Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

MILAGRO

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Del latino mirari , para significar un hecho que excita admiración o espanto, por ser fuera de lo ordinario. Suele definirse diciendo que es «un hecho sensible, obrado por Dios por encima de todas las fuerzas y leyes de la naturaleza». En la Biblia, así en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se describen muchos milagros y no faltan referencias a la causa (omnipotencia divina) y al fin del milagro (mostrar tal atributo de Dios, confirmar la misión de un enviado de Dios, etcétera). En el Antiguo Testamento suele hablarse del milagro como de un hecho excepcional, maravilloso (hebr. pele’ ), o también como de una señal (hebr. ’ôth ) del poder y de la benevolencia de Dios. En la historia hebrea hay algunos períodos, como la salida de Egipto, la conquista de Palestina , los tiempos de Elías y de Eliseo, que aparecen extraordinariamente ricos de tales intervenciones de Dios (paso del mar Rojo, paso del Jordán , el Maná , etc.), mientras que en los profetas escritores sólo hallamos registrado uno, cual es el de haber retrocedido la sombra del reloj solar del palacio de Ezequías por orden de Isaías (cf. II Re. 20, 9 ss.; Is. 38, 4-8).

A menudo, el autor inspirado advierte la conexión que intercede entre los milagros, llamados también «acciones de poder» (hebreo ghebûrôth ; Dt. 3, 24; Sal. 106, 2) y la divina omnipotencia, para la que no hay nada imposible (cf. Gén. 18, 14; Est. 13, 9; Zac. 8, 6). Es innegable —y por demás natural, teniendo en cuenta el carácter de la historia del pueblo hebreo— que se dieron muchas veces reales intervenciones divinas, especialmente en los períodos más críticos para el pueblo depositario de las verdades reveladas y de las promesas mesiánicas. A veces es el estilo poético o enfático la causa de que aparezca un hecho como milagro. Es un criterio fundado en el género literario, que unas veces se aplica a ciertos fenómenos, como a la matanza de Senaquerib (II Re. 19, 35 ss) y al milagro del sol atribuido a Josué (cf. Jos. 10, 12-15). Otras veces el milagro es aparente y no real, en cuanto, aun no excediendo a las fuerzas ordinarias de la naturaleza, es atribuido directamente a Dios y no a las causas segundas que lo produjeron.

Todas las obras de la naturaleza (la aurora, la luz, la lluvia, el movimiento de las estrellas, el orden cósmico, etc.), son descritas muchas veces como milagros continuos de la omnipotencia divina. Esto sucede de 404Bun modo particular en los libros proféticos y poéticos, entre los cuales se distinguen los Salmos y Job . En el Nuevo Testamento se hallan numerosos milagros realizados por Jesús y también por los apóstoles. Jesús se refiere a ellos como a indicio seguro de haber llegado la era mesiánica (cf. Mt. 11, 5). Son testimonio de su carácter de enviado de Dios. Es el valor apologético del milagro, que condena a cuantos se negaren a creer en las «obras» maravillosas (cf. Jn. 14, 11). Para obrar los milagros Jesús exige la fe; mas por otra parte se sirve de tales prodigios precisamente para excitala fe (Jn. 2, 11; 9, 3; 11, 4.15.42) y para dar testimonio de su misión (cf. Mc. 2, 10; Mt. 12, 28 s.). Idénticos motivos pueden descubrirse en los milagros realizados por los discípulos.

En los Actos de los apóstoles (cf. 3, 6.16; 4, 10) se revela a menudo cómo los milagros comprueban el carácter divino de Jesucristo , a quien San Pedro define diciendo de Él: «Hombre probado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por medio de Él.» (Act. 2, 22). La triple denominación de los fenómenos maravillosos obrados contra las leyes de la naturaleza pone en claro sus diversos aspectos. El milagro es concebido como algo estupendo que excita la admiración (τέραϛ), o como indicio de la omnipotencia divina (δύναμις), o también como señal que confirma la genuinidad del poder taumaturgo y, por tanto, la doctrina predicada por quien obra un milagro. Sabido es cómo una de las características de San Juan es precisamente la de presentar el milagro como una señal que excita la fe del espectador en el que realiza el prodigio (cf. Jn 2, 11).

Bibliografía

W. Grundmann, Δύναμις, en ThWNT , II, pp. 286-318. G. Bertram, ἔργον, ibid. II, pp. 631-40. A. Oepke, ibid. III, pp. 194-215. P. A. Liégé, en RScPhTh , 35 (1951), 249-54.

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