Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

ILDEFONSO (S.) DE TOLEDO

Recursos

Nació en Toledo hacia el 607, y después de haber sido monje y abad en el monasterio de los SS. Cosme y Damián, fue elegido obispo de su ciudad natal. A la infatigable labor pastoral uni«5 una intensa actividad literaria. Murió el 23 de enero del 667. Se distingue, sobre todo, por una ardiente y npasíónada devoción a María. Lope de Vega lo llamó: «El capellán de la Virgen.» Y esto mismo dicen también ciertas expresiones suyas que se leen en el Liber de Virginitate perpetua S. Maríae contra tres infideles (PL 96, 53110), obra seguramente auténtica, cuales son, por ejemplo: «Praedicem Te donee praedicanda es... laudem Te donee laudabilis es, servíam Tibi donee serviendum est gloriae tuae... diligam Te donee diligenda es» (6311). Osa hablar de Ella porque «fide provocor, amore impellor, admiratíone delector... j» (col. 138, 3-139, 16): «refertur ad Dominum quod servitur ancillae; sic redundat ad Filium quod impenditur Matri» (167, 10); «ut comprober servire Deo, dominio Matris eius super me in testimonium quaero (167, 12). «Quam prompte servus huius Dominae effici concupisco, quam fidell’ter servitutis huius iugo delector, quam plene famulare huius imperiis opto» (65, 13).

En dicho tratado se puede lógicamente distinguir un prólogo, tres partes y una conclusión. En el prOlogo, I. manifiesta su intención y los motivos que le impulsaron a componerlo. En la primera parte confuta tres herejías (la de Joviniano, la de Elpidio y la de un judio que, además de negar la virginidad de María, negaba también su maternidad divina) y expone, al mismo tiempo, la verdadera doctrina sobre la virginidad de María (cc. I y III). En la segunda parte desarrolla una especie de «Tratado de Cristologia» en el que prueba, con textos cscrituristicos, la divinidad y la mestanidad de Cristo (cc. IV-IX). En la tercera parte hay una especie de aTratado de MariologíaB di» vidido en dos puntos fundamentales: 1) el estudio de la maternidad original y de la; grandezas que de ella se derivan; 2) e «culto» debido a María Reina del universo concretado en la oservidumbre mariana» fundada sobre el dominio universal que tiene María por dos títulos: a) por se «Madre de Dios»: «Servire Filio tuo e Tibi... illi sicut Deo, tibi sicut Matri Dei' (163, 4); b) como cooperadora a nuestr; Redención: cilli sicut Redemptori meo, tib sicut operi Redemptíonis mcaen (163, 8).

I. e verdaderamente «el Doctor de la Realeza d María y de la esclavitud mariana». Bajo est aspecto supera a todos los Padres que 1 han precedido, tanto orientales como occi dentales. «La critica de todos los matices está d acuerdo en reconocer que el libro De Virg. nitate es el punto de arranque de la teok gia mariana en España y aun en ciertos a: pectos de la de otros países» (Madoz, J S. J., S. /. de T.. en «Est. Ecl.», 26 [195: p. 498, nota 92). Este juicio no nos parec exagerado. Es el escrito laúno más exten; y más denso que se conoce dedicado exch sivamente a María. La influencia de S. T. en los escriton que lo han seguido. particularmente ( Agustín Bartolomd de los Rfos (Cf. Gutie rrez, S., O. E. S. A., La Esclavitud mariana en sus fundamentos teológicos, Madrid 1945, p. 347) y en S. Luis M. Grignion de Montfort (Tratado de la verdadera devoción a María Santísima) es notable. En 951, Gotescalco, obispo de Puy, envid al presbitero Gdmez a España para que adquiriera un ejemplar de la obra de I.; más tarde Her mann de Tournai y otros hacían averiguaciones sobre dicho texto, etc. (Cf. Barrd, H., en cMaríanum», 21 [1959] p. 407).

Parece ser auténtico el De cognitíone bap tismi (PL 96, llla-172c: habla de María en los cc. 40-44, col. 129c-131b): v. LaurentinTable, p. 140. Hay que tener tambiln presentes las piezas litiirgicas del santo (en la mása mozdrabe de la Asunción y en las oraciones marianas del Oracional visigdtico) olvidadas por Cascante (v. bibl.). Es evidente la dependencia de I. de T. de S. Isi dore de Sevilla († 636). No son auténticas las 13 homilías que le atribuye Migne (PL 96, 239a-284c). Según el P. Barré, parece que todas ellas, a exceptíon de las homi lfas 7, 8 y 13, deben situarse entre el s. ix y el xi («Bul I. Soc. Fran?. Et. Mar.», 7 [1949] pp. 74-75). La homilía 13, considerada por algunos como auténtica, no sería otra cosa, en opi nion de Barré, que un «centón de centones» (1. c., p. 406; v. también «Rev. Bénéd.», 1957, pp. 10-29). No es tampoco auténtico el Li bell us de Corona Virginia (PL 96, 285a-318c), perteneciente a un autor desconocido, probablemente del s. xu (v. Laurentin-Table, p. 142). BIBL.: Blanco GarcTa, K.. San T. De Virglnitate Deatae Maríae. Historta de su tradición mannscrita: texto y comentario grant at icnl y ext’lixtico. Madrid 1937; III ed.. Zaragoza 1954; Em men». A., O. F. M..

S. tidevhonsus et I non ant lata Concevtío. en nEstodios Frandscañoa». 51 (1954) np- 304-399; Cascantf. J. M.. Doetrina Mariana de S. I. de T., Casulleras. Barcelona 1958. 355 pp. sólo de la culpa original, sino tambiln de toda culpa actual se vio María inmune durante toda su vida terrestre. La Virgen no sólo no peed nunca en realidad, sino que ni siquiera podría haber pecado, porque —según se expresan los tetilogos— estuvo «confirmada en graciao. Asentaremos, pues. dos cosas: el hecho dogm&tico de tal L y la naturaleza del mismo.

1. El hecho dogmdtico de la i. de María. 1) Los primeros en negar la inmunióad de toda mancha de pecado actual de María fueron algunos judfos y paganos de la segunda mitad del s. ii, quienes para desacreditar a Cristo echaron el fango sobre la madre presentdndola como una mujer de mala vida (Cf. Tertuliano, De spectaculis, c. XXX, PL 1, 662a; Orfgenes, Contra Celsum, I, 28-38, PG 11, 713a-739a), etc. Incluso Tertuliano (Adv. Marcionem, L. IV, c. 19, PL 2, 204B ss.) y Orfgenes (Cf. Vagaggini, La mariología d'Origane, pp. 15, 39-57), no obstante haber reaccionado vigorosamente, admitieron en María cierta dehciencia, una especie de fluctnación en la fe. Orfgenes vio en la cespada de dolor» predicha por Simeón (Lc. 2, 34-35) la cespada de la infidell’dad», a el puflal de la duda» al asístir a la pasíón y a la muerte del Hijo. Esta exégesis origenista fue, más o menos, seguida por S. Cirilo de Alejandría (In Joan., L. XII, PG 74, 661b ss.), por S. Basilio (Ep.. 260, nn. 6-9, PG 32, 964b), por Anfiloquio de Iconio (Quaestíones Vet. et Novi Test., ed. Souter, en el CSEL, pp. 130 ss.), por el Ambrosiastro (Homil. 2, PG 39, 44C ss.). S.

Juan Crisestomo en sus escritos oratorios atribuye a María defect os de fe, de vanagloria, etc. (In Joan., Homil. 21, nn. 1-3, PG 59, 129-134; Homil. 22, nn. 1-2, ibid., 133-134; In Mi., Homil. 44, nn. 1-2, PG 57, 463-466; Homil. 27, n. 3, ibid., 347). También S. Hilario (In Psalm., Ps. 118, Gimel, n. 12, PL 9, 522b ss.) y S. Zenón de Verona (Lib. I, tract. XIII, n. 10, PL 11, 352A ss.) admitieron en la Virgen algunas imperfecciones. Estas presuntas deficiencias morales, sacadas a relucir por los sobredichos Padres y doctores, fueron recalcadas por los protestantes del s. XVi (Lutero, Calvino, Centuriadores de Magdeburgo) y por sus sucesores.

2. Pruebas. 1) El Magisterio Eclesids tico. Es de fe. Tal es, en efecto, el sentir de la Iglesia, según lo afirma el Concilio de Trento en el can. 23 de la sesión VI: aSi alguno dijere que el hombre una vez justificado puede durante toda su vida evitar todos los pecados, incluso veniales, sin un especial privilegio de Dios, como respecto de la B. V. siente la Iglesia, sea anatema.» De la historia de la formulación del referido cañon (Cf. De Aldama, v. bibl.) se de duce que la inmunióad de María es adoctrina sostenida por la Iglesia, la cual es infalible, y que la definición tridentina recae igualmente sobre la tley general» de lacomisibn del pecado actual y sobre la aexcepción» respecto de María, en virtud de un aespecial privilegio». Siguese, pues, de ahf que es «de fe» tanto la «ley general» como la eexcepción» a la misma, puesto que ala excepción» es adeclaraloria» de la «ley mo ral».

También la Bula alneffabilis Deusn de Pío IX declara que María eestuvo siempre libre de toda clase de pecado, y fue erigióarigióanteramente bella y perfecta» (Cf. Denzinger, 1073). 2) La Sagrada Escritura.

Tal doctrina está implícitamente contenida en el Gén. 3, 15 (enemistad absoluta y perpctua entre María y el demonio) y en Lc. t, 28 («plenitud de gracias, sin lt'mite alguno de tiempo). 3) La tradición:

a) Primera etapa (del s. i al v). Según hemos ya notado, hay en ella quienes admiten algunas debilidades en la Virgen, si bien no faltan asertores vigorosos de su inmunióad de toda sombra de culpa, como S. Atanasío (Cf. Lefort, L. Th„ en Le Museon, 42 [1923] pp. 197-275), S. Ambrosio (Cf. De institucióne virginis, PL 16, 305-334), S. Agustín (De natura et gracia, c. 36, n. 42, PL 44, 267; CSEL 60, 263-264), etc.

b) Segunda etapa (del s. v al xhi). La postura de Origenes comienza a verse mitigatla en el s. v, o sea, que de la duda-pecado se pasa a la duda-tentación, y al fin se abandona enteramente la falsa interpretación de la iluda, al par que aumenta el número de asertores de la inmunióad de cualquier sombra de culpa en María, como el ps.-Gregorio Tamnaturgo (Homil. 1 in Ann. Virg. Mar., I»«; 10, 1148-49), el ps.-Epifanio (Ilomil. V, PG 43, 488-496), S. Leóncio de Bizancio it T. DthC, Leónce de Dyzance, col. 421), S Nofronio (Or. II in Deip., 18-19, PG 87, 3237-40), S. Andrés de Creta (In nativ. Deip., II, PG 97, 832), Pascasío Radberto (Dc partu Virginis, L. I, PG 120, 1371 ss.), etcltera. Por tanto, no dice nada verdadero el modernista G. Herzog cuándo escribe que la doctrina tradiciónal de la Iglesia en los 12 primeros siglos dejaba a la Virgen en el pecado (La Sainte Vierge dans Hus toírc, París 1908, pp. 52, 72, 84).

c) Tercera etapa (desde el s. xiii hastanuestros días). Mis que sobre el «hecho» ahora ya corniinmente admitido, se comien za a indagar el principio inmedíato, es decir, la causa y la naturaleza de la inmunióad de María de toda clase de culpa. Abren el camino principalmente Santo Tomás (S. Tfi., I, q. 103, a. 2) y S. Buenaventura (In II Sent., dist. 3, p. 1, a. 3, Op. 3, 77 ss.).

d) Santo Tomás reduce a tres las razones de conveniencia que recomiendan la inmunióad en María. La divina Providencia —según el santo doctor— debía asístir a María de un modo particularisimo y no dejarla caer en ninguna culpa: 1) porque era Madre de Dios: En efecto, Ella no habría sido en manera alguna Madre de Dios si hubiese cometido algtin pecado, pues tanto la gloria como la ignominia de los padres se refleja naturalmente en los hijos; 2) por hallarse íntimamente ligada con J. C, que es carne de su carne; y, segbn escribe S. Pablo en la II a los Corintíos, iqué allánza puede haber entre Cristo y Belial?; 3) porque fue la morada de la divina Sabi durla: Cristo es, en efecto, la Sabiduria increada. Y en el c. I del libro de la Sabiduria se dice claramente que la Sabiduria no entrard jamás en sun alma mallvola, ni habitard en un cuerpo sometido al pecado». «Todas estas razones — concluye Santo Tomás— nos inducen a admitir necesariamente que la Santísima Virgen no cometib nunca pecado alguno actual, ni mortal ni ve nial. En Ella se realiza plenamente lo que se dice en el Cantar de los Cantares (4, 7): Eres toda bella, amiga mia, y en ti no ha» mancha alguna.» II.

Naturaleza de la i. de María. No cs tdn de acuerdo los teblogos acerca de U naturaleza de esta confirmación en gracia Pero sus divergences son más verbales qui reales, o sea, que atanen más a las palabras y al modo de expresarse que a los conceptos. Advidrtase ante todo que María no queddprivada de la libertad por el hecho de haber sido dotada de la i. y con fir mad a en gracia. Si hubiera estado privada de ella, no habría podido merecer. Pero si que merecid, y sus méritos fueron singularmente excclentes.

Por consiguiente, también a Ella se puede e incluso se debe tributar el elogio de los libros sagrados: aPudo (absolutamente hablando) quebrantar la ley, más no lo hizo», porque para Ella era moralmente imposible quebrantarla. iCdmo, pues, fue erigióarigióaonfirmada en gracia y, por tanto, convertida en impecable? iAcaso únicamente en virtud de la gracia santificante y del don sobrenatural de la integridad, o sea, por la exención del fomes de la concupiscencia? Ciertamente que no, pues de esa gracia santificante también estaban dotados los ángeles; incluso nuestros primeros padres estaban dotados de esa gracia y del don preternatural de la integridad.

No obstante eso, así los ángeles como nuestros primeros padres pudieron hacerse infieles a Dios, y efectivamente se hicieron, por que siguieron un juicio prictico errdneo acerca de la naturaleza del Sumo Bien. ¿Seria acaso eonfirmada en gracia a la manera como lo son los bienaventurados en el cielo? Porque la visión beatffica, esto es, la visión de Dios sin velos, excluye la posibilidad de tomar por ultimo fin cualquier bien que no sea Dios. Pero tampoco de ahf pudo venirle la impecabilidad. Si, es moralmente cierto que María disfrutd de la visión beatffica (v. Ciencid) en alguna circunstancia de su vida, y especialmente en el primer instante, pero eso no fue de un modo estable y permanente, sino tránsitorio, en tanto que su impecabilidad fue per manente y duró toda la vida. No pudo, pues, provenirle de la visión beatffica. Entonces, «,sería tal vez eonfirmada en gracia, como tantos otros santos, y especialmente los apóstoles, en el día de Pentecostés? Tampoco esto es admisible, pues en los santos confirmados en gracia permanece siempre el fomes de la concupiscencia, in cluso después de su confirmación.

Es cierto que nunca llegaron a incurrir en caídas graves, porque su voluntad se firmd profundamente en la rectitud, ni siquiera en culpas leves dell’beradas; pero les quedd el campo abierto para muchas imperfecciones y (oP°r qud no decirlo?) a negligencias venialmente culpables. Así, pues, £de qud modo fue la Virgen Santísima eonfirmada y de ddnde le vino la impecabilidad? Estuvo asístida de Dios con tantos y tan poderosos auxilios que, por msls que absolutamente hablando hubiese podido pecar, era moralmente imposible que pecase. Una continua asístencia divina la preservaba de todo juicio prdetico errdneo. Tres eran las causas que principalmente concurrian a hacerle moralmente imposible todo pecado, así mortal como venial, incluso el semidell’berado. La primera era la especial providencia de Dios que velaba para mantener lejos de Ella las ocasíones. La segunda consiste en la plenitud de gracia y de auxilios con que Dios la favorecia y en virtud de lo cual su voluntad se vela prevenida y excitada a adherirse indefectiblemente al bien y a la virtud, si bien siempre con entera libertad.

La tercera, en fin, consistfa en la exención del fomes de la concupiscencia, cuyo resultado era que las pasíónes nunca se anticipaban a la razón. BIBL.: Aldama. I. A. df. S. J., El valor doxmdt’co de la doctrina sobre la human dad de pecado venial en Nuestra Señora, en nArchiv. Theol. Granadinoa. 9 (1946) pp. 52»67; SouniGOu. L.. Vabsence de lotile fautc en Marie et le don d'inteerity, en «La Sainted de la Mfere de Dicu», París. Teque. 1951. pp. él»64: JnuASSARD. G., Le probithne de la sainte(6 de Marie chez les Pires. en «Bull. Soc. T-ranc» Et. Mar.v. ft. 1947, pp. 13»31; Bonako, S., C. M. I., Mary's Immunity from Actual Sin, en Carol. Mariology. Milwaukee 1855-1957. I. pp. 395-410; Minon. A.. Impeccability et liberty de Marie, en a R.ev. Eccl. de l.ifegea, 40 (1953) pp. 356-361.

Voces relacionadas

Internas