Diccionario de Teología Moral

Pietro Palazzini (Pal.)

BELLEZA (Concursos de)

Recursos

1. Noción Los concursos de belleza son competiciones entre las aspirantes a ser clasificadas como las mujeres físicamente más hermosas de una ciudad, de una región, de una nación o del mundo. Son de origen anglosajón; pero su uso se encuentra hoy difundido en gran parte del mundo. El juicio lo da una comisión compuesta de hombres y mujeres que someten a las aspirantes a una serie de medidas humillantes y asisten con el público a un desfile en vestidos muy sucintos. El concurso de belleza pretende ser una rememoración del juicio mitológico de París ante las tres diosas. El asunto en sí, el lugar donde se desarrolla, el ambiente, los métodos que se emplean son ordinariamente de los más frívolos, y se llega a los desnudos más audaces con el pretexto de dar oportunidad a un juicio más exacto. El título dura generalmente un año. Hasta ahora los concursos de belleza se han limitado a las mujeres, pero no han faltado tentativas para extenderlos también a los hombres.

2. Juicio moral Los concursos de belleza tienen ante todo un falso fundamento, ya que para ser declarada una muchacha o una mujer la más hermosa de un lugar ( Miss Suiza , Miss París , p. ej., como se suele decir en los términos usados en estas competiciones), sería preciso que todas las muchachas o las mujeres de Suiza o de París concurrieran y fueran seleccionadas, mientras que en realidad es una mínima parte y no ciertamente la más favorecida la que responde a la convocatoria del concurso. ¿Con qué título podrá entonces coronarse la vencedora como el ejemplar mejor de la belleza física del lugar? El concurso de belleza sirve además para dar preferencia e importancia en la mujer a una cualidad que no es la principal: la belleza física es ciertamente don de Dios, pero por encima de las dotes físicas están todas las demás dotes intelectuales y morales que constituyen la personalidad de la mujer, su femineidad. Pero hay algo peor. «Es muy peligroso para la sociedad —dicen los Obispos de la Emilia en una notificación de septiembre de 1950— exponer a las jóvenes a perder su virginal pudor.

Y están en grave peligro de perderlo no sólo las que vienen a exhibirse vestidas de esta manera a los ojos del público, sino también todas las que asistiendo a estos espectáculos sufren una deformación en su conciencia cristiana y pierden la estima de una virtud tan preciosa en la vida de una mujer. Nada, ni siquiera el premio más valioso, puede compensar el daño inmenso de esta pérdida. Es también muy peligroso para la sociedad servirse de estas criaturas, a las cuales dió el Señor el don de la belleza, para excitar en millares de personas curiosidades morbosas, provocar comentarios picantes, excitar pasiones a veces demasiado vivas. No es ésta ciertamente la misión de la mujer. Y es penoso constatar que para asistir a estos espectáculos se viene de lejos, se hacen grandes gastos y se sufren muchas incomodidades. Signo indudable de un paganismo que vuelve al culto de la carne y de las pasiones.

La prensa recoge con avidez todos estos sucesos difundiendo así el mal que causan a tantas almas juveniles.» ( Osservatore Romano , número 211, en 9 sept. 1950.) Sintetizando, las razones por las cuales el sentimiento cristiano rechaza estas manifestaciones, son la ofensa del pudor (v.) y el escándalo (v.). La necesidad de la pudicicia (v.) como virtud reguladora de todas las actitudes del cuerpo, a fin de que tanto la honestidad propia como la de los demás sea salvaguardada de la influencia de los elementos que pudieran corromperla fue sentida hasta por los paganos. Los griegos excluían por este motivo a las jóvenes de los juegos olímpicos. Para el cristiano y para la mujer cristiana en particular el deber del pudor, de la modestia, adquiere un significado especial, en cuanto que ella saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo y conocen además pola fe la ley de pecado que pesa sobre sus miembros y que les impone una continua y prudente vigilancia. No se puede excusar todo con el ejemplo de los baños de agua y de sol. Nunca se ha dicho que el baño en promiscuidad, tanto en las playas como en las piscinas públicas, sea un ejercicio de la modestia cristiana.

Pero al menos aquí hay una finalidad verdadera o paliada, el bienestar físico; además el ambiente, por encontrarse todas en las mismas condiciones consigue, si no purificar, atenuar un poco el peligro. Pero en las competiciones de belleza todo se organiza para que ciertas desnudeces sean el centro de la observación. La joven se habitúa a pensar que lo que se atrevió a hacer una vez lo puede volver a repetir, sin mencionar la vanidad ya tan prepotente, que se exaspera con recíprocas envidias, celos, chismorrerías y cosas peores. Y, finalmente, el escándalo, que comienza en la sala o en el «hall» del hotel y se propaga por medio de la prensa, la fotografía y la televisión, presentando las desnudeces a los ausentes. La prensa, en efecto, habla a menudo de una atmósfera «caldeada» al aparecer las «reinas». Es un triste eufemismo. 3. Responsabilidad de los padres y de las autoridades Después de todo lo que va dicho es fácil concluir que nos encontramos frente a una serie de pecados de impudicicia en sentido activo y pasivo, de un espectáculo escandaloso, ocasión próxima de muchísimos pecados contra la castidad, la caridad, la humildad, etc.

Por lo cual es fácil argüir la responsabilidad de los organizadores, de las autoridades que lo toleran, de los padres que hacen exhibir, o al menos permiten la exhibición de sus propias hijas, sobre todo si son menores de edad, de las participantes mismas y de los que asisten a estos concursos. Para la responsabilidad que compete a cada uno, v. las voces: Cooperación , Impudicicia , Ocasionario , Peligro de pecado , Escándalo . No hay duda: la conducta licenciosa en público es alentada por la tolerancia deplorable de las personas honestas. Por esta razón la simple tolerancia puede también ser motivo de graves responsabilidades. ¿Qué cosa más legítima, fuera de ser obligatorio, por parte de una madre o de un padre que enfrentarse directamente con los profanadores de la inocencia de sus hijas y protestar ante quien tiene autoridad reclamando la intervención oportuna? La intervención de las autoridades públicas es obligatoria, porque entre los fines del Estado está el de procurar la limpieza de las costumbres y proteger a los buenos contra la atracción del mal.

El motivo por el que se muestran tan audaces los organizadores de estas exhibiciones es la casi certeza de que el público las aguantará sin reaccionar, por respeto humano o por cobardía. Conviene reflexionar y hacer reflexionar que renunciando a hacer valer los derechos propios a la honestidad en las costumbres públicas se renuncia al mismo tiempo a cumplir con un verdadero y propio deber: el de padre respecto de los hijos y de las hijas, y el de ciudadanos cristianos respecto del prójimo. En algunos países se va moderando la crudeza de estos espectáculos ampliando la base del concurso que trata de buscar la mujer «ideal», de modo que toman en consideración también otras cualidades más nobles de la mujer, sin excluir el mismo cuidado y habilidad que puede demostrar en el gobierno de la casa. Aunque en España no están permitidas estas descaradas exhibiciones, subsiste en muchas partes la costumbre de proclamar en algunas fiestas una reina de la belleza. El problema moral no es tan agudo, pero siempre se ha de reprobar y lamentar la frivolidad, el pábulo a la vanidad y el desvío de la conciencia de la dignidad cristiana, que son fruto de estos mitigados concursos de belleza. Pal.

Bibliografía

V. en las voces: Pudor , Pudicicia , Escándalo .

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