Diccionario de Teología Moral

Carlo Riz (Riz.)

ALUCINACIÓN

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Definición Este término, de probable derivación griega ( αλύη = turbación mental) a través de la palabra latina hallucinor , indica una imagen sensitivo-sensorial que aun con apariencia de realidad y encuadrada en la realidad externa no es sugerida por ningún estímulo exterior, sino que se forma por un proceso interno, es creada por la mente del sujeto y aceptada por éste como realidad. Profundamente diversa de la alucinación es la «ilusión», consistente en una deformación de la percepción (v. ), en una percepción errada a la cual corresponde una realidad sensorial. Así, p. ej., en caso de ilusión se percibe un rumor y se cree haber oído un insulto;
mientras que en la alucinación se siente la voz cuando reinaba el silencio más absoluto.

Las alucinaciones son muchísimo más raras que las ilusiones;
estas últimas —debidas al reconocimiento erróneo de una sensación nuestra— pueden verificarse en efecto en sujetos normales (por causas externas: en un lugar débilmente iluminado es fácil confundir a una persona con otra;
o por causas internas: esta confusión puede igualmente provenir de la tensión emotiva de una espera impaciente) y más fácilmente en condiciones psicopatológicas dependientes tanto de desórdenes intelectivos como de turbaciones en la esfera afectiva. Las alucinaciones no se verifican jamás en los individuos normales, de no ser en algunos sujetos en el estado de duermevela (v. , ) y en este caso se denominan «alucinaciones hipnagógicas». En los psicopáticos tienen lugar preferentemente en los estados confusionales (v. ) y en los síndromes disociativos (v. ), pero se puede presentar también en otras muchas enfermedades mentales.

2. Mecanismo patogenético En el fenómeno de la alucinación intervienen dos factores: un factor sensitivo-sensorial (con procesos irritativos o, de alguna manera, con estímulos incongruentes ejercitados sobre los nervios sensitivos o sobre las áreas sensitivo-sensoriales de la corteza) y un factor ideo-afectivo del que dependen la forma, el contenido y la convicción alucinatoria: así el tono afectivo depresivo del melancólico da forma a sus alucinaciones (y a sus ilusiones) de contenido angustioso o terrorífico;
así la suspicacia del afectado por la manía persecutoria le sugiere el contenido insultante de las voces que oye. Estos dos factores no se encuentran siempre presentes en iguales proporciones. P. ej., en las «alucinaciones psíquicas» de que hablaremos en seguida, el elemento sensitivo-sensorial interviene en una medida extremadamente reducida. Por otra parte, la convicción alucinatoria puede faltar más o menos completamente en algunas alucinaciones (llamadas también «alucinosis»), de cuya naturaleza morbosa tiene el enfermo conciencia clara y que se encuentran preferentemente en algunos síndromes neurológicos por lesiones irritativas del tronco cerebral. 3.

Variedades Las alucinaciones (y las ilusiones) pueden interesar todos los sentidos, pero son más frecuentes en el ámbito de la vista y del oído: los dos sentidos más ricos en elementos representativos. En la psicosis por intoxicación alcohólica son típicas las «alucinaciones zoópticas», en las cuales el enfermo se ve rodeado de insectos y otros pequeños animales de todas clases. En los epilépticos (v. Epilepsia) pueden presentarse episódicamente alucinaciones, generalmente de contenido terrorífico (escenas de incendio, etc.), cuya naturaleza queda denunciada entre otras cosas por su repetición estereotipada. Menos frecuentes son las alucinaciones gustativas, olfativas, táctiles y del sentido genético, por las cuales el enfermo advierte un sabor de veneno, siente el olor de un cadáver, de incienso, etc., sufre golpes, caricias o contactos inmundos, advierte en el interior de su propio cuerpo animales que se mueven o también transformaciones de órganos (el corazón «que se vuelve de vidrio» y otras semejantes), o —finalmente— experimenta el dolor de la defloración, etc.

Pero en todos estos casos es muy difícil determinar si se trata de verdaderas alucinaciones o más bien de ilusiones sugeridas por irritaciones locales e interpretadas más tarde de una manera delirante. Algunos delirantes crónicos oyen su propio pensamiento repetido en voz alta por otras personas: ésta es la llamada «repetición sonora del pensamiento», por cuya causa el enfermo acaba por convencerse de que hay alguien que le está robando las ideas (hurto del pensamiento). Hay por último una categoría particular de alucinaciones que, por su contenido menos claramente sensorial, son llamadas «alucinaciones psíquicas» o también «seudoalucinaciones». Consisten éstas en ideas u órdenes que los enfermos no oyen, pero que advierten, sin embargo, como algo extraño a su personalidad, impuesto por otros y que ellos definen precisamente como «voces internas, pensamientos ordenados o mandados», etc. 4. Efectos La influencia de las ilusiones y sobre todo de las alucinaciones sobre la conducta de los sujetos es grandísima. Consideradas por los enfermos como hechos reales pueden llevar a toda suerte de reacciones, incluso a la agresión, al homicidio y al suicidio.

El alucinado, oyendo a su presunto perseguidor proferir palabras de amenaza, puede en efecto reaccionar con un acto criminal que él de buena fe justificaría como un acto de legítima defensa. El enfermo que en una de sus alucinaciones se ve rodeado de las llamas de un incendio puede buscar la salvación arrojándose por una ventana, y matarse de este modo. Cualquier acción aparentemente ilógica o absurda puede, pues, encontrar su justificación racional cuando ha sido puesta por un enfermo presa de alucinaciones.

5. Corolarios morales Por las consideraciones hasta aquí indicadas los actos delictivos de los alucinados pueden representar simples reacciones justificadas por el contenido y vivacidad de sus alucinaciones. Antes, pues, de pronunciar una condenación es preciso determinar cuidadosamente en cada caso si aquel reato determinado no ha sido cometido bajo la influencia de un proceso alucinatorio: este examen no es difícil para el psiquiatra a quien el mismo confesor habrá de dirigir en ocasiones al penitente, guardadas las oportunas cautelas. Más delicado y acaso más difícil es indagar si un fenómeno determinado es de origen sobrenatural, o si por el contrario es producto de alucinación (o de ilusión).

Nos referimos a algunas manifestaciones (audición de voces proféticas, apariciones de visiones celestiales, y semejantes) que pueden verificarse en el llamado «delirio místico» (que después resulta seudomístico) de algunos paranoicos;
a las «posesiones diabólicas» (también aquí se trata de falsas posesiones diabólicas), con que se explican —aun por el mismo enfermo— diversas alucinaciones e ilusiones de la cenestesia;
a las posibles «ilusiones colectivas» de varias personas que, por efecto de una intensa carga emotiva, ven moverse imágenes de Santos, los ojos de los Crucifijos, etc., sólo por el hecho de que anteriormente se corrió la voz de haberse obrado este «milagro». En este último caso el control ponderado de la autoridad eclesiástica está siempre en disposición de dar la interpretación justa del fenómeno alegado. En las demás circunstancias un riguroso examen psíquico del individuo puede revelar con frecuencia el origen patológico de los hechos.

Queda siempre inconmovible el principio enunciado por el divino Maestro: «todo árbol se conoce por sus frutos» (Luc., 6, 44), por el cual no podrá menos de reconocerse la intervención de la gracia en aquel que, además de tener, p. ej., apariciones celestiales, ejercita de un modo heroico las virtudes cristianas. Riz.

Bibliografía

M. Gozzano, Lezioni di psicologia sperimentale , Cagliari, 1940;
íd., Compendio di psichiatria , Torino, 1951.

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