Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

TEXTOS BÍBLICOS (Códices y manuscritos)

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Dado el carácter excepcional de los libros sa- grados, constituye una angustia continua el deseo de poder discernir entre la auténtica pa- labra de Dlos y las posibles infiltraciones de términos o conceptos humanos. De ahí la gran importancia que tiene la parte de la introduc- ción bíblica que estudia las condiciones y el valor crítico de cada uno de los textos. Para conseguir un juicio completo no basta indagar la fidelidad y la bondad de los numerosos ma- nuscritos, sino que además han de examinarse diligentemente las antiguas versiones, y toda clase de testimonlos extrínsecos. El Antiguo Testamento se presenta en tres lenguas. La mayor parte está en hebreo; una pequeña parte en arameo: Gén. 31, 47 (dos.pa- labras); Jer. 10, 11; Dan. 2, 4-7, 28; Esd. 4, 8-6, 18; 7, 12-26; en griego los dos libros es- critos directamente en esta lengua (II Mac. y Sab.) y todos los otros textos deuterocanóni- cos, a excepción del Eclo., cuyo original hebreo ha sido recuperado en unas cuatro quintas partes. En el estudio del texto hebreo suelen dis- tinguirse cuatro períodos. El primero se extien- de desde la composición de cada uno de los libros hasta el s. i desp. de J. C.

Fueron nu- merosas las causas que influyeron en que de!a transcripción de estos antiquísimos libros re- sultara una considerable variedad, y entre ellas hay que reconocer el estado todavía fluctuante de las mismas obras, sobre las cuales tal vez volviese el autor varias veces (cf. Jer. 36, 2- 4.32), la carencia de normas precisas para co- 583Apiarlas en códices completos, las situaciones históricas, muchas veces angustiosas, como la cautividad y la persecución de Antíoco IV, etc. Puede comprobarse tal fenómeno comparando las numerosas desdoblaciones insertadas en los diferentes libros (Sab. 14, y 53; Sal. 18 y II Sam. 22; Is. 36-39 y II Re. 18, 13-20, 19; Jer. 52 y II Re. 24, 18-24, 30; Sam.-Re. y I-II Par), el Pentateuco Samaritano, la versión de los Setenta y algunos manuscritos hebreos, co- mo el papiro de Nash y los textos descubiertos en 1947 en la caverna de ’Ain Fesha (Isaías; Hab. 1-2; fragmentos del Levítico y de otros libros). Las mayores diferencias las constituyen trans- cripciones, breves omisiones o añadiduras, sus- tituciones de términos particulares, etc.

En el segundo período (ss. I-IV desp. de J. C.), el texto aparece ya bien determinado y uniforme en los diferentes manuscritos, como lo prueba su confrontación con las versiones rea- lizadas en dichos siglos, con textos talmúdicos y con citas patrísticas. Son numerosos los es- cribas que trabajan sobre el texto sagrado y que fijan con precisión las más insignificantes particularidades, dando origen a la masora, de todo lo cual resulta un texto concorde y uni- forme. • En el tercer período (ss. VI-X), con la intro- ducción de los signos de las vocales y con la in- tensificación de la actividad de los masoretas (de masórah = tradición) se consigue un tex- to uniforme y además respaldado con tales pre- cauciones, que, prácticamente, lo hacen inmuta- ble, en virtud de la valla constituida por las notas masoréticas, que solían escribirse en las márgenes o en el fondo de cada uno de los libros. Semejante hecho se halla ampliamente ates- tiguado por los numerosos manuscritos hebreos pertenecientes al cuarto período (del s. X en adelante) y por las ediciones impresas. Las diferencias son mínimas y no alteran el sen- tido.

Por eso todos los críticos modernos re- conocen una grande autoridad en el texto hebreo, aun cuando admiten que a veces pre- senta lecciones incomprensibles ó inferiores, en cuanto a ser aceptadas, a las que pueden to- marse de antiguas versiones, sobre las cuales ocupa un puesto privilegiado la griega de los Setenta. En cuanto a cada uno de los libros, aparecen bien conservados los cinco del Pen- tateuco, en tanto que otros ofrecen alguna que otra dificultad. Las divergencias más graves se notan en Sam., Ez., Jer., Prov., y en algún profeta menor. Los numerosos manuscritos hebreos, estu- 583Bdiados ya por Kennicott y Juan Bernardo de Rossi, presentan una antigüedad muy relativa. Si se exceptúan el papiro de Nash (s. I a. de J. C.) y los manuscritos del mar Muerto (s. II- I a. de J. C.), los códices de alguna importan- cia no se remontan a más allá del s. IX desp. de J. C. Ahora se buscan con diligencia frag- mentos más antiguos (Khale) y se intenta dis- tribuir los diferentes manuscritos, en general conformes y concordes, clasificándolos por fa- milias. Del Nuevo Testamento (todo en griego) se hallan manuscritos que se remontan hasta el s.

II, o sea cuando habían transcurrido unos decenlos desde la composición original, lo cual constituye un hecho que no se repite con nin- gún escrito clásico o religioso de la antigüedad. Por otra parte, entre códices, leccionarlos y papiros, se llega a la impresionante cifra de más de 4.000 manuscritos, a lo cual hay que añadir las citas de los escritores eclesiásticos griegos y numerosas traducciones. La flexibilidad propia de la lengua griega en la fonética («yotismo») y una atención más débil —respecto de la de los masoretas— en la transcripción del texto, etc., fueron causa de que en un número tan grande de copias se notase una ingente abundancia de variantes. Muchas de ellas, no obstante, se refieren a la manera de escribir un mismo vocablo o a ele- mentos menospreciables, como la inversión de dos palabras, la añadidura u omisión de una conjunción, etc. Según cierto cálculo, resulta que son siete octavas partes del texto las que están aseguradas, incluso en los detalles, si bien hay que tener en cuenta la dificultad que hay de poder hacer una limpieza entre las múltiples variantes.

Pueden subsistir dudas acerca de 200 casos que influyen incluso en el sentido, aunque levemente, y sólo sobre unos quince acerca de textos de importancia dogmá- tica o histórica (Mc. 1, 1; Lc. 22, 19 s.; Jn. 5, 3 s.; Rom. 5, 14; I Cor. 15, 51; I Tim. 3, 16, etcétera). De todos modos, entre ellos no se da ninguna verdad dogmática o teológica que fal- te en otros textos claros. El estudio y catalogación de tantos manus- critos requiere un trabajo de mucha paciencia. Para individualizar cada uno de los manus- critos suele emplearse el sistema creado por Wettestein, según el cual los códices mayúscu- los se indican con una letra mayúscula (latina o griega) y los minúsculos con los números pro- gresivos árabes. Dado el reducido número de le- tras de los dos alfabetos, para las restantes mayúsculas se adaptaron los números precedi- dos de un cero. Para los papiros se emplea 584Auna P con el número progresivo como exponen- te. Von Soden presentó un sistema propio para poner inmediatamente ante la vista el conteni- do y la época aproximativa de varlos manuscri- tos; pero tuvo muy menguado éxito por lo complicado que resultaba.

Algunos códices tie- nen un nombre propio en relación con la lo- calidad en que fueron descubiertos o con su propietario. Entre éstos son conocidísimos el Vaticano (B), tal vez del s. IV, de origen egip- cio y conservado en la Biblioteca Vaticana; el Sinaítico (S, actualmente la mayor parte de él en el British Museum de Londres), descubierto en 1844 por Tischendorf en el Sinaí, en el Mo- nasterio de Santa Catalina, que pertenece asi- mismo al s. IV-V; el Alejandrino, ahora en Londres, deJ s. V; el Cantabrigense o de Beza (D) del s. VI, bilingüe (grecolatino), que con- tiene el famoso texto «occidental» de los Actos de los Apóstoles, etc. Von Soden agrupó los manuscritos más in- munes de tendencias conciliadoras y de inter- polaciones en la familia H (= Hesychius, obis- po egipcio del s. III), y en la familia J (= Je- rusalén) los caracterizados por sus paráfrasis, ampliaciones, omisiones, tales como aparecen en el llamado texto occidental.

En la tercera fami- lia, indicada con la sigla K (= Koiné, común) se agrupan los manuscritos que reproducen la recensión de Luciano o el texto de la iglesia antioquena, que se contradistingue por su tex- to, más castigado desde el punto de vista lin- güístico, y por su tendencia a la amplificación. El códice Alejandrino (A) es considerado como su mejor representante. Otros autores gustan de hablar de la fa- milia del códice B Vaticano, considerándola co- mo la más pura, de representantes del Texto occidental, del grupo cesarense con el códice de Koridethi (O) a la cabeza; y de los depen- dientes del códice Alejandrino. Esto para los Evangelios. En los otros libros no figura la fa- milia cesarense y se advierten ligeros despla- zamientos en la agrupación de cada uno de los códices.

Bibliografía

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