Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

VULGATA

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Es la versión latina de la Biblia , efectuada en gran parte por S. Jerónimo, y a la cual Erasmo de Rotterdam y G. Lefebvre d’Étaples, a causa de lo mucho que se difundió, llamaron «vulgata», «usual», «común», denominación que antes se había aplicado a la versión griega de los LXX . En el s. IV (cf. S. Agustín, De doctrina christiana II, 11, 16; PL 34, 43; y las múltiples referencias de S. Jerónimo) existía una gran variedad de lecciones en manuscritos latinos, con notables diferencias respecto de los textos originales, lo cual movió al papa Dámaso a invitar a S. Jerónimo a que hiciera una cuidadosa revisión del texto bíblico. Esa labor, que fue comenzada en Roma en el 383-384, y luego ampliada y perfeccionada por propia iniciativa, se prolongó hasta el 405-406, que fue cuando se acabó en Belén. El Nuevo Testamento no fue traducido por S.

Jerónimo, quien no hizo más que revisarlo durante los años 383-85 en sus puntos principales en un texto latino preexistente, con el intento de eliminar los defectos debidos a amanuenses distraídos o a arbitrarias correcciones de supuestos especialistas, utilizando para ello de un modo especial el original griego; cf. la carta con que Jerónimo dedicaba al Papa la revisión de los cuatro evangelios (PL 29, 557-62), para los cuales debió de tener a la vista un manuscrito griego de la familia del códice B ( Vaticano ). El Antiguo Testamento fue traducido en su mayor parte directamente del hebreo entre los años 391-406. De los deuterocanónicos sólo tradujo Jdt. y Tob. , del arameo. Los otros ( Bar. , Eclo. , Sab. , I-II Mac. , parte de Est. ) reproducen aún el texto de la antigua latina. Del Salterio hizo Jerónimo dos revisiones (una en Roma, en 384, en la que siguió los mismos criterios adoptados para el Nuevo Testamento, y otra en Belén, hacia el 389, sobre el texto hexaplar) y una traducción directa del hebreo.

Dada la gran difusión del libro y la repugnancia general que se siente respecto de cualquier novedad absoluta, no se incorporó a la Vulgata el texto traducido del original, sino la segunda revisión, llamada Salterio galicano, ya fuera por haberse difundido primeramente en Galia, o por 598Bdistinguirla de la primera, que estaba en uso en Roma (Salterio romano). En la revisión del Nuevo Testamento S. Jerónimo se propuso únicamente corregir los errores más salientes, recurriendo al mismo tiempo a cierta elegancia del lenguaje, abandonada casi por completo en las versiones precedentes. De la traducción del Antiguo Testamento puede decirse que es de las mejores entre todas las antiguas versiones en su conjunto, por razón de la fidelidad al mejor original hebreo (muy afín al texto masorético) que tuvo a su disposición. A veces quiso poner más perceptibles ciertos textos mesiánicos o tenidos por tales (cf. Is. 11, 10; 12, 3; 16, 1; 51, 5), no apartarse mucho de la expresión de los Setenta y dar un colorido más latino al fraseo simple y práctico de los semitas.

No faltan casos en que Jerónimo sobreentendió el texto (cf. Gén. 49, 10; Jer. 31, 15.22, etc.); pero, en realidad, son mucho menos de lo que se pudiera esperar. Esas diferentes interpretaciones, muy exageradas por algunos escritores acatólicos en el pasado, no pueden disminuir la admiración a que es acreedora la empresa, bastante más ardua entonces que ahora, después del gran progreso de la filología y de la crítica.

En varias epístolas (empezando ya en la 27 a Marcela, escrita tal vez en el 384) y en casi todos los prefacios que hizo preceder a los diferentes libros según iba publicándolos, se defiende S. Jerónimo —y a menudo con la violencia que le era habitual— de mil críticas que se hacían contra su obra, dictadas por una mala intención, o bien por una natural reacción de ciertos espíritus que veían alterada la antigua latina o disminuida la versión de los Setenta , considerada por algunos como inspirada. El mismo S. Agustín no se mostró más comprensivo sino lentamente, pero alabó abiertamente la iniciativa (cf. De doctrina christiana IV, 15; PL 34, 96) aun cuando se mantuvo siempre fiel a la versión antigua. A consecuencia de tal oposición, la difusión de la obra fue lenta y contrastada.

Su triunfo sobre las antiguas versiones se debió sobre todo a Gregorio Magno, a Casiodoro, a S. Isidoro de Sevilla y a S. Beda el Venerable. Entretanto la transmisión de las diferentes versiones ocasionó recíprocos contagios, penetrando expresiones de la jeronimiana en la antigua latina y viceversa. Ese hecho, unido a la natural alteración de un libro copiado una infinidad de veces, determinó la formación de particulares «tipos» del texto, que suele llamarse «italiano», «español», «599Ainsular» o «irlandés», por razón de los diferentes grupos que lo representan. El mejor, por razón del limitadísimo número de interpolaciones que hay en él, es el grupo italiano, que proviene de la revisión de Casiodoro (s. VI) y de la recensión que llevó a efecto Alcuino por iniciativa de Carlomagno. Los códices españoles se distinguen por el orden particular (= canon hebreo) que siguen en la disposición de los libros, en tanto que su texto acusa la influencia de la revisión de Teodulfo, obispo de Orleans (821).

Son menos ingeniosas las particularidades de los manuscritos insulares o irlandeses, que representan un texto muy esparcido incluso por Francia y en el que se nota a las claras el influjo de la recensión de Alcuino. Dada la grandísima importancia de la Universidad de París en el s. XIII, allí se formó entonces un tipo de texto sumamente difundido que suele llamarse Biblia parisiensis , fundado en la recensión de Alcuino, pero que prácticamente resultó una mescolanza de expresiones provenientes de diferentes corrientes, hasta tal punto que hubo de recurrirse a los famosos correctores bíblicos (v.). Autenticidad de la Vulgata. El Concilio de Trento (IV ses., 8 de abr. de 1546), «considerando que sería una fuente de grande utilidad para la Iglesia de Dios el que constase cuál de las diferentes versiones latinas que circulan ha de considerarse como “auténtica”, establece y declara que en las lecturas públicas, en las disputas, en las predicaciones, se tenga por auténtica, sin que nadie bajo ningún pretexto se atreva o presuma rechazarla, esta misma versión antigua y divulgada (= vulgata), que ha sido aprobada en la Iglesia con su uso multisecular» (EB, 46).

El decreto sólo tiene valor «disciplinar», no «dogmático». Prescinde de los textos originales y de las otras versiones antiguas, para precisar que la Vulgata era la única versión auténtica respecto de las múltiples versiones latinas nuevas (entre las cuales se han contado no menos de 160 sólo por los años de 1450 a 1522) y para el uso «público» en la Iglesia. El término auténtica está tomado en sentido jurídico e indica un documento digno de fe, que constituye texto. La Vulgata podía ser empleada con plena seguridad para la demostración de las verdades dogmáticas y morales. El Concilio indica que la prueba de esto se halla en el uso multisecular que de él ha hecho la Iglesia, que es indefectible en las cuestiones de fe y de moral. Tratándose de una versión, basta una «conformidad» sustancial con el texto original. 599BLos Padres conciliares eran tan conscientes de ciertas imperfecciones de la Vulgata, que recomendaron fervientemente una edición correcta de la misma. Las recientes encíclicas (cf. Divino afflante Spiritu ) inculcan más y más el recurso al texto original para las demostraciones teológicas. Códices.

Como la Vulgata es el libro del que más copias se han hecho, es extraordinario el número de manuscritos que hay de ella. Teniendo en cuenta los leccionarios litúrgicos y los fragmentos, ¡ascienden a 30.000! Pero muchos de ellos son de fechas recientes y reproducen el tan divulgado texto parisino, que carece de todo valor crítico. Aquí basta señalar las principales representantes. Entre los manuscritos «italianos» sobresale por la bondad del texto y por su veneranda antigüedad el Amiatino (A), así llamado por el monte Amiata, donde se conservó durante largo tiempo, en la biblioteca de los Cistercienses. Hállase ahora en la Laurenziana de Florencia. El texto procede del que se hizo bajo la dirección de Casiodoro en el monasterio de Vivario, pero fue copiado en Inglaterra en un monasterio próximo a Jarrow, el año 700, de un manuscrito que llevó a Roma el abad Ceolfrido o su predecesor. El códice fue enviado como regalo a S. Pedro por Ceolfrido, pero habiendo fallecido el portador durante el viaje, fue a parar al monte Amiata. La Comisión constituida por Pío IV se ocupó de su colección y ha sido frecuentemente objeto de estudio, especialmente por parte de Tischendorf.

Y es precisamente uno de los códices más cotizados por los monjes benedictinos, quienes en su edición sólo en casos excepcionales le atribuyen valor secundario. El códice Fuldensis (F) se debe a la iniciativa de Víctor, obispo de Capua (541). Llevólo S. Bonifacio a Fulda, donde se conserva actualmente. Contiene el Nuevo Testamento con los Evangelios unificados a modo de Diatessaron . El Paulinus (P) se remonta al s. IX y es uno de los manuscritos más elegantes de la biblioteca de S. Pablo en Roma. Se le considera como excelente representante de la recensión de Alcuino. Del mismo tipo es el códice Vallicellianus (V) del s. IX, conservado en la biblioteca Vallicelliana de Roma. Constituyen una familia especial los manuscritos Mediolanensis (M), el Foroiuliensis (J), en gran parte en Cividale del Friuli, y algunos de sus folios en Praga y en Venecia, el Anconitanus y el Sangallensis, todos ellos escritos en los ss. VI-VII en la alta Italia. Entre los códices «españoles» ocupa el primer 600Apuesto el Cavensis (C) del s. VIII-IX, que se conserva en la Abadía de Cava dei Tirreni. En él se comprueban no pocas expresiones derivadas de versiones prejeronimianas. El Turonensis (G), del s.

VI-VII, ahora en la Biblioteca Nacional de París, contiene casi todo el Pentateuco (Gén.-Núm.). Los editores benedictinos le han atribuido un gran valor, considerándolo como arquetipo de los códices españoles. Entre los códices «insulares» o «irlandeses» figuran: el Dublinensis (D), llamado también Armachanus o Book of Armagh , del 812, que contiene el Nuevo Testamento, y el Kenanensis (Q) o Book of Kells , del s. VII-VIII, que contiene los cuatro Evangelios lo mismo que el Egertonensis (E), del s. IX. Los benedictinos consideran como representante típico de la familia para el Heptateuco (porque contiene solamente esos libros) al Ottobonianus (O) del s. VII-VIII, que procede probablemente de Bobbio. Trae no pocas expresiones peculiares o también de la vetus latina . Ediciones. La Vulgata fue el primer libro que imprimió en Maguncia el mismo Gutenberg, tal vez en 1452, tomando como base el texto parisino, y las ediciones fueron multiplicándose rápidamente, al principio sin ninguna pretensión crítica. Se cuenta un centenar de ellas entre el 1452 y el 1500.

Posteriormente, comenzaron a anotarse en el margen, principalmente por obra de Alberto Castellano (Venecia 1511), las variantes que se hallaban en los comentarios patrísticos, en otros manuscritos, en la vetus latina , etc. En la Políglota Complutense (o de Alcalá) se utilizan manuscritos mucho más antiguos y también en la Biblia llamada Hittorpiana por el nombre del librero que fue su promotor (Colonia 1530) y en las tres ediciones de Roberto Etienne (París 1528; 1532; 1540). Más adelante se procedió a verdaderas correcciones y a cambios que se distinguían mediante caracteres diferentes (Osiander; Nuremberg 1522) consistentes en la sustitución del texto de la Vulgata por uno nuevo (Isidoro Clario, Venecia 1542). Los Padres del Concilio de Trento, conscientes de tal incertidumbre y confusión, expresaron el voto de que se preparase una edición que fuera lo más correcta posible ( quam emendatissime ) de la Vulgata y dejaron el cometido de la iniciativa al romano Pontífice.

Con tal fin trabajaron tres comisiones de cardenales: la primera, constituida por Pío IV (1561), inició la confrontación de importantes manuscritos; la segunda, creada por Pío V (1569), amplió la consulta de los manuscritos y examinó 600Bcuidadosamente los textos originales; la tercera, obra de Sixto V (1586), sirviéndose de los trabajos de las precedentes y basándose en el texto publicado en Lovaina en 1583, preparó en breve un texto que dejaba muy poco que desear: tal es el famoso Codex Carafianus (del cardenal Carafa, presidente). Pero el Papa no lo aprobó, y con la ayuda de Francisco Toledo y de Ángel Rocca rechazó muchas correcciones propuestas y, volviendo frecuentemente al texto de Lovaina, lleno de evidentes interpolaciones, publicó la famosa edición del 1590, que hizo preceder de la Bula Aeternus Ille (1 de marzo de 1590: la conocida con el título de edición Sixtina). Resentidos por semejante modo de proceder, apresurado y muy poco científico, los expertos componentes de la Comisión y otros doctos reclamaron la prohibición de la edición después de la muerte del Papa (27 de agosto de 1590), mas por consejo de Belarmino se evitó que se diera abiertamente tal condenación.

De ahí que en 1591 instituyera Gregorio XIV una cuarta Comisión (7 cardenales y 11 consultores) y estableciera las normas prácticas encaminadas a un retorno al Codex Carafianus . La Comisión entregó al poco tiempo el texto al Papa, cuya muerte repentina (15 de octubre) ocasionó una nueva interrupción de los trabajos, que se prolongó a causa del brevísimo pontificado de Inocencio IX. En 1592 Clemente VIII encargaba de la obra a Francisco Toledo, quien con la ayuda de Ángel Rocca y de otros preparó una nueva edición exteriormente idéntica a la de Sixto V. Se la expurgó de no pocas interpolaciones, si bien quedaron aún en número considerable, y se procedió a cambios secundarios en el menor número posible. Salió la edición el 9 de noviembre de 1592 con el solo nombre de Sixto V ( Sixti quinti Pont. Max. iussu recognita atque edita ) e inmediatamente se procedió a retirar las copias de 1590, que fueron destruidas. En 1604 se añadió en Lyon el nombre de Clemente VIII, de donde procede la denominación oficial de sixtoclementina.

No obstante los innegables méritos de un trabajo tan compulsado, que no pretendía ser perfecto, no dejaron de sugerir posteriormente los doctos enmiendas sustanciales en virtud de una crítica textual más desarrollada. T. Heyse y C. Tischendorf pusieron al lado del texto sixtoclementino las variantes del códice Amiatino (Leipzig 1873), y G. Wordsworth con E. White prepararon una edición crítica mucho más importante del Nuevo Testamento, cuyo primer fascículo salió en 1889, y el último en 1949, que contiene las epístolas católicas. 601ATodavía falta (1952) el Apocalipsis, pero en 1911 preparó White una edición manual completa. En 1907 Pío X encomendó a la Orden Benedictina la tarea de preparar una edición crítica de toda la Vulgata con el intento de presentar el texto semejante, en cuanto sea posible, al autógrafo de S. Jerónimo y al texto más antiguo que circuló de los libros que no tradujo el gran biblista. Aun cuando no todos los principios establecidos por los ilustres editores han alcanzado una aprobación incondicionada, la obra ha sido acogida con grande estima, incluso en el campo acatólico. En 1957 se publicó 601Bel undécimo fascículo, que llega hasta el Cantar de los Cantares.

Bibliografía

J. M. Vosté, De latina versione quae dicitur «Vulgata» , Roma 1928. J. O. Smit, De Vulgata , Roermond en Maaseik 1948. J. María Bover, «La Vulgata en España», EstB (1941), nn. 1, 2. Ayuso Marazuela, «El texto de la Vulgata» y «Los elementos extrabíblicos de la Vulgata», EstB (1943), nn. 1, 2. Muñoz Iglesias, «El decreto tridentino sobre la Vulgata e interpretación por los teólogos del s. XVI», EstB (1946).

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