Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

BAUTISMO

Recursos

Del griego βάπτισμα; de βαπτίζω = sumergir. Rito de iniciación en la vida cristiana, mediante la inmersión-lavatorio en agua natural. No hay en el N. T. una exposición sistemática de tal sacramento, ni siquiera se describe el momento preciso de su institución por parte de Jesucristo. Pero se enseña explícitamente su necesidad y se desarrollan ocasionalmente no pocos aspectos teológicos de su eficacia. No sabemos cuándo lo instituyó Jesucristo, pero su vida pública comenzó después del bautismo recibido en el Jordán (Mc. 1, 9-13), y seguido de un discurso acerca de la necesidad de un «renacer» espiritual mediante el agua y el Espíritu Santo (Jn. 3, 3-6), y se terminó con el mandato de que se bautizara a todos los futuros creyentes: «Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre , y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt. 28, 19). Es cierto que el bautismo de Juan (cf. Mt. 3, 11; Mc. 1, 8; Act. 1, 5) era un baño puramente simbólico destinado a sancionar la resolución de un resurgir moral, excitar y significar los sentimientos de un verdadero arrepentimiento. Discútese sobre el valor del bautismo administrado por Jesús durante su vida pública (Jn. 3, 26).

Hay quienes no lo distinguen del de Juan, en tanto que otros lo consideran ya como un verdadero sacramento apto para conferir la gracia. El libro de los Actos de los Apóstoles nos ofrece la documentación práctica de la necesidad del bautismo, cuando describe su administración a los creyentes en el día de Pentecostés (Act. 2, 41) y en varias otras ocasiones en 72Btiempos sucesivos (cf. ibid. 8, 16. 38; 9, 18; 16, 15. 33; 19, 5). San Pedro pone expresamente como condición para alcanzar la salvación el «arrepentimiento» (μετάνοια.) y el bautismo (ibid. 2, 38). Háblase a veces en los Actos de los Apóstoles de bautismo conferido en el nombre de Jesucristo. Esta expresión, juntamente con algún texto patrístico, particularmente de Eusebio de Cesárea, ha sido alegada como si reprodujese o aludiese a una fórmula bautismal diferente de la trinitaria prescrita en Mt. 28, 19 y conservada inalterada por la Iglesia a lo largo de los siglos. En realidad la referencia a Cristo no tiene otro alcance que el de distinguir entre el bautismo y los ritos análogos practicados en algunos centros religiosos y especialmente el bautismo simbólico de Juan.

En los Actos 8, 38; 10, 47 se insiste asimismo en destacar que la materia del sacramento es el agua, término empleado metonímicamente por San Pedro para significar incluso el mismo bautismo (ibid. 10, 47). A veces la recepción del bautismo va acompañada de manifestaciones carismáticas (en general: glossolalia), pero en ningún texto se afirma que haya una estricta y necesaria conexión entre los dos fenómenos. El primer efecto del sacramento instituido por Jesús es precisamente el perdón de los pecados (cf. I Cor. 6, 11; Ef. 5, 26; Tit. 3, 5; Hebr. 10, 22). Es el tránsito del reino del mal a la situación del que sigue en pos de Cristo, consecuencia de haber recobrado la inocencia (cf. Act. 2, 38; 10, 46 s. 26, 18).

San Juan prefiere hablar de «renacer» y de agua regeneradora: «Quien no naciere nuevamente del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (3, 5; cf. I Jn. 5, 6. 8). Trátase de un rito externo necesario, pero su eficacia es inconcebible en el adulto si se prescinde de la fe que ha de estar de antemano en el alma del convertido. Veamos cómo San Pablo se toma la libertad de atribuir indiferentemente al bautismo y a la fe los mismos efectos (cf. Gal. 2, 19 s.; 3, 26 s.; Col. 2, 10-13; Rom. 6, 3 ss.; Ef. 2, 5-8).

La enseñanza de la necesidad del bautismo como medio indispensable de salvación es subrayada en el Evangelio de San Juan (3, 5) y en la epístola I de San Pedro, en la que se esgrime el argumento de la tipología existente entre el bautismo y el agua del diluvio (I Pe. 3, 20 s.). San Pablo insiste en lo de la unión con el Cuerpo Místico o incorp oración a Cristo, efecto del bautismo. Complácese en sacar a relucir el método de la inmersión, ordinariamente en uso en la administración del bautismo, para señalar con ella una alusión simbólica a la muerte y a 73Ala resurrección de Cristo (cf. Rom. 6, 3 ss.). Tenemos así una muerte mística del cristiano (Rom. 6, 3-11; Col. 2, 12. 20; 3, 3), y seguidamente una resurrección o nacimiento a nueva vida (Rom. 6, 4; II Cor. 3, 18; Col. 3, 3), con la participación de la santidad e incorruptibilidad divinas (Rom. 6, 2-14; Col. 3, 9 s.). Es la muerte al pecado, a la concupiscencia (Rom. 6, 6; cf. Ef. 4, 22 ss.; Col. 3, 9) y de un modo particular a la Ley mosaica (Rom. 7, 6; Gál. 2, 19).

Desde el punto de vista positivo se da la filiación adoptiva y la vida en el Espíritu (Gál. 4, 5 s.; Rom. 5, 5; II Cor. 3, 3). Fue tal el influjo ejercido por la necesidad del bautismo, que pronto se determinaron en la antigüedad los puntos que no se especifican en la Biblia (bautismo por infusión, de los niños, de los herejes, etc.); por lo que nos es dado afirmar que la doctrina sobre el bautismo es la parte de la Teología que primero se fijó y con mayor exactitud y competencia. I Cor. 15, 29 se traduce en este sentido: «De otra suerte (si los muertos no resucitan) ¿qué sacarán los que fueron bautizados? ¿Para los muertos? (es decir: ¿son bautizados para ser contados entre los muertos que no han de resucitar?) Y si los muertos no resucitan ¿para qué bautizarse? ¿Para quién? (¿para estar luego en el número de los que mueren para siempre?)».

Bibliografía

J. Coppens, Baptême, en DBs, I, col. 852-924. V. Iacono, La παλιγγενεσία in S. Paolo e nell’ambiente pagano, en Bíblica, 15 (1934), pp. 369-98. Id., II B. nella dottrina di S. Paolo, Roma 1935. F. J. Leenhardt, Le Baptême des enfants et la doctrine biblique du Baptême, París 1948. F. Spadafora, Temi d’esegesi (el bautismo del párvulo), Rovigo 1953, pp. 477-87. Id., Un passo difficile: I Cor. 15, 29, en Rivista Biblica, I (1953), 147 s.
D. Ayuso, Fuentes de la gracia. El bautismo, en JC (1943), 748.

Voces relacionadas

Internas

Externas