Diccionario de Teología Dogmática

Salvatore Garófalo (S. G.)

MARÍA

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(hebr. Marjam, de dudosa etimología, probablemente = señora, excelsa): La escasez de textos proféticos y de noticias históricas de fuente evangélica sobre la Madre de Jesús desconciertan solamente a un lector superficial y curioso; en realidad disponemos de todos los elementos esenciales para formar un juicio completo sobre la personalidad, grandeza y misión de María. Ella se destaca en primer plano en el designio divino de la salvación tal como se esboza en el A. T. y se realiza en el Nuevo. En la tragedia del primer pecado, en contraposición a Eva, la Madre del Mesías está unida a Él en la victoria definitiva sobre Satanás (v. Protoevangelio), y su presencia permanece siempre viva en los subsiguientes siglos de la espera. En 734 a. C. el singular anuncio de Isaías (7, 14; cfr. Mt. 1, 22) la revela Madre-Virgen del Emmanuel (v. Virginidad de María) y su contemporáneo Miqueas (5, 1-2) la muestra «parturiente» en Belén.

En la historia evangélica, María domina el relato de la infancia de Jesús, que en la redacción de S. Lucas se debe, como reconocen incluso críticos no católicos, a los testimonios de ella. La mención de su nombre y de su descendencia davídica, su condición de esposa prometida en vísperas de concluir su matrimonio con el también davidita José, encuadran la relación del anuncio de la maternidad divina, que es la clave para la comprensión perfecta de la psicología y de la personalidad de María. Consciente de la gravedad de la proposición del Ángel, acepta no sin haber pedido algunas aclaraciones sobre las circunstancias de aquel suceso (Lc. 1, 26-38), mientras sus pensamientos y sentimientos se agitan en su corazón hasta brotar, más tarde, en el cántico del Magnificat, que demuestra hasta qué punto le eran familiares a María los textos sagrados y cómo su esperanza mesiánica estaba en perfecta armonía con la más auténtica tradición profética (Lc. 1, 39-56).

Desde entonces María aparece como instrumento de gracias extraordinarias. A su voz, el precursor en el seno de Isabel advierte la presencia del Señor. La íntima tragedia de José enfrentado con la misteriosa maternidad de su esposa se resuelve en la Revelación de los grandes misterios realizados en Ella (Mt. 1, 18-24). La narración del nacimiento de Jesús la pone en significativa evidencia (Lc. 2, 16), y los Magos, primicias del paganismo junto a la cuna del Mesías, encuentran a Jesús en sus brazos (Mt. 2, 11). Los azarosos acontecimientos que siguen al gozo de Belén trazan para María un camino de persecución y dolor, que se le revela explícitamente como la suerte que la espera durante toda la vida de su Hijo, en las proféticas palabras del anciano Simeón (Lc. 2, 22-38).

El largo paréntesis de su vida tranquila en Nazaret se halla interrumpido por el episodio de la pérdida de Jesús en el Templo, ocasión en que se nos manifiesta la delicadeza del corazón maternal de María en ansia mortal por su Hijo, y la fe con que acoge las misteriosas palabras en que Jesús afirma la independencia de su misión de todo vínculo humano (Lc. 2, 41-52). María espera el día de la separación por otros veinte años, y los treinta en conjunto que vivió en intimidad con su Hijo, de quien Ella sabe que es Hijo de Dios, en una vida completamente normal sin que ninguna manifestación extraordinaria revele a sus ojos y a los de los nazarenos la naturaleza y poder divino de Jesús, son la medida exacta de la profundidad de su fe y de su virtud.

María puede considerarse materialmente ausente durante el ministerio público de Jesús, pero, en Caná de Galilea, el primer milagro de Cristo es una excepción concedida por la intercesión de su Madre, que demuestra conocer el corazón de su Hijo y tener la certeza de poder contar con su omnipotencia. La discreción y la decisión con que María interviene cerca de su Hijo contrastan con el respeto con que Jesús la trata públicamente, al dirigirle la palabra, usando del solemne apelativo de «Mujer» (Jo. 2, 1-11; cfr. 19, 26).

La Madre de Jesús se encuentra dos veces con su Hijo en su vida de apostolado (Jo. 2, 12; Mt. 12, 46 y paral.), pero su presencia no tiene relieve especial. Dos veces habla Jesús de su Madre (Mt. 12, 49-50 y paral., y Lc. 11, 27), y sus palabras han sido calificadas de «duras», pero sin embargo son su mejor elogio. Jesús dice: «Quien hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, es... mi Madre», y, en respuesta a la mujer que había exaltado a la Madre del gran Maestro llamándola «bienaventurada», afirma: «Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica». En ambos casos, lejos de excluir a María del elogio, Jesús la señala como un perfecto modelo; los hombres han de saber que María no sólo fue grande por haber sido la Madre de Jesús, sino porque a este gratuito privilegio de Dios correspondió con toda su capacidad de amor, de obediencia, de sacrificio.

María vuelve a aparecer durante la Pasión de Jesús, Madre dolorosa al pie de la Cruz del Hijo, que le confía el Apóstol predilecto (Juan 19, 25-27) en señal y prenda de una más vasta maternidad. La historia de la Iglesia primitiva nos presenta a María al frente de los discípulos reunidos en el Cenáculo para esperar el Espíritu Santo (Hechos, 1, 14), como Madre y Maestra de la Iglesia. En una normalidad de vida exterior totalmente absoluta, María supo guardar en su corazón los más altos misterios de Dios. En la época de la Anunciación tenía probablemente poco más de quince años, y no sabemos los que contaba al tiempo de su glorioso tránsito, pero ciertamente es muy poco decir que su vida fue plena y perfecta.

(V. las pal.: Asunción de María, Corredentora, Inmaculada Concepción, Maternidad espiritual y Maternidad divina de M., Virginidad de M.)

Bibliografía

Es tan grande la cantidad de publicaciones sobre la Sma. Virgen, que nos limitamos a escoger solamente unas pocas de carácter más positivo: en DBV, IV, 777-809;
«María», en EC, vol. VIII;
R. M. de la Broise, , Paris, 1934;
F. M. William, , Barcelona, 1948;
V. Mc. Nabb, , Brescia, 1939;
A. M. Vitti, , en , 1942, III, pp. 193-201;
P. C. Landucci, , Roma, 1945;
G. Roschini, , Roma, 1945;
S. Garofalo, , Turín, 1950;
G. Alastruey, , Madrid, 1947;
E. Escribano, , Madrid, 1947;
J. A. Sánchez Pérez, , Madrid, 1944;
N. Pérez, , publicados 5 tomos.

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