Diccionario de Teología Dogmática

Pietro Parente (P. P.)

PECADO (original originado)

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S. Pablo escribe en su carta a los Romanos (5, 12): «Por tanto, así como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, así pasó a todos los hombres la muerte, porque todos han pecado...» Este texto, eco de otras voces de la Sda. Escritura, nos revela el misterio de la transmisión del pecado de Adán a toda su descendencia. La Tradición poseía pacíficamente esta verdad revelada cuando en el s. V comenzó a negarla Pelagio (v. Pelagianismo), levantóse contra él la Iglesia, y S. Agustín empleó lo mejor de su vida en combatirlo y refutarle.

La transmisión del pecado original es verdad de fe definida (Conc. Cartag. aprobado por el Papa Zósimo; Conc. II de Orange aprobado por Bonifacio II; Conc. Trid., Ses. V; DB, 101, 174 ss., 387 ss.). Con la Escolástica (s. XII) comenzó la discusión sobre la esencia y carácter del pecado original en la descendencia de Adán. Esta discusión se acentuó en tiempos del Luteranismo y del Conc. de Trento, al enseñar Lutero que la esencia del pecado original transmitido está en la concupiscencia (v. esta pal.), intrínsecamente pecaminosa e invencible, hasta el punto de quitar el uso de la razón y de la libertad.

El Conc. Trid. condenó los errores de Lutero reivindicando en el hombre caído la razón, la libertad, la integridad sustancial de la naturaleza y su sanabilidad por medio de la gracia de Cristo, y determinó el carácter del pecado transmitido, diciendo entre otras cosas que el pecado de Adán por propagación «es inherente a cada uno como propio». Los teólogos, comentando este texto propusieron diversas opiniones sobre la esencia del pecado transmitido: un pacto hecho por Dios con Adán en calidad de cabeza moral del género humano, para que él pudiese transmitir los dones sobrenaturales a sus descendientes, o perderlos para sí y para ellos; o también una transferencia de la voluntad de los descendientes a Adán en el acto del pecado, etc.

La mejor explicación es la que da Sto. Tomás e ilustra Billot: a) Adán es cabeza y fuente, no moral sino ontológica del género humano: en él se hallaba toda nuestra naturaleza; b) la justicia original (v. Inocencia) era en él como una perfección accidental de la especie humana, que ligaba ésta con Dios; c) Adán rompió voluntariamente este vínculo y despojó de aquella perfección accidental a la naturaleza contenida en él; d) la naturaleza destituida de esta forma, es decir, con el reato de culpa y con la mancha (v. Pecado personal), pasa a la posteridad, que se encuentra por ello en un estado de pecado voluntario, no por su voluntad, sino por la del acto pecaminoso puesto por Adán; e) el pecado de los descendientes consiste en la privación de la gracia formalmente, y materialmente en la privación de la integridad (v. esta pal.) y, por lo tanto, en la concupiscencia; f) con el Bautismo se quita la mancha por la infusión de la gracia (elemento formal), pero la concupiscencia (elemento material) subsiste.

El pecado original se propaga con la generación carnal, cuyo término es el hombre entero en alma y cuerpo, el cual es parte de la naturaleza inficionada por la culpa (privada de la gracia santificante). En virtud del pecado original, nuestra naturaleza queda herida, pero no corrompida intrínsecamente (Luteranismo, Bayanismo, Jansenismo). Sto. Tomás explica la vulneración en el sentido de que aunque la naturaleza inficionada por el pecado permanece sustancialmente íntegra, queda, sin embargo, enferma en sus facultades de acción, debilitadas y desorientadas respecto de su propio objeto (la verdad y el bien).

Como el pecado original no es voluntario en los descendientes de Adán por su propia voluntad, sino por la de Adán, quien muere con solo el pecado original sufrirá la pena de daño, que se deriva del mismo pecado (privación de la visión beatífica por ausencia de la gracia rechazada por el pecado). Pero no puede quedar sujeto a la pena de sentido, que es una pena infligida positivamente por Dios y no se concibe sin un acto pecaminoso voluntario del mismo pecador. San Agustín opinaba que sufrirían una pena ligerísima por lo menos, pero ni la Iglesia ni los Teólogos le han seguido en su opinión.

Bibliografía

Sto. Tomás, , I-II, qq. 81-83;
ningún comentario mejor ni más completo que el de L. Billot, , Roma, 1924;
P. Parente, «Peccato originale», en EC.

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