Diccionario de Teología Moral

Carlo Riz (Riz.)

SUICIDIO

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1. Naturaleza El s. es la occisión directa de sí mismo. Con la palabra directa distinguimos el s. de la occisión indirecta de sí mismo. Existe la occisión directa cuando el hombre realiza el acto con la intención de causarse la muerte o elige como medio para alcanzar cualquier fin un acto que de suyo e independientemente de los elementos accidentales causa la muerte. Si la propia muerte se sigue no del solo acto escogido y empleado por el agente como medio, sino de una coincidencia con otros elementos no querida ni causada por el agente, entonces tenemos una occisión indirecta, la cual propiamente no se llama s. (v. Homicidio ).

2. Moralidad El verdadero s. (directo) por el contrario, querido y consciente, es un acto intrínsecamente malo. Por esta razón no es nunca lícito. Ninguna razón puede justificar el s.; ningún bien a obtener, ningún mal a evitar, sea propio o ajeno. No es lícito suicidarse ni para evitar el pecado, porque el pecado se puede evitar con sola la voluntad, ni para evitar dolores, sufrimientos o un trato cruel por parte de otros, porque la muerte es el mal mayor en el orden físico. No es lícito suicidarse para salvar el honor, porque continuar viviendo y soportar las consecuencias de los actos propios con valor, y, si hace falta, con arrepentimiento, no es deshonor ninguno. El s. por el contrario es una deshonra porque es desertar de la sociedad humana, en la cual Dios nos ha dado un puesto y en la cual quiere que cada uno permanezca para hacer su deber y para realizar el bien que le sea posible según sus fuerzas y circunstancias, mientras el mismo Dios no lo separe de la vida. Son pruebas de esta doctrina: a) la enseñanza de la Iglesia fundada en la Sda. Escritura y la Tradición; b) la enseñanza de la razón. Suicidarse no es otra cosa que destruirse a sí mismo.

El alma por ser inmortal permanece; pero el hombre, esto es, el ser compuesto de alma y cuerpo, cesa de existir. El s. es un acto, no del alma, sino del hombre. Es por lo tanto un acto por el cual el hombre pone fin a su propia existencia. Este acto es opuesto a la inclinación natural más fuerte de toda criatura, esto es, a la de su propia conservación. Esta inclinación indica lo que se debe hacer o evitar. El bien es lo que todos buscan por su naturaleza y su contrario es el mal, el cual para el hombre es el mal moral, el pecado. Por lo tanto, el s. es un pecado. Es un pecado mortal, porque se trata de una cosa de gran valor (la vida); más aún, es un pecado gravísimo y horrible, aunque sólo sea por el hecho de que el s. consumado no deja ya posibilidad ninguna de arrepentimiento; c) la conciencia moral común, que condena siempre el s. El s. es principalmente un pecado contra sí mismo.

Además es una injuria para con Dios, que es el único que tiene derecho a disponer de la vida del hombre. En tercer lugar es un daño injurioso ocasionado a la sociedad, de la cual todo hombre puede y debe ser siempre un miembro bueno y útil, realizando su deber de buen ciudadano.

Solamente la ignorancia o la necedad pueden exaltar un acto de s., como a veces lo hacen libros y periódicos. El acto de un hombre que hubiera podido servir ulteriormente a la sociedad y a la patria, pero que no ha tenido valor, ni fuerza, ni grandeza de ánimo para hacerlo en condiciones difíciles o dolorosas, no merece alabanza ni exaltación ninguna. No se niega con esto que en muchos casos pueden existir causas que disminuyan o quiten la imputabilidad.

3. Derecho penal En el derecho canónico el s. es un delito. Los que hayan intentado el s. son irregulares (can. 985, n. 5) y deben ser castigados con otras penas (canon 2350, § 2). El Código penal español, en su art. 409, determina la pena de prisión mayor para el que prestare auxilio o induzca a otro para que se suicide, y la reclusión menor, si se lo prestare hasta el punto de ejecutar él mismo la muerte, pero no impone sanción ninguna al suicida, ni aun en el caso de que no lograra su propósito.

4. No todo s. es patológico Algunos defienden que el s. es un accidente patológico, sintomático de enajenación mental. La hipótesis se basa en la consideración de que la vida es un bien tan amable que se ha de juzgar enfermo mental a quien voluntariamente renuncia a ella. En efecto, el instinto de conservación es el que tiene más profundas y tenaces raíces en la esencia de nuestra vida; él es común a todos los animales, pero el conocimiento de la muerte lo hace en el hombre más consciente y precioso. Existe, sin embargo, el hecho de que hay individuos que por razones económicas, filosóficas o afectivas, etc., juzgan en un punto determinado de su existencia —en perfecta lucidez mental— que no vale la pena de vivir, y acallando el instinto de conservación realizan, a conciencia, el gesto suicida. Estos casos son menos frecuentes que los casos de s. patológico; sin embargo, existen y justifican las disposiciones eclesiásticas que niegan la sepultura religiosa a quien se mata en estado de pleno equilibrio psíquico.

Yerra, por lo tanto, el que por principio invoca para un suicida el presupuesto de enfermedad mental con el fin de eludir la ley de la Iglesia; y yerra igualmente el médico que por complacencia o por indulgente compasión quiere sostener la tesis de que todo suicida es un irresponsable, con el fin de frustrar las disposiciones eclesiásticas. El problema está en donde comienza el carácter morboso del s. Podemos responder que en general se hablará de s. patológico cuando su motivo aparezca a los ojos de todos inadecuado o cuando el gesto suicida haya sido precedido de perturbaciones mentales. Antes de examinar los suicidios patológicos trataremos de pasar revista a las causas, daños y profilaxia de otros casos de s. Indudablemente ciertas causas climático-meteorológicas pueden favorecer el s., si bien en menor grado que las causas psicológicas, religiosas y sociales. No se explicaría de otra manera el dato estadístico según el cual en el cuatrimestre abril-julio el número de suicidas es el 40 % superior al de cada uno de los demás cuatrimestres: en los meses de primavera y de verano los suicidios son mucho más frecuentes que en otoño y en invierno.

Sabemos además que las horas diurnas antemeridianas son las más favorables al s.; este último se verifica preferentemente en la segunda y cuarta fase lunar; que es más frecuente en los países septentrionales, sobre todo en Escandinavia. Los hombres son más inclinados al s. que las mujeres (en una relación que en un tiempo fue de cuatro a uno, mientras que ahora es de tres a dos, evidentemente por efecto de la creciente participación de la mujer en la actividad laboral y social, que va masculinizando sus hábitos y su mentalidad y por el moderno sistema de vida); esto depende también de que el hombre tolera menos el dolor y de su menor fe religiosa. Es cierto que la falta de fe es una de las principales causas predisponentes al s. Considerando las diversas religiones las estadísticas dan (para 100.000 personas) unos diez suicidios en los países protestantes, unos seis en los católicos y poco menos de cinco entre los hebreos. Estas cifras confirman entre otras cosas la opinión de que el s. no es siempre ni solamente efecto de la locura; de otra manera los hebreos que en relación con las demás razas dan un elevado número de psicopáticos, no daría un porcentaje tan bajo de suicidios.

Existen además condiciones políticas, económicas y sociales especiales que influyen en el número de los suicidios. Las guerras y las pestes o epidemias los reducen, tal vez porque hacen aumentar el espíritu de conservación y porque distraen a la gente de sus problemas habituales. En cambio, las perturbaciones económicas repentinas con sus graves ruinas financieras favorecen las muertes por s. La civilización moderna en general es directamente proporcional al s. que en efecto es más frecuente en las ciudades y en los centros industriales que en los distritos rurales. Y es que la civilización no divulga sólo el progreso, sino también las angustias, los deseos inalcanzables, las intoxicaciones, la indiferencia religiosa, el hastío de la vida: factores todos que favorecen el s. La cultura y la instrucción no contribuyen gran cosa a combatir el s., más aún, favorecen involuntariamente su difusión merced al espíritu de imitación, sugerido poderosamente por las crónicas de los periódicos, por las novelas, por las representaciones teatrales o cinematográficas, etc. Las causas más importantes que predisponen al s. se hallan sin embargo en el ánimo del mismo individuo.

Se trata de causas espirituales derivadas de una sensibilidad particular que no es la locura, pero se resiente un poco de ella: a) de una resistencia neuropsíquica aminorada frente al excesivo consumo energético impuesto por la vida social moderna, por las profesiones fatigosas, o por las graves responsabilidades (resistencia aminorada que ulteriormente es debilitada por la sífilis, el alcoholismo y otros factores tóxico-infecciosos); b) por una impresionabilidad acrecentada, exaltada por el trabajo intelectual orgulloso, y que favorece las ansias, las preocupaciones, los desasosiegos. A esto se ha de añadir la falta de ideales, de metas, de deseos, porque cuando el hombre no tiene ya ningún objetivo a la vista ni advierte en sí el benéfico impulso de imperativos, deberes, misiones a realizar, entonces la vida deja de sonreírle, el porvenir se le vuelve gris y opaco y la idea del s. va abriéndose paso en su espíritu desalentado y cansado.

Que un conjunto de causas espirituales constituye tal vez la mayor predisposición al s. parece poderse deducir de la noción —nada peregrina— de que los individuos escapados a la muerte por s. revelan, habitualmente, un apego tenacísimo y persistente a la vida, en contraste abierto con su precedente actitud. Esto es tanto más de admirar cuanto que muchos quedan ciegos, paralíticos o de alguna manera físicamente reducidos.

Ahora bien, el hecho de que cuando estaban en plena eficiencia física trataron de renunciar a la existencia a la cual se muestran por el contrario apegadísimos después de su intento de s. que arruinó para siempre su salud da nueva fuerza a la sospecha de que la herida cerebral (en caso de tiro en la cabeza) o cerebrolesión (muy probable en caso de ahorcamiento, asfixia, ahogamiento en agua y semejantes), o de cualquier modo el grave shock traumático modifican algo en los procesos psíquicos del sujeto y que por lo mismo, en último análisis, en estos procesos existe una de las razones del gesto suicida. Los motivos del s. no patológico son muy dispares.

Los casos más frecuentes son los de empobrecimiento (por desastres financieros, pérdidas en el juego, etc.), desengaños amorosos, pérdida de personas queridas (ancianos cónyuges), nostalgia, etc.

5. S. de niños Infinitamente triste y digno de atento y amoroso estudio es el s. de niños y adolescentes, en aumento espantoso, cuyas causas son a menudo distintas de las que mueven a los adultos a suprimirse. Parece que un niño no debiera ni pudiera suicidarse, ya que le faltan aquellos incentivos al s. que son las pasiones, las ruinas económicas, el tedio de la vida y los incentivos de doctrinas filosóficas malsanas que son los que con más frecuencia constituyen los motivos por que se matan las personas adultas. Sin embargo, son muchas las vidas jóvenes que se abaten, agobiadas por el dolor, por efecto de una precoz y excesiva sensibilidad derivada en parte de taras hereditarias, en parte de tristes o falsas condiciones ambientales.

Entre las causas que más frecuentemente pueden arrastrar al niño al s. se han de mencionar el miedo a castigos crueles o humillantes, los castigos excesivos, dados por maestros demasiado rigurosos e injustos o, lo que es peor todavía, por padres enfermos o degenerados, los maltratos continuos físicos y morales (humillaciones, burlas, etc.), las enfermedades y los dolores físicos, los disgustos familiares habituales y —sobre todo en los adolescentes— una pasión amorosa desdeñada, desilusionada o burlada. Gravísimo error —que en definitiva puede contribuir al s. de los niños— es aquel en que caen muchos padres y maestros que creen que las tristezas infantiles son infinitamente pequeñas o insignificantes respecto de nuestros dolores. Esto puede ser cierto en un sentido absoluto, pero debemos admitir también que si las pasiones y los sufrimientos de los niños son más pequeños que los de los adultos, también su corazón es más pequeño y más tierno y sensible que el nuestro.

Considérese además que a causa de una educación equivocada o de un ambiente impropio pueden surgir y estabilizarse situaciones de injusticia y de sufrimientos realmente graves a los cuales es muy difícil que el niño pueda sustraerse. Se ha de tener presente también que por la urgencia de las necesidades económicas nuestro vivir apresurado y febril acelera el curso normal de la existencia, por lo cual nosotros nos hacemos viejos antes de tiempo y los niños se hacen hombres antes de que les corresponda. Este prematuro ingreso del niño en la vida hace que se entregue demasiado pronto a los estudios, que abandone demasiado pronto su adorable ingenuidad participando en la irritada existencia de los adultos y sufra el contagio de emociones superiores a su edad: de aquí pueden nacer fácilmente desequilibrios que culminen en dramas irreparables. Recuérdese, finalmente, que la humanidad, como consecuencia de múltiples taras hereditarias y —todavía más— por causa de este conjunto de insidias, perturbaciones y usuras que acompañan a la civilización moderna (v.), es cada vez más presa de las más diversas y agudas neurosis.

Es, pues, fatal que nazcan niños cada vez más impresionables, hipersensibles, neuropáticos: lo cual constituye un terreno morboso particularmente propicio al desarrollo de ideas y tendencias suicidas.

6. Profilaxis del s. Frente a la difusión de los suicidios se impone una activa acción que trate de obstaculizar la difusión de esta grave calamidad material y moral. Esta acción consiste casi exclusivamente en una acertada, tenaz y extensa profilaxis. En casi todos los países civilizados se han abandonado las antiguas disposiciones legales que tratando de castigar al suicida en definitiva a quien castigaban acaso era a la familia del muerto.

Hoy por el contrario, y cada vez más en el futuro, se trata de atacar profilácticamente el s., removiendo todas las causas mortales, sociales y financieras que facilitan esta desastrosa tendencia, evitando toda presentación exhibicionista que tan triste fascinación ejerce sobre muchos espíritus débiles: lucha contra la prensa que se pierde en detalladas descripciones del s. y que indirectamente difunde su imitación; lucha igualmente contra aquellas novelas y aquellos espectáculos que ponen en escena el s., favoreciendo su contagio; vigilancia sobre lugares que por triste costumbre son escogidos por los suicidas, ya que ejercen una fascinación malsana que puede inducir a un gesto análogo a otros individuos débiles o vacilantes, y tomar las medidas convenientes que impidan la repetición de este acto en aquellos lugares determinados.

Incrementar y profundizar el sentimiento religioso: bálsamo espiritual inefable que aparta al hombre del s. no sólo a la vista de las penas eternas a las que se condena quien conscientemente atenta contra su propia vida (la cual no pertenece al individuo, sino a Dios), sino también porque suaviza los dolores, infunde esperanza y resignación y fortifica por lo tanto al hombre contra toda adversidad. Intensificar la asistencia moral y económica a los pobres, a las mujeres seducidas, a los huérfanos indigentes, valorizar el matrimonio y la familia, combatir todas las intoxicaciones voluptuarias; incrementar la sobriedad, la morigeración en las costumbres, el trabajo; favorecer los ejercicios deportivos sanos, fuente de salud y de optimismo. Difundir, finalmente, los consultorios de profilaxis e higiene mental: instituciones ventajosísimas que estudian no sólo a los niños neuropsicopáticos, sino que examinan a fondo el ambiente en que viven, proporcionan remedios contra las enfermedades, incrementan la higiene material y espiritual de los núcleos familiares, y cooperan por lo tanto con eficacia reconocida a la santa cruzada antisuicida.

7. El s. en psiquiatría Si el s. no es excepcional en las personas, al menos en apariencia, sanas de mente y sólo levemente anormales, se observa con cierta frecuencia en los individuos psicósicos y psicopáticos. En éstos el s. (verdadera y propiamente patológico) puede presentarse con una de las siguientes modalidades: a) s. involuntario. Se trata no tanto de un s. cuanto de un accidente involuntario ocurrido a frenasténicos o a dementes; hay quien se envenena queriendo beber un licor; quien cae en el agua y se ahoga al tratar de evitar una visión alucinatoria, terrorífica, etc.; b) s. por obediencia. Lo realiza el que sufriendo alucinaciones auditivas oye voces que le obligan a suicidarse; c) s. liberador. Es la variedad más importante y frecuente que comprende ante todo el s. del melancólico, puesto en obra, porque el sujeto se siente demasiado desgraciado o se cree indigno de vivir. Este s. determinado por una elaborada y lógica convicción, madurado después de largas reflexiones de una inteligencia lúcida, exasperada por el dolor o por el remordimiento, va preparándose con toda cautela, y el enfermo recurre a los más curiosos expedientes para realizar su proyecto.

El s. del neurasténico hipocondriaco, de algunos psicasténicos y de muchos ansioso-obsesivos, se acerca mucho a esta misma modalidad. En algunos melancólicos el s. no es preparado, sino que se efectúa de improviso, bajo el impulso irrefrenable de un raptus (v. Melancolía ). Muchos alucinados (en delirio febril, en la amencia, en el delirium tremens , etc.) se matan para escapar a alucinaciones terroríficas. Algún enfermo de obsesión se mata en una crisis ansiosa más intensa, lo cual puede ocurrir también cuando el enfermo está angustiado por el temor obsesivo del s.: suceso que se asemeja al de algunos combatientes psiconeuróticos que, angustiados por la preocupación de un próximo peligro mortal (por la inminencia de un asalto, etc.), se sustraen a él, matándose; d) s. de los desequilibrados. Se trata de pequeños melancólicos aburridos de la vida sin motivo, o agobiados por la nostalgia del hogar lejano o (especialmente en los jóvenes) impresionados por una inmerecida reprensión.

Se trata también de histeroides que ponen en escena suicidios teatrales sin conducirlos casi nunca a término; o de fatuos vanidosos que pretenden impresionar a la gente excogitando extravagantes formas de suicidio; e) s. de los dementes. Esta variedad de s. se caracteriza por el hecho de que encierra en sí los elementos de la demencia: falta de coordinación, incoherencia, absurdo, utilidad, falta de motivos; f) s. colectivo. Cuando se trata de desastres familiares el autor es generalmente un melancólico cuyo delirio de ruina induce a la supresión de las personas queridas para librarlas del desastre irreparable. En el caso en cambio de parejas suicidas se trata generalmente de enamorados psicopáticos, que buscan en la muerte aquella paz y unión que la sociedad parecía negarles; cuando no se trata de un homicidio seguido de s., como en el caso de los celos patológicos que inducen al enfermo a matar a la persona amada para seguirla después inmediatamente a la tumba; g) s. indirecto.

Sucede cuando el sujeto (generalmente un melancólico deseoso de suprimirse) se abstiene —por falta de valor o por sus principios religiosos— de realizar él mismo el gesto fatal y busca la muerte exponiéndose a un peligro mortal (p. ej., arrojándose a lo más peligroso del combate), o en los países en que existe la pena de muerte realizando un delito con la esperanza de que la justicia lo castigue matándolo.

8. Otros aspectos éticos de esta cuestión El testamento, redactado por el suicida poco tiempo antes de su gesto fatal, da lugar a menudo a discusiones y pleitos judiciales, argumentando unos que se ha de impugnar siempre su validez, porque el suicida se ha de juzgar siempre enfermo mental, mientras que otros —con mayor razón— niegan esta apriorística generalización. Efectivamente, un juicio sobre la validez del testamento podrá darse sólo caso por caso, después de un examen cuidadoso de los precedentes y circunstancias del s., así como de la forma y contenido del documento en discusión. Cuando el s. haya sido inducido por fines especulativos (p. ej., a fin de que los herederos obtengan el pago de un fuerte seguro de vida) a la culpa del gesto suicida se añade el del fraude, aunque el deseo de aliviar a su familia en la miseria pueda sugerir alguna atenuante a la condena moral del acto. También el s. del que se encuentra afectado por una enfermedad gravísima e inexorable es gravemente pecaminoso, a no ser en el caso de que el conocimiento inesperado de la enfermedad arranque el sentido al enfermo.

Si en todos los casos hasta ahora considerados el juicio moral es relativamente fácil y sencillo no puede decirse lo mismo cuando se va conscientemente a una muerte segura, movido por un impulso generoso o un propósito meditado, pero siempre con fin altruista. No es un s. sino acto heroico el del guardavías que se lanza a las ruedas de un tren para salvar a un niño que está jugando entre las vías, ignorante de su peligro, y que es arrastrado por la locomotora. En cambio, es s. el acto del comandante de una nave a punto de naufragar que, después de poner en salvo a sus hombres, queda en el puente de mando para salvar el llamado honor de su bandera. Acerca del patriota aprisionado que se mata temiendo hacerse delator involuntario de sus compañeros bajo los tormentos de la tortura de sus despiadados adversarios, v. Sacrificio de la vida . Riz.

Bibliografía

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