Diccionario de Teología Moral

Igino Tarocchi, O.F.M. (Tar.)

MISIONES

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1. Noción y especies. - Misión (del lat. missio = envío, mandar), en su significado más general, se aplica a cualquier encargo o poder dado a alguno para verificar una cosa confiada a él, como, p. ej., enviar embajadores, enviados, representantes para verificar alguna función determinada. En sentido más estricto se dice misión lo que concierne a la religión, principalmente la predicación del Evangelio. En sentido canónico por misión se entiende el ministerio de la predicación concedido por el Superior legítimo eclesiástico (can. 1328) para la difusión del Sto. Evangelio, según el mandato del Divino Maestro: E un te y* docete (Marc., 15, 16; Mat., 28, 19-20). Las m., por lo tanto, pueden definirse: expediciones sagradas instituidas directamente bien para renovar el fervor cristiano y convertir a los pecadores, bien para la difusión de la fe católica entre los herejes o infieles. Así tenemos dos especies de m.: a) m. internas, llamadas también populares o m. sagradas (can. 1349, § 1); y m. extranjeras (cáns. 1349, § 1; «1350, § 2), cuyo fin esencial y principal consiste en la extensión del reino de Cristo en el mundo infiel y en aumentar el número de los fieles. Las m. internas, llamadas también ejercicios para el pueblo, son el ministerio extraordinario de uno o más predicadores enviados por la autoridad competente (cfr. cáns. 1328.

1337)r los cuales con un método particular imparten a una ciudad, parroquia o región la palabra de Dios mediante la exposición orgánica de las verdades de la fe para la conversión de los pecadores y la reforma de las costumbres y del culto.· Las m. extranjeras en cambio forman parte del ministerio eclesiástico que cuida de la introducción o consolidación de la fe católica entre los acatólicos. Por lo tanto, la actividad de las m. exteriores o extranjeras comienza con la predicación del Evangelio y progresivamente se extiende al ejercicio pleno del oficio sacerdotal y pastoral. La historia de las m. internas se remonta al s. XI, en tanto que las extranjeras debemos decir que se remontan al mismo Divino Maestro.

2. Fundamento dogmático. - El fundamento dogmático de las m. es el poder mismo concedido por Jesucristo a su Iglesia y el oficio magistral de la ensenanza. Este consiste en que la Iglesia, y ella sola, tiene el derechodeber de custodiar la doctrina de Jesucristo confiada a ella, difundirla y defenderla, predicarla y proponerla autoritativamente a todos los hombres, independientemente de cualquier poder humano, y que los hombres tienen el deber de acogerla, creerla y practicarla. Id por todo el mundo, ordeno el Divino Maestro, predicad el E van gelio a todas las criaturas. El que creyere y se bautizare será salvo, el que no creyere se condenará (Mat., 16. 15-16). Es deber de la Iglesia enseñar a todos; nadie tiene derecho a obstaculizar a la Iglesia en el cumplimiento de este deber suyo, impuesto por el mismo Jesucristo (cfr. L.

Billot, De Ecclesia C hristí, Roma, 1898; cáns. 1322-1323).

3. Competencia jurisdiccional. - Sólo la Iglesia docente, dirigida por el Sumo Pontífice (cfr. cáns. 1327-1328), puede organizar, regular y dirigir toda la obra misionera, sea para confiar autoritativamente el mandato de evangelizar (can. 1328), sea para delimitar o distribuir oportunamente los campos de trabajo. Para las m. internas, antes del Código de derecho canónico, no había prescripciones especiales ni comunes que obligaran a los párrocos y a los que tenían cura de almas; por derecho particular se prescribían en tiempos determinados. Hoy, según el can. 1349, se prescribe que,estas m. se tengan en todas las parroquias al menos cada 10 años; y la vigilancia sobre las mismas corresponde al Ordinario de lugar. La Sta. Iglesia ha concedido a las m. indulgencias particulares y facultades especiales a los predicadores de las mismas.

Para las m. extranjeras la Iglesia desde 1622, por obra de Gregorio XV, constituyó un Dicasterio particular llamado Congregación de Propaganda Fide (v.), al que más tarde Urbano V III añadió en 1624 un colegio donde fueran (y lo son todavía) admitidos jóvenes de diversas naciones con vocación misionera, que han de ser enviados a los infieles para llamarlos a la observancia de la ley de la naturaleza y de la gracia. Para comprender con cuánto cuidado la Iglesia asíste a las m. extranjeras basta leer las diversas encíclicas y las cartas, apostólicas de los últimos Sumos Pontífices, p. ej., Máximum illu d de Benedicto XV, de 30 noviembre 1919;

Romanorum P on tificu m de Pío X I, de 3 mayo 1922, y E van gelii prcecones de Pío X II, de 2 julio 1951. Las m. católicas hoy, aunque confiadas como campo de actividad sacerdotal y apostólica a diversos Institutos y órdenes religiosas, dependen jurisdiccionalmente de la Congregación de Propaganda Fide, que ejercita su gobierno por medio de Delegados, Vicarios y Prefectos apostólicos (v.) (cfr. cáns. 293-311).

4. Obra de las m. - La obra de las m. es el conjunto de acciones y de instituciones por el cual se consigue que, según los deseos de Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia, y por ella la Redención, sea más amplia y más intensamente difundida por el mundo y que los hombres conozcan, amen y sirvan a Dios. Es como un ejército movilizado para la guerra contra el reino del demonio en favor del reino de Dios para la salvación de las almas. El ejército está constituido por los misioneros y por todos sus auxiliares, que, abandonando a todos y todo, se consagran totalmente al apostolado de la conversión de los infieles,

5. Obligaciones morales. - Si el deber de la difusión del reino de Cristo grava particularmente a la Iglesia docente, no están sin embargo exentos de esta obligación los mismos fieles; éstos han de cooperar también a la conversión, a la evangelización del mundo. Ser cristianos equivale a estar, al menos moralmente, obligados a participar en la conversión del mundo. Esto se comprenderá fácilmente pensando: a) que Jesucristo nos ha dado la fe para que la participemos a nuestros hermanos;

b) que Jesucristo ha muerto por salvar a todos y que, por lo tanto, no podemos permanecer indiferentes frente a la eventualidad de que tantos hombres no se salven, porque no conocen a Jesucristo; c) que si amamos a N. S. Jesucristo, debemos desear y cooperar para que lo amen también los que aun no lo conocen; d) que si es deber de caridad ejercitar las obras de misericordia, es aún deber más grande ayudar a la evangelización, en cuanto el alma vale más que el cuerpo. No puede, por lo tanto, un fiel, sin pecar, hacerse extraño a la cooperación misionera. Los métodos de cooperación son múltiples y varios. Se puede ayudar a las m.: a) haciéndose misionero, si Dios le llama a uno. Las m. tienen necesidad de misioneros y de personas de toda condición para los muchísimos trabajos necesarios; y por lo tanto el que es llamado por la gracia a la vocación misionera debe corresponder generosamente a e lla; b) orando y ofreciendo sacrificios por las m. La redención de las almas es fruto del mayor y más heroico sacrificio, el de Jesucristo; y nada como el sacrificio coopera a extender a las almas esta redención (cfr. Mat., 9, 37; Ene.

Maximum illud de Benedicto XV, de 30 noviembre 1919); c) sosteniendo, incluso con medios materiales, las obras misioneras, manteniendo a los misioneros y sus obras, como son los orfanotrofios, seminarios, escuelas, etc.; d) suscribiéndose a alguna publicación misional y haciendo conocer a otros la acción misional con la inscripción de su nombre en las obras misioneras. Las obras de cooperación misionera son muchísimas;

se puede decir que todo Instituto y Orden religiosa que tiene personal en tierra de misiones tiene su obra que recoge la contribución espiritual y material de un grupo de fieles que quieren ayudar de esta manera y beneficiar a las m. dependientes de aquel instituto determinado. Pero entre todas las obras de cooperación misionera predominan las tres Obras Pontificias, llamadas e así porque la Iglesia misma las ha hecho propias. Éstas son: la Obra de la Propagación de la Fe, la Obra de la Santa Infancia, la Obra de San Pedro Apóstol para el clero indígena (cfr. Let. Apost. de Pío XI. 28 febrero 1926). Las ventajas son múltiples. Ayudar a las m. es ciertamente una de las mejores obras cristianas meritorias; en efecto, el fiel (además de las númerosas indulgencias concedidas por la Sta. Iglesia a esta obra) se procura a sí mismo las siguientes ventajas espirituales: a) un gran premio por su obra de caridad; b) la gracia de comprender y conservar mejor su propia fe; c) la participación en los méritos de los misioneros y de los nuevos fieles.

6. Tutela internacional. - Pennisi (en Studi Senesi, 1933, fase. 3-4) sostiene con otros autores la protección internacional de las m. por los siguientes m otivos: a) las m. exigen de la autoridad de un Estado su protección jurídica internacional; b) las m. exigen del principio de libertad de conciencia y de su obra civilizadora la protección jurídica internacional; c) las m. exigen de la personalidad internacional de la Iglesia la protección jurídica internacional. Tar.

Bibliografía

Bibliografía

D escam ps, Histoire générale comparée des.

missions, París. 1932;
C. V r o m a n t, Jus missionarium, Louvain, 1934;
S. P a v en t i, La Chiesa missionaria. Manuale di missionologia dottrinale, Roma, 1949;
P. de M o n d h e g a n e s, Manual de misionologia. Madrid, 1947.

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