Diccionario Bíblico

Giuseppe Turdessi, O. S. B.

FILIPENSES (Epístola a los)

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Es una de las cuatro epístolas de la cautividad romana (61- 63): v. Colosenses. Las relaciones de San Pablo con los filipenses datan del año 51, cuando se realizó el segundo viaje apostólico. Filipos fue la primera cris 217Atiandad paulina en Europa, especialmente querida de él, entre otras razones porque le costó flagelaciones y encarcelamiento, como lo recuerda San Lucas en un maravilloso relato (Act. 16, 11-40) y probablemente estuvo fija en ella su residencia hasta el año 58. En el tercer viaje Pablo visita de nuevo a esta cristiandad (Act. 20, 1, 3, 6); allí celebró la Pascua del 58. Cuando los filipenses se enteraron de que Pablo estaba prisionero en Roma, le enviaron a Epafrodito (tal vez su obispo) para darle una prueba tangible de su afecto. Iba, efectivamente, a asistirlo y llevaba consigo una ayuda en dinero para aliviar la pobreza de Pablo (2, 25; 4, 18). La presencia de Epafrodito produjo grande gozo en el corazón de Pablo, tan sensible al afecto y a la amistad. Pronto se convirtió en el émulo de Pablo en las fatigas y en las luchas del apostolado cristiano, hasta que se sintió herido de una gravísima enfermedad que puso en peligro su vida. Pero al fin se recobró.

Tan pronto como Pablo pudo hacerlo, se apresuró a devolverlo a Filipos para tranquilizar a aquellos caros cristianos asegurándoles de la realidad de la curación y para informarles de las verdaderas condiciones en que se hallaba su propia persona y del estado de su causa ante el tribunal del César. Al irse de Roma Epafrodito llevaba consigo esta epístola, que, quizás más que ninguna otra, se acerca al tono confidencial y cordial de una carta moderna. No hay en esta epístola tesis dogmáticas, ni tampoco se hallan en ella temas polémicos o apologéticos de alguna extensión que deban recalcarse con particular energía. Más bien se trata de una carta de agradecimiento al Padre de toda consolación, y agradecimiento también a los filipenses por su buen corazón. Su padre alejado se alegra al recordar a estos hijitos que nunca le han contristado y que fueron siempre los primeros en atender a su invitación a alcanzar la perfección cristiana. Quien se empeñara en querer hallar una trabazón lógica cualquiera entre las diferentes partes de esta epístola, con seguridad se vería defraudado.

El único elemento constante en ella es la alegría cristiana que invade toda la epístola y que brotando del corazón de Pablo quiere expansionarse por los corazones de los lectores lejanos (Prat). Con un poco de buena voluntad puede distinguirse una parte de matiz más bien histórico (1, 12-2, 30) y otra parenética (3, 1-4, 20). A la primera sirve de introducción un entusiasta agradecimiento a Dios por el excelente estado espiritual de la iglesia de Filipos (1, 1- 11): la segunda se cierra con breve pero 217Bemocionante epílogo que sirve de conclusión a toda la epístola (4, 21-23). La que hemos llamado parte histórica contiene preciosas informaciones personales que completan, en diferentes aspectos, las modestas noticias que podemos pedir de los Actos de los Apóstoles. Gracias a ellos conocemos la posición de Pablo en la ciudad de los Césares, y por ahí algo de la difusión del Evangelio en la ciudad. Su encarcelamiento contribuyó no poco a este hecho, y la noticia de que Pablo estaba sujeto con cadenas a causa del mensaje cristiano se esparció por entre los pretorianos, y en general por entre todos los ciudadanos.

De la resistencia de Pablo otros muchos toman valor para propagar el Evangelio, aun cuando no falten quienes lo hagan por un mezquino espíritu de envidia y de contienda. Pablo confiesa que es superior a esas mezquindades, porque vive para Cristo. Para él habría sido una ganancia la muerte , pero está persuadido de que seguirá viviendo para bien de los fieles y para gozo de su fe (1, 12-26). En este sentido el corazón del Apóstol no puede menos de exhortar a los filipenses a que se mantengan firmes en la fe viviendo de un modo digno del Evangelio, practicando ante todo la caridad y conservando la unidad de los espíritus, cuyo fundamento es la humildad. Los cristianos tienen en el Verbo Encarnado un modelo verdaderamente divino ante los ojos: que traten de imitar su voluntaria humillación (1, 27-2, 11). Sabemos que Dios quiere que se salven, pero quiere también que ellos cooperen al plan maravilloso del Padre celestial (2, 12-18). Hace a los filipenses una recomendación en favor de Timoteo, a quien tratará de enviar junto a ellos cuanto antes, como también espera que pronto podrá verlos personalmente (2, 19-24).

Alaba a Epafrodito a quien llama hermano suyo, colaborador y conmilitón, que tanto bien hizo al lado de Pablo, y a quien ahora les devuelve para que puedan gozarse viéndole vivo después de la mortal enfermedad (2, 25-30). En la parte moral de la epístola Pablo exhorta a los filipenses a que sean cautos y enérgicos respecto de los judaizantes y de los malos cristianos. Que imiten a su padre, el Apóstol, tendiendo a la perfección con el mismo brío con que corre el atleta en el circo (3, 1-4, 1). Finalmente da las gracias a aquellos buenos y queridos fieles por el dinero que le han enviado como expresión de su afecto (4, 10-20). En el epílogo, San Pablo manda saludos y bendiciones. Es notabilísima en esta epístola la fórmula rebosante de la doble naturaleza divina y humana de Cristo, de su pasión y muerte como camino hacia la 218Aglorificación del hombre Dios: ejemplo luminoso para todos los fieles (2, 5-11). [G. T.]

Bibliografía

A. Médebielle, en La Ste. Bible (ed. Pirot, 12), París 1938 (1946), pp. 77-100. Höpfl-Gut-Metzinger, Intr. Spec. in N. T., 5.ª ed., Roma 1949, pp. 417-21.
Severiano del Páramo, Mihi vivere Christus est, en ST (1944), 3.

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