FARISEOS
Antigua secta judía. Fl. Josefo llama a sus adheridos, en griego, Φαρισαῖοι, ’ transcripción del adjetivo arameo Perîšayyā = «divididos, distintos». Con toda probabilidad el término se debe a sus adversarios, pues de suyo los fariseos se llamaban «compañeros» o también «santos». No se conoce el origen de la secta. Fl. Josefo (Ant. XVIII, 11) los hace remontar a tiempos antiquísimos, pero no los nombra por vez primera hasta el tiempo de Jonatán Macabeo (ibid. XIII. 171). Aunque es probable que en este caso aplique el término a los asideos, de quienes se habla en I-II Mac. (I, 2, 42; 7, 13; II, 14, 6). Éstos suelen ser considerados ya como fariseos, o, más exactamente, como sus predecesores, por razón de los rasgos seme-: jantes. Pero la existencia de los verdaderos fariseos aparece con toda seguridad desde el tiempo de los primeros asmoneos. Ya durante el reinado de Hircano (153-104 a. de J. C.) ocupan un importante puesto en el judaísmo, hasta el punto de osar desafiar a la autoridad suprema con su oposición. Bajo Alejandro Janneo (103-76) fueron duramente perseguidos;'' 212Apero rápidamente conquistaron un poder excepcional bajo la reina Alejandra (75-66), viuda de Janneo.
La aversión a la monarquía se debía particularmente a la unión, desaprobada por los fariseos, del poder político con el sacerdotal, mantenida por los asmoneos, como consecuencia de la investidura del sumo sacerdocio (153 a. de J. C.) que Jonatán Macabeo recibió de Alejandro Bala, rey de Siria. En el tiempo de la dinastía de Herodes y de la ocupación romana los fariseos disfrutaron de una autoridad muy limitada en los negocios del gobierno, máxime estando como estaba el sumo sacerdocio en manos de sus enemigos, o sea de los saduceos (v.). Pero su ascendiente sobre el pueblo fue creciendo de día en día, como se ve especialmente por los Evangelios y por los más antiguos escritos rabínicos. Después del año 70, habiendo desaparecido el partido de los saduceos con el sumo sacerdocio, el judaísmo oficial quedó bajo la dirección espiritual única del fariseísmo. Los fariseos se mostraron enemigos declarados de Jesús (cf. Mc. 3, 6; Mt. 12, 14; Jn. 1, 24; 9, 13.16; 7, 32, etc.), el cual reprendio su hipocresía y su falsa religiosidad (cf. Mt. 23, 13-33).
No se pueden restringir las severas palabras de Jesús aplicándolas solamente a los fariseos, que frecuentemente son también condenados en los escritos talmúdicos. No obstante, esas palabras no excluyen cierta adhesión a Dios por parte del fariseísmo. Tenemos indicio de ello en el Evangelio (cf. Mc. 12, 18, 24; Jn. 3, 1, etc.; Act. 5, 34-39). En Jerusalén la Iglesia naciente estaba compuesta en gran parte de numerosos exfariseos (cf. Act. 15, 5). Generalmente se habla de asecta» de los fariseos; pero el término se entiende en sentido relativo. No se trata de ninguna «separación» doctrinal propiamente dicha; los mismos fariseos sostenían que eran ellos los intérpretes del judaísmo, que en definitiva se mostró fiel seguidor del pensamiento de ellos. Así, pues, ese término solo se usa para indicar la diferencia entre su doctrina y sus prácticas y las de otras corrientes, como la de los saduceos y la de los esenios. En su afán por hallar correspondencias con el helenismo, FI. Josefo compara a los fariseos con los estoicos, a los saduceos con los epicúreos y a los esenios con los pitagóricos.
Entre los principios característicos de los fariseos figuran el respeto a las tradiciones de los padres, la fe en la existencia de los ángeles, en la resurrección y en la divina Providencia. Tenían además una especial orientación jurídica 212By no pocos usos litúrgicos en pugna con los de los saduceos. Respecto del primer punto, Fl. Josefo (Ant. XIII, 297) afirma: «Los fariseos transmitieron al pueblo algunas normas de origen antiguo que no están registradas entre las leyes de Moisés », y dice (ibíd. 408) que la reina Alejandra restableció lo que «en otro tiempo habían introducido los fariseos en conformidad con la tradición de los padres y que Hircano había abolido». También Jesús alude a tales tradiciones farisaicas llamándolas «doctrinas y normas de origen humano» (Mc. 7, 7). Y en los textos del Talmud se leen afirmaciones que anteponen esas tradiciones a la misma Ley de Moisés. En Act. 23, 8, se encuentra el único texto que afirma de un modo explícito la fe de los fariseos en la resurrección que negaban los saduceos. Esa afirmación está confirmada por múltiples textos de FI.
Josefo y de los rabinos que reprochan a los saduceos la opinión contraria, especialmente respecto de la resurrección y de la inmortalidad del alma. En cuanto a la divina Providencia, Fl. Josefo, que gusta de emplear el vocablo griego eífxapixévi) (= fato), bien poco a propósito por cierto, dice que los fariseos seguían un camino intermedio entre los esenios, que todo lo hacían depender de la misma, y los saduceos, que la excluían por completo. Afirma que «los fariseos sostenían que algunas cosas, mas no todas, son producto del destino, mientras que otras existen por sí mismas sin que nadie las haya producido» (Ant. XIII, 172). Pero en otros lugares (Op. cit. XVII, 1, 13; Bell. II, 162 s.) dice que lo referían todo a la divina Providencia (literalmente «fato»), aunque salvando la libertad humana. Y él, que pertenecía al grupo de los fariseos, recurre frecuentemente en sus escritos a la intervención divina para explicar los diferentes acontecimientos que describe. Según el mismo autor (Ant. XIII, 295), adoptaban penas menos severas en los juicios. Esa misma tendencia se encuentra atestiguada en los escritos rabínicos (cf. H. Strack-P. Billerbeck, p. 395 ss.).
De mayor monta eran las diferencias en los usos litúrgicos. Así al tratarse de la ofrenda de la primera gavilla de la nueva mies, que estaba prescrita para el «segundo día del sábado» (Lev. 23, 11), los fariseos defendían que eso debía hacerse el día 16 de Nisán, o sea el primero después de Pascua, mientras que los saduceos, con más lógica, entendían el término sábado en sentido específico y afirmaban que la ofrenda debía hacerse siempre en el sábado 213Asiguiente, independientemente del 15 de Nisán (cf. FI. Josefo, Ant. III, 250; Filón, De legibus specialibus, II, 162). Esta divergencia llevaba consigo otra acerca de la fecha que debía señalarse para la fiesta de Pentecostés, fijada para el quincuagésimo día después de la ofrenda de la gavilla. Otras divergencias de menor monta se registran asimismo respecto del ritual que debía seguirse en el día de la expiación (Kippur) y en la fiesta de los tabernáculos (cf. Strack-Billerbeck, p. 355 s.). Incluso en tomo a la fiesta de la Pascua se notaban divergencias.
Entre otras cosas, admitían los fariseos que «la Pascua anula al sábado», declarando lícitos en la tarde del 14 de Nisán los actos prescritos para la preparación del cordero, aun cuando se hubiese comenzado el descanso del sábado. [A. P.]
Bibliografía
H. Strack-P. Billerbeck, Kommentar zum N. T. aus Talmud und Midrasch, vol. IV, Mónaco 1928, pp. 334-52. M. J. Lagrange, Le Judaïsme avant Jésus-Christ, París 1931, pp. 268-301. G. Ricciotti, Vita di Gesù Cristo, Milano 1941, pp. 46-54.
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