas que la pueden y deben conducir al sacrificio de su misma vida para conservar una vida que empieza a florecer. Por lo que se refiere al nacimiento, v. Parto y Parto acelerado. Nuevos deberes la incumben apenas nace el niño.
La vida de éste se hace autónoma, pero está aún a merced de los padres, sobre todo de la m.
El niño tendrá un nombre y esta solución será fácil cuando nace en una sociedad familiar ya constituida. Pero cuando ésta no existe ni puede existir por superiores razones de índole social (hijos adulterinos, etc.) o no se la ha querido ni se la quiere crear, y el niño queda solo frente a la m. soltera, se crea para ésta y para la sociedad un grave problema. Prescindiendo del problema social en sí (de los brefotrofios y de la infancia abandonada), consideramos a la m. Biológicamente la m. se encuentra en la misma situación frente al hijo lo mismo sea legítimo que ilegítimo. Psicológicamente no es lo mismo: el uno nacido dentro del orden, el otro en el desorden. Es lógico que la psicología de la maternidad ilegítima sea diferente de la de la maternidad legítima: la m. ilegítima fácilmente ve en la criaturita que tiene en su seno a un intruso, si no a un enemigo; y esta psicología acompaña a la m. al menos hasta el nacimiento. Esta psicología, aun cuando explicable, no es justa, ni siquiera cuando la m. se encuentre en tal estado contra su voluntad, por efecto de una violencia: más aún, es contraria al primer deber para con la prole, el del amor. Y por esto ha de ser combatida.
Además, de suyo, siguiendo la línea señalada por la naturaleza, incluso la m. ilegítima deberá hacerse cargo de su criatura y darle su nombre, tanto por la gran ventaja que esto significa para la prole, como porque en muchos casos es en cierto sentido una rehabilitación de la misma m. (v. Exposición [de la prole]).
En efecto, en el campo moral el primer principio que se ha de tener presente es que una vez ocurrido el mal se ha de tratar de remediar del mejor modo posible, evitando hacer pesar fuera de lo estrictamente necesario sobre el inocente su estado de hecho que le coloca fuera del orden y de la ley. Por lo demás, aun siendo igual la responsabilidad en la procreación para el hombre y para la mujer, más aún, a veces única la responsabilidad del hombre, la m. sin embargo queda físicamente ligada no sólo por un instante al fruto de su concepción, sino para siempre, por lo menos hasta el nacimiento; y por un fenómeno controlable. Pero por motivos de orden superior la ley puede poner límites al cumplimiento de este deber, valederos incluso en conciencia: bien porque hay que salvar la integridad de un núcleo familiar o por otros motivos de orden moral o social. Es preciso, por lo tanto, alentar a la m. ilegítima a que no se sustraiga a sus responsabilidades tal vez acogidas con tanta ligereza. Este criterio se ha de seguir también en el campo asistencial, donde se ha de favorecer una ayuda dada o prometida a las madres ilegítimas como el medio, hasta ahora más oportuno, para favorecer el reconocimiento, para apartar a las madres solteras de actos irreflexivos, dañosos para ella o para el hijo, y a preservarlas de caídas ulteriores o de un estado de vicio permanente, aun cuando como hemos dicho la ayuda no debe significar aprobación del pasado y ha de restringirse al campo material.
Incluso la obligación de la alimentación, aun cuando es común a ambos progenitores, pesa inicialmente más sobre la m. que sobre el padre, ya que la misma naturaleza ha destinado a la m. a la lactancia, único medio de sustentar al niflo en los primeros meses de su vida. El deber materno de la lactancia fue juzgado en la historia de la teología moral con mayor o menor severidad segúrflós trémpos. Aun cuando se puede discutir sobre la gravedad de esta obligación, ciertamente tiene por base el hecho fislulógico de la maternidad; por lo tanto, refleja un deber aunque sea secundario de la ley natural y un complemento de la misma maternidad. Significa además un gran bien para el niño, ya que encuentra en la lactancia materna la protección más segura para el sano desarrollo de su vida física y moral y significa igualmente a juicio de los médicos una gran ventaja para la m. no sólo desde el punto de vista físico, sino sobre todo desde el moral y espiritual, como el medio más indicado para crear entre la m. y el hijo la corriente natural del afecto. Por otra parte, las causas que se aducen para exonerarse de este deber son frecuentemente muy poco de alabar, ya que están inspiradas muchas veces en el egoísmo y en la vanidad (v. Lactancia). De mayor importancia que la alimentación material es la espiritual, esto es, la educación. Por lo que se refiere a los derechos y deberes de la familia sobre este asunto, v. la voz Educación.
Téngase presente, sin embargo, que cuanto allí se dice vale ante todo para la m., que debe ser la primera, incluso en el orden cronológico, en desarrollar su misión en torno al niño. Aun cuando esta misión gravita sobre la m. durante el período de la menor edad o hasta que el hijo no ha conseguido una vida independiente; propiamente, sin embargo, no cesa nunca y puede cumplirse siempre por lo menos bajo la forma del consejo, de amorosa reprensión, etc. La educación que la m. está llamada a dar a su hijo es ante todo la religiosa, ya que los primeros deberes de la criatura son para con Dios; la m. es así la primera catequista; esta primera educación, recibida en la primera infancia preferentemente de la m., está destinada a tener repercusiones notabilísimas en toda la vida del hijo. Para otros detalles, v. Educación, Padres, Puericultura, Escuela. Pal.
Bibliografía
Bibliografía
G. Danfesino, L’obbligo del riconoscimento materno, Torino, 1918
C. Valbarsori-Peroni, Come devo allevare e curare il mio bambino?, Milano, 1923
O. Modigliani, L’Assistenza alla maternità illegittima, Tivoli, 1934
P. Picca, Maternità ed infamia, Roma, 1941
E. Enciso Viana, El evangelio de la madre, Madrid, 1943
A. García
D. Figar, Madres católicas, Madrid, 1943.