FILISTEOS
Pueblo no semita que hacia fines del segundo milenio se estableció en la fértil faja costera que va de Jaffa a Gaza y que penetra tierra adentro a una profundidad oscilante entre los 20 y los 60 km. Pronto se formaron cinco grandes centros de los que procedio el desarrollo económico y cultural: Gaza, Acalón, Accarón y Gat. Este pueblo fue el gran enemigo de los hebreos desde la ocupación de Canán hasta David (cf. Ez. 16, 27; 25, 15, etc.). La Biblia (Dt. 2, 23; Am. 9, 7; Jer. 47, 4) considera a los filisteos como oriundos de Caftor, comúnmente identificado con el egipcio Keftu, en otro tiempo considerado como nombre de Creta. Lo más probable es que signifique las islas del Egeo y las costas del Asia Menor. La traducción de los LXX ve en Caftor la Capadocia. El establecimiento de los filisteos en la costa cananea fue un episodio de aquel gran movimiento de pueblos que se propagó, hacia principios del s. xii, procedente de las regiones del Mediterráneo y que, entre otras cosas, acarreó la ruina de los jeteos, por obra de las tribus Muski y Gašgas. La arqueología, en la cerámica fenicia más antigua, revela contactos directos con Chipre y Rodas, y no con Creta.
Los rasgos característicos que nos han sido transmitidos por descripciones y representaciones egipcias de aquel tiempo, reclaman costumbres liciocarianas. Licia y Caria son, pues, las regiones donde, según las mayores probabilidades, tuvieron su origen los filisteos. Creta solo pudo ser una etapa en su camino. Ramsés III, en los comienzos del s. xii, resistió en Siria a los nuevos invasores («los pueblos del mar»), que intentaban llegarse a Egipto por tierra, Los egipcios parece ser que mencionan a los filisteos con el nombre de Prst (Parusatos, idéntico al hebreo Peleseth), junto a los Tsikal, pueblo que un siglo más tarde hallaremos establecido en el distrito de Dor al norte de la zona ocupada por los filisteos. Ramsés III no fue capaz de rechazarlos, y pudieron permanecer bajo la soberanía, siquiera nominal, de los egipcios. La Biblia los tilda de «incircuncisos» (y por 218Btanto no son semitas), pero el epíteto que ordinariamente les aplica es el adjetivo «extranjeros». Josué no molestó a los filisteos (Jos. 13, 2; Jue. 3, 3), pero no podía hacerse esperar mucho el choque.
La expansión filistea, iniciada de repente hacia el interior, interesaba especialmente a las dos tribus de Judá y de Dan. Aparte el episodio de Samgar (Jue. 3, 31) que parece haber sido solamente de importancia local, las primeras vicisitudes de esta lucha entre hebreos y filisteos comienzan con la opresión contra la que reaccionó felizmente Sansón (Jue. 13-16), juez de la tribu de Dan. Dan hubo de desplazarse hacia el norte (Jue. 18). En los tiempos de Helí los filisteos derrotan a los hebreos en Afee (I Sam. 4). En los comienzos de la vida pública de Samuel una segunda gran victoria filistea costó la vida a los hijos de Helí, y el Arca misma, llevada de Silo, fue capturada. Recientes excavaciones de los daneses Kjaer, Shmidt y Gluek han puesto en evidencia que el mismo Silo fue destruido por los filisteos hacia el 1050. Mas el Arca fue restituida a los hebreos, después de varios lances (I Sam. 5-6), y recibida en Betsamás.
Esta derrota sirvió de aviso a los hebreos, fomentando la unión y la firmeza en la religión; y en orden a ese fin fue grande la labor de Samuel, quien, después de haber hecho frente con feliz éxito a los filisteos (I Sam. 7, 2-13), cedía el puesto a Saúl, primer rey de Israel, que repetidas veces derrotó a los filisteos en Gueba y Miimas (I Sam. 13- 14). Luego, en la región de Soco, los filisteos quedaron aplastados después del duelo entre David y Goliat (I Sam. 17). Pero cuando Saúl, que había sido abandonado de Dios, se lanzó a una gran batalla en el Gélboe, fue derrotado por los filisteos, perdiendo la vida (I Sam. 31; I Par. 10). David fue tributario de los filisteos (entre los cuales había tenido que refugiarse) en los comienzos de su reinado, al menos hasta que hubo logrado la unificación de Israel. Después comenzó por limitarse a resistir a los ataques de ellos (I Sam. 5, 17-25; 8, 1); luego, por medio de guerrillas, más bien que con verdaderas batallas, consiguió debilitarlos y forzarlos a mantenerse a la defensiva (II Sam. 21, 15-22). Ni siquiera la división del reino ofrece a los filisteos posibilidad de desquite. Durante el reinado de Roboam (II Sam. 11, 8) cae Gat.
En los comienzos del s. ix Guibetón se ve asediada por largo tiempo (I Re. 15, 27; 16, 15-17), y hacia mediados del siglo vm y comienzos del vn invaden toda la Filistea, primero Ozías y después Ezequías (II Par. 26, 6; I Re. 18, 8) 219Aocupando sus capitales. Con Teglatfalasar III (745-727), Sargón (721-705) y Senaquerib es ocupada toda Filistea repetidas veces: luego pasa a ser tributaria de Asaradón juntamente con Fenicia, Judá, Edom, Moab , etc. Y con eso se termina definitivamente la historia de los filisteos, si bien tendrá todavía ocasión de manifestarse su influjo. Contra ellos levantarán la voz los Profetas (Jer. 25, 20; 47, 1-7; Ez. 25, 15 s.: Am. 1, 6 ss. etc.). Las relaciones que se establecen entre azóteos y hebreos al regreso de la cautividad, provocan la reacción de Nehemías (Neh. 13, 23 ss.), mientras que en el tiempo de los macabeos, al aliarse con los enemigos del pueblo hebreo provocarán las represalias de Jonatán (I Mac. 11, 83-89). Desde el primer momento de su aparición los filisteos se presentan como rudos guerreros, pero al mismo tiempo bien organizados y avanzados.
Concentrados en derredor de sus cinco grandes centros viven independientes entre sí, pero los más fuertes tienen cierta preeminencia, y ante el peligro común las diferentes ciudades unen sus fuerzas. A los dirigentes de cada una de las ciudades se les llamaba Seraním (tiranos): tenían autoridad civil y militar, mas no el mando actual de las tropas que, según parece, estaba encomendado a capitanes llamados Sarím (I Sam. 18, 30). La superioridad de organización, que había hecho a los filisteos tan peligrosos para los hebreos, iba acompañada de una mayor superioridad en el progreso industrial. Siendo maestros en la elab oración del hierro, entonces de uso reciente, supieron conseguir su monopolio impidiendo su producción y elaboración a sus antagonistas (I Sam. 13, 9-21), con lo cual estaba garantizada la superioridad militar y económica. Aparte la elaboración del hierro, los filisteos supieron desarrollar la agricultura y las artes, como la arquitectura y la escultura. Presentan especial interés las labores de cerámica, en las que sobresale una mezcla de elementos micenos y locales. Los sacerdotes y los adivinos tuvieron siempre una gran participación en la vida nacional.
La divinidad más honrada fue Dagón, al que los filisteos llaman su dios cuando le dan gracias por haber logrado apresar a Sansón (Jue. 16, 22-25). En Azoto existía un templo de Dagón, conocido con el nombre de Beth-Dagón. hasta la época de los macabeos. Lo destruyó Jonatán hacia el año 150 a. de J. C. En el templo de Azoto fue colocada el arca capturada, en cuya presencia se hizo pedazos el ídolo (I Sam. 5, 2-5): y en un pequeño templo, dedicado también a Dagón, en Beisan, parece que fue donde suspendieron la cabeza de Saúl (I 219BPar. 10, 10). Pero Dagón, cuyo nombre significa «grano», más que dios de los filisteos fue el dios de la fértilísima región ocupada por los mismos. Dagón no fue más que una divinidad simplemente adoptada por los filisteos, pues específicamente era semíticooccidental, que se había difundido desde el Eufrates medio, debido a los amorreos. Otros miembros del primitivo panteón parecen haber sido Barac «el rayo», en relación con los temporales que tan de cerca atañen a la agricultura, y la divinidad solar a la que alude la toponimia Beth-Shemesh (Betsamás) y Ain Shemeshhhh.
Fueron siempre divinidades muy populares Baal-Zebul, el ídolo de Acarón, al que Ocozías , rey de Israel, envió a consultar (II Re. 1, 2), y Atargatis, venerada especialmente en Ascalón. [G. D.]
Bibliografía
L. Desnoyers, Histoire du peuple hébreu, I, París 1922, pp. 26-65, 192-207, 217-21, 251, 358, 416
II, 1930, pp. 12 s., 18 s., 29-33, 49-60, 79-86 y en otros lugares. F. M. Abel, Géographie de la Palestine, I, París 1933, pp. 261-70.