ELAM
Acadio: Nim-ma-ki «el país alto», griego ’Elamáz) Región comprendida entre el golfo Pérsico, Caldea, Asiria, Media y Persia, formada por una zona llamada (Anšan o Aššan) y otra de colinas y montañas (Nimma o Elamma). El Elam, y principalmente su capital Susa, fue explorado sistemáticamente desde el año 1885 por misiones arqueológicas francesas, cuyos resultados fueron publicados en Mémoires de la Délégation en Perse (París 1900- 1912, vol. 1-13) y a continuación en Mémoires de la Mission archéologique de Susiane (París 1913, 1943, vol. 14-29). Los elamitas (Elamu) constaban de elementos semitas y ansanitas. Los semitas ejercían tal influencia que hasta llegaron a imponer su escritura y su lengua para las inscripciones. Los ansanitas eran superiores en número, y frecuentemente contrarrestaban la influencia de los primeros. La escritura cuneiforme servía para dos lenguas diferentes: la elamitosemítica que se acerca al acadio, y la elamito-susanita, que se supone afín al georgiano. La religión presenta un politeísmo bastante grosero, con notables variantes dentro del cometido de las principales divinidades. Su larga historia (h. 3000-640 a. de J.
C.) registra cambios de 181Bdinastías, ocupaciones extranjeras y, en los tiempos de seguridad y prosperidad, expansiones hacia el sur y suroeste. Particularmente Mesopotamia fue la aspiración de estos rudos montañeses, a quienes sirvieron de freno las victoriosas guerras defensivas de los dinastas súmenos, de los dinastas semíticos de Akad (2360- 2180), de los dinastas sumerios de Ur III (hacia 2070-1960) y del amorreo Hammurabí (h. 1700). La antigua aspiración a expansionarse se realizó posteriormente durante las guerras fratricidas entre Asiria y Babilonia. Hacia el 1200- Sutruk-Nahhunte, rey de Elam, ocupó a Babilonia a cuyo rey derrotó y mató, y en unión de su hijo Kutur-Nahhunte saqueó y destruyó numerosas ciudades babilónicas, llevándose de ellas objetos preciosos e incluso los manuscritos, como las stelas de Sargón y de Narám Sin, el códice de Hammurabí, todo lo cual fue descubierto en Susa. Un elamita, Már-biti-aparussur (h. 1000) fue el fundador de la dinastía babiloniocaspia.
Durante el apogeo de Asiria en los siglos VIII-IX, el Elam, aliado de Babilonia, corrió la triste suerte de ésta y fue derrotado por Senaquerib, atormentado por sus sucesores Asarhaddón y Asurbanipal; y en el 640 vio su territorio ocupado, la capital Susa asediada, conquistada y en parte destruida por Asurbanipal, desapareciendo así del rango de las grandes potencias orientales y quedando reducida sucesivamente a provincia de los asirios, de los medos, de los persas, de los seléucidas, y en el s. III a. de J. C., de los asárcidas. La lista etnográfica de la Biblia (Gén. 10, 22) atribuye un origen semita al pueblo elamita, de acuerdo con la historia, que atestigua una fuerte compenetración entre semitas y autóctonos. Codorlaomor, rey de Elam, uno de los cuatro militarmente congregados contra la Pentápolis del mar Muerto y vencidos por Abraham que acudio en defensa de su sobrino Lot (Gén. 14, 1 ss.), es la transcripción de un nombre elamita, Kudur-Lagamar (Kudur es frecuentemente la onomástica elamita, y Lagamar o Lagamal es una divinidad elamita), pero no es aplicable a ninguno de los reyes de Elam hasta ahora conocidos.
Los elamitas están incluidos entre los diversos pueblos deportados de las regiones orientales para constituir el nuevo pueblo samaritano (Esdr. 4, 9). Los profetas Isaías, Jeremías y Ezequiel formulan oráculos contra Elam (Is. 11, 11; 21, 2, 6; Jer. 25, 25; 49; 34 ss.; Ez. 32, 24). La acrópolis de Susa, ocupada por el palacio real, es mencionada por Dan. 8, 2 y Neh. 1, 1, y es el escenario donde se desarrolla el drama de Ester (1, 2. 5; 3, 15). El riquísimo templo 182Ade Susa, dedicado a la diosa Nanea (II Mac. 1, 13, 15; Polibio, Hist. 31, 9) excitó la codicia de Antíoco IV en el año 164-163 a. de J. C., pero hubo de renunciar al saqueo ante la oposición armada de la ciudadela (I Mac. 6, 1-4). También hay testimonios de los elamitas en la descripción de la efusión carismática del Espíritu Santo en Pentecostés (Act. 2, 9). [A. R.]
Bibliografía
P. Dhorme, Elam, Elamites, en DBs., II, col. 920-62.