Diccionario Bíblico

Armando Rolla

CIRCUNCISIÓN

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Del latino circumcido, «corto alrededor»; en griego περιτομή; en hebreo múláh. Es la ablación total, o parcial, o también simple incisión del prepucio en los hombres, y corte del clítoris en las mujeres. Es una práctica muy extendida en varios pueblos de la antigüedad y aún hoy persistente en una buena parte de la humanidad. Dan testimonio de haber existido en época antiquísima entre los egipcios, escritores como Herodoto, II, 36, 37, 108; Diodoro de Sicilia, 28; Filón, De circumc. I; etc., y momias y monumentos que datan de los comienzos de la 4.ª dinastía (h. 2400 a. de J. C.). Era uso corriente en la clase sacerdotal, y alguna que otra vez se practicaba también en otras clases sociales. La practicaban asimismo los cólquidas, y los etíopes (Herodoto, II, 104), los amonitas, los moabitas, los idumeos y los madianitas, pero no los semitas orientales (asirio-babilonios). Actualmente está vigente en numerosas tribus primitivas de Australia, Polinesia, América central (Méjico, Nicaragua, Yucatán) y meridional (Amazonas) y especialmente en África; y sobre todo entre los árabes musulmanes, que la tomaron de sus antepasados premusulmanes.

El ritual y el método varían según los diferentes pueblos; y más variada es aún la edad, que oscila entre el séptimo día después del nacimiento y los 15 años; pero se advierte una gran preferencia por la edad de la pubertad. El significado primitivo parece fundamentalmente relacionado con la preparación al matrimonio, como para dotar de aptitudes a la vida sexual, e iniciar a la juventud en el paso de la sociedad infantil a la de los adultos y guerreros, en calidad de miembros efectivos de su correspondiente grupo. A este significado va adjunto el religioso, que no es fácil precisar, pero que es evidente en la circuncisión de los sacerdotes del antiguo Egipto y en la de los musulmanes. 110ALa circuncisión fue prescrita por Dios como sello de la alianza establecida entre Dios y Abraham y toda su descendencia (Gén. 17, 10-14); y había de ponerse en ejecución al octavo día del nacimiento de cualquier varón (entre los hebreos es desconocida la circuncisión femenina), incluyendo también a los esclavos nacidos en casa, o comprados, aun cuando fueran de otra raza. Es un rito de capital importancia, cuyo significado religioso y étnico no tiene paralelo en ningún otro pueblo.

Es signo de alianza con Dios: acto de agregación al pueblo elegido, y de purificación. El simbolismo del rito (consagración, renacimiento espiritual) resulta también de la circunstancia de ser circuncidado el niño al octavo día de nacer. La circuncisión fue practicada por Abraham en sí mismo a la edad de 99 años; en su hijo Ismael a la edad de 13 años y en todos sus siervos (Gén. 17, 25 ss.); en Isac a los ocho días de nacer (Gén. 21, 4). Después de haberse generalizado en el pueblo de Israel, parece ser que la práctica cayó un tanto en desuso o que al menos no siempre se observó durante la estancia en Egipto. El mismo Moisés que, después de una advertencia divina, comprobó que estaba faltando por no haber circuncidado a su hijo, mandó a su mujer Séfora que lo circuncidara (Éx. 4, 5). El precepto de la circuncisión fue alegado por Moisés como condición necesaria para comer el cordero pascual, implícitamente primero (Éx. 12, 44-48) y más tarde expresamente en la legislación sinaítica (Lev. 12, 3; cf. Jn. 7, 22).

Los hebreos nacidos durante los 40 años en el desierto permanecieron incircuncisos (Jos. 5, 4. 7), y el hecho de que no hubiera ningún reproche por parte de Dios por esta omisión justifica la conclusión de que hubo de mediar una suspensión de la ley, por voluntad divina, motivada tal vez por las continuas infidelidades disolventes de la alianza. Apenas entrados en Canán, en Gálgala, no lejos de Jericó, se practicó una segunda circuncisión (Jos. 5, 4) para sancionar la realización del pacto y borrar «el oprobio de Egipto» (Jos. 5, 9); y desde entonces siguió observándose universalmente. Su omisión era motivo de deshonra y de ignominia (Jue. 14, 3; 15, 18; I Sam. 14, 6; 17, 26. 36; Ez. 28, 10; 31, 18; 32, 19 ss.). Era signo de distinción entre Israel y los otros pueblos vecinos, en gran parte incircuncisos, especialmente los filisteos, los «incircuncisos» (carelim) por antonomasia.

El sábado y la circuncisión fueron los dos principales distintivos del judaísmo durante la cautividad de Babilonia y en la época helénico-romana, cuando la circuncisión se convirtió en 110Bargumento de escarnio por parte de los paganos, hasta el punto de inducir a algunos desertores, de los que frecuentaban los gimnasios públicos, a ocultar (mediante una operación) los signos de la circuncisión (I Mac. 1, 15). Es siempre obligatoria para los hebreos. La realiza un operador especial (móhél, «circuncidador»), que en operación tan delicada sustituye al padre (o a la madre), y se lleva a efecto al octavo día del nacimiento, aunque sea un sábado, según la antigua tradición (cf. Jn. 7, 22). El rito, que se celebra en la casa paterna o en la sinagoga, va acompañado de dos bendiciones, una de las cuales la pronuncia el móhél, y la otra el padre del recién nacido. Siguen los augurios de felicidad y la imposición del nombre y, finalmente, una bendición más larga que celebra la alianza divina con Abraham y su signo sagrado que es la circuncisión.

El niño es sostenido sobre las rodillas de una especie de padrino (sandicós) sentado en la silla del profeta Elías, a quien se creía presente en toda circuncisión, y a quien popularmente se llamaba «el cordero de la alianza» (cf. Mal. 3, 1; 4, 5). También San Juan Bautista y Jesús se sometieron a la circuncisión (Lc. 1, 58 ss.; 2, 21). Con la institución del Bautismo cristiano cesó la obligación de la circuncisión. Es terminante la postura tomada por los Apóstoles en el Concilio de Jerusalén (Act. 15, 1 ss.) contra los judaizantes que querían exigir la circuncisión de todos los convertidos de la gentilidad; y especialmente es terminante la postura de San Pablo que en varias ocasiones demostró la inutilidad del rito después de la muerte redentora de Cristo (Gál. 5, 2 ss.; 6, 12 ss.; Col. 2, 11 ss.). Los judíocristianos siguieron practicando la circuncisión desprovista de valor para la salvación, y, por no desairarlos, los Apóstoles a veces se conformaron con este uso (Gál. 2, 3 ss.; cf. en cambio Act. 16, 3). La verdadera circuncisión es la purificación del espíritu, la sumisión a Dios (Rom. 2, 28 s.; Col. 2, 11; Fil. 3, 3), condiciones requeridas ya en el A.

T. (Dt. 30, 6; Jer. 4, 4; Lev. 26, 41) para participar de los beneficios de las promesas. [A. R.]

Bibliografía

A. Vaccari, en VD, 2 (1922) 14- 18. A. Deimel, en VD, 5 (1925) 5- 11. E. Baras, La circoncision, París 1936. * Matheu, La circuncisión, en CB, II (1945) 9.

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