Diccionario de Teología Moral

Ludovico Bender, O.P. (Ben.)

ESCÁNDALO

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1. Naturaleza. - Es el acto de una persona que puede ser causa u ocasión de pecado de otra. E. es una palabra de origen griego que significa un objeto puesto en el camino, contra el cual tropieza el caminante y cae o se hace algún otro daño. El hombre puede dar e. y tomar (sufrir) e. Distinguimos estos dos aspectos como e. activo y pasivo. Comunmente el e. activo y pasivo van juntos. Pero no siempre.

En efecto, ocurre a veces que uno comete un acto que es e., siendo de suyo tal que puede ocasionar daño espiritual al prójimo, pero que sin embargo prójimo de hecho no padece e.» porque resiste al influjo malo y no peca. Ocurre también, aunque más raramente, que un hombre sufre e., esto es, tome ocasión de una conducta buena bajo todos los aspectos, que no tiene ni siquiera la apariencia de mal, para hacer un pecado. Así hacían los fariseos, viendo la actividad doctrinal y benéfica de Jesús. En estos casos existe un e. pasivo, sin e. activo: uno se escandaliza sin que otro dé e.

Conviene observar a veces que los hombres hablan de e. para significar la indignación o la admiración causada por la conducta mala o extraña de alguno. En este caso se usa la palabra e. en un sentido impropio y falso.

Indignarse porque otro obra mal no es pecado, sino un acto bueno; el que se indigna de esta manera no imitará ciertamente el pecado del prójimo.

2. D e f i n i c i ó n. - Hablamos ahora del e. activo, el cual es una conducta (hecho, palabra u omisión) mala o menos buena, que es para el prójimo causa u ocasión de ruina espiritual, o sea de pecado. La adición menos buena es de grande importancia. Es cierto que en la mayoría de los casos el e. es dado por una conducta de suyo mala, o sea, que sería mala aunque no fuese causa del pecado ajeno. Pero el c. puede consistir también en una conducta que no es mala, pero que tiene apariencia de mala y por lo tanto puede convertirse en causa del pecado ajeno, ya que el prójimo cree que lo que hacemos es pecado y, sin embargo, sigue nuestro ejemplo. Por esta razón enseña San Pablo a los fieles de Corinto que comprar y comer la carne de los animales que han sido sacrificados a los ídolos de suyo no es pecado, porque el ídolo es inexistente; pero cuando otros piensan que este acto no es licito y existe peligro de que a pesar de todo lo hagan, porque ven que también otros cristianos lo hacen, hay obligación de no comprar ni comer esta carne, porque no es licito realizar un acto que sería ocasión para que otros pecaran, o sea que daría e.

3. D i v i s i ó n. - Distinguimos el e. directo y el indirecto. El primero es una conducta que por su propia naturaleza provoca el pecado ajeno. Éste comprende dos modos diversos. Se puede obrar precisamente con el objeto de causar el pecado ajeno, de provocar su ruina espiritual. Es la forma más grave del e., que lleva el nombre de escándalo diabólico, porque haciendo esto, el hombre imita el modo de obrar propio del espíritu malo, enemigo de Dios y del hombre. Otra manera de e. directo existe cuando el hombre realiza o trata de realizar un acto no para hacer pecar al prójimo, sino con otro objeto (para satisfacer su pasión, obtener una ganancia); pero pone un acto que implica un pecado ajeno, p. ej., la fornicación. El e. en cambio es indirecto cuando se cómete un acto malo, pero que de suyo no requiere ni implica el pecado ajeno, pero que realizado en estas circunstancias y en este caso concreto con certeza o probablemente causará el pecado ajeno. Cuando el e. se basa en la imitación de lo que se ve hacer a otro coincide con el mal ejemplo. Pero hay también otras formas de e.

La mujer que se viste según una moda indecente da e. no sólo por su mal ejemplo a las demás mujeres, sino también porque puede provocar el pecado de lujuria en los hombres; por lo tanto, a éstos les da e. de un modo totalmente distinto.

4. Moralidad. - Dar e. es un pecado grave o leve según el caso. Es leve cuando el pecado del prójimo, del cual somos causa u ocasión, es solamente leve o sea venial, o cuando el influjo de nuestra conducta sobre el pecado del prójimo, y por lo tanto sobre su daño espiritual, no es notable. El que da e., obra contra la virtud de la caridad respecto del prójimo, porque esta virtud nos obliga a no ocasionar daño alguno al prójimo, sobre todo daño espiritual.

Además dando e. nos hacemos partícipes del pecado que el prójimo comete. Mientras que no es nunca licito dar e. (activo), existen casos en los cuales la ley moral permite obrar, aunque nuestra conducta sea ocasión de e. pasivo; primero cuando este e. es farisaico y proviene precisamente de la mala voluntad del prójimo, que toma nuestra conducta como ocasión de pecado; segundo cuando este e. se sigue a causa de la ignorancia o de la falta de instrucción* o formación moral del prójimo de un acto nuestro que de suyo no es pecaminoso y por otra parte es necesario para alcanzar o defender un valor tal que justifica nuestra conducta. En estos casos no hay e. activo, ni pecado de e.

La responsabilidad del pecado del prójimo gravita sobre él solo y tal vez sobre otros que son los culpables de su ignorancia y de su debilidad moral.

5. G r avedad de l p e c a d o. - Precisamente por ser contrario a la virtud de la caridad, objeto del mandato principal del Divino Maestro, el e. desagrada tanto a Dios y será severamente castigado. /Ay del mundo por causa de los escándalos!, exclamó Jesús. Sin embargo, el mundo está lleno de escándalos. Admitido que los hombres no quieren abstenerse de toda clase de pecados es necesario que exista el e.f pero, ¡Ay del hombre por culpa del cual ocurre el escándalo! El que escandaliza a estos pequeños (niños, jóvenes sencillos, poco instruidos, débiles de carácter) que creen en mí, mejor sería para él que le colgaran al cuello una rueda de molino y le arrojaran al profundo del mar (Mat., 18, 4-7). Palabras severas que han de hacernos cautos y vigilantes porque vivimos en medio de niños y de jóvenes que miran nuestra conducta; pero especialmente cuando en el mundo tenemos un puesto elevado (autoridad, superiores, sacerdotes, padres y educadores).

No basta dejar de hacer aquello que de suyo es pecado, sino que conviene evitar también lo que, aun no siendo pecado, pone a otros en peligro de pecar, teniendo en cuenta también el hecho de que vivimos con otros y que todos somos propensos al mal y tenemos que luchar con nuestras malas pasiones. Aunque una persona no vea por sí misma el peligro de e., porque no tiene experiencia de la vida y no conoce el efecto que su conducta (su modo de conducirse, de vestirse, etc.), tiene sobre las pasiones de personas de otra condición (p. ej., del sexo distinto), puede sin embargo ser reo del pecado de e., porque no quiere escuchar a otras personas constituidas por Dios para Instruir y avisar a los hombres en las cosas espirituales.

6. R e para c ió n. - La misma caridad para con el prójimo que nos obliga a evitar el e. nos obliga también a reparar el e. dado, o sea a reparar el daño espiritual según la posibilidad que depende mucho de los casos concretos. Si el e. ha sido dado públicamente, en general se requiere también un acto público para repararlo. En muchos casos comunes el cambio público de vida y el buen ejemplo dado pública y valientemente contiene una reparación válida y a menudo suficiente del e., dado con una vida pecaminosa. Ben.

Bibliografía

O. I. W a t f e la e r t, Dissertations morales: la cocpération au mal;
l'espéce mor ále du scandalc. Bruges, 1892 B. V a l u y, Fraternal charity, Nueva York, 1908 A. V e r m e e k s c h, Theol. moralis, II, Roma, 1934, p. 81-90, n. 119-128.

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