Diccionario de Teología Dogmática

Pietro Parente (P. P.)

PECADO (original originante)

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Es el cometido por nuestros primeros padres en el origen del género humano, como se narra en la Sda. Escritura (Gen. caps. 2-3).

Aun teniendo en cuenta los géneros literarios, la relación bíblica es sustancialmente histórica (cfr. Enchiridion bibl., n. 334; Enc. de Pío XII Humani generis, al fin). Dios enriqueció con sus dones a Adán y Eva (v. Inocencia, Integridad) y los colocó en el Paraíso terrenal, donde se hallaban todos los bienes materiales. Quiso el Señor tener una prueba de fidelidad muy fácil de ser superada y les prohibió comer el fruto del árbol llamado de la ciencia del bien y del mal, amenazándoles con penas severísimas en caso de desobediencia. Satanás en forma de serpiente tentó a Eva, la cual, seducida por sus palabras, tomó el fruto, lo gustó y se lo dio a su esposo, quien por darle gusto no dudó en comer de él, a pesar de la prohibición divina.

La culpa ofuscó al momento su espíritu y trastornó toda la armonía de su ser. Sintieron la rebelión de los sentidos, se avergonzaron de su desnudez y se escondieron entre las plantas, creyendo que podrían huir de la vista de Dios. Dios cumpliendo su amenaza promulgó las penas del pecado cometido y arrojó del Paraíso a los culpables, que se abrieron a sí mismos y a toda la humanidad el camino del dolor, de las miserias y de la muerte.

La Sda. Escritura vuelve una y otra vez sobre el recuerdo de este trágico suceso: «En la mujer se inició el pecado y por ella todos morimos» (Eccli. 25, 33). S. Pablo insiste repetidas veces en su carta a los Romanos: «Por el delito de uno solo murieron muchos... por la desobediencia de un solo hombre muchos han sido constituidos pecadores». Y San Juan recuerda la parte que tuvo el demonio: «Aquel que fue homicida desde el principio» (Jo. 8, 44). La Tradición atestigua unánimemente este hecho: los Padres Orientales lo presentan principalmente en sus consecuencias, los Occidentales, sobre todo San Agustín, investigan su naturaleza íntima. En las mitologías religiosas del mundo pagano se encuentran algunos vestigios de este suceso, aunque presentan muchas deformaciones en contraste con la dignidad y dramatismo de la narración bíblica.

Los Racionalistas niegan la historicidad de la sagrada relación, alegando la incongruencia de los detalles («una manzana» causa de tanta ruina, la serpiente que habla a la mujer, etc.). Nuestros exegetas responden a estas objeciones: a) Dios tenía derecho después de su generosidad tan grande a imponer una prueba; b) en su bondad infinita se contenta con una prueba levísima; c) promulga con claridad su precepto y sus sanciones; d) el pecado de nuestros padres fue materialmente comer el fruto, pero formalmente fue soberbia y rebelión a Dios, porque el demonio sugiere a Eva que, comiendo de aquel fruto, no morirán, sino que se harán semejantes a Dios, y Eva cree más al demonio que a Dios; Adán pone a su mujer por encima de Dios y ambos desobedecen con la soberbia ambición de convertirse en dioses. El pecado, pues, fue grave, y tanto más grave cuanto más abundantes eran las luces y energías sobrenaturales que habían recibido de Dios, por lo que no podían aducir ninguna excusa ni pretexto que atenuara su culpa, plena de malicia. Por lo demás, si la justicia divina castiga, y con justo motivo, al momento interviene la misericordia y la bondad con la promesa del Redentor, que triunfará de la serpiente maligna.

Consecuencias del pecado original en nuestros primeros padres: a) privación de los dones sobrenaturales (gracia y virtudes infusas) y preternaturales (integridad); b) estado de pecado con su reato y su mancha (v. Pecado personal); c) débito de pena eterna; d) vulneración de la naturaleza, por la cual las pasiones se levantan contra la razón, impiden el libre ejercicio de la voluntad y dificultan la práctica del bien.

La Iglesia ha definido (Conc. Trid., Ses. V, DB, 788) que todo el ser de Adán fue por el pecado «in deterius commutatum»; y condenó el Luteranismo, que en el extremo opuesto defendía la corrupción intrínseca y la insanabilidad de la naturaleza después del pecado original (DB, 792 y 815 ss.).

Bibliografía

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M. Hetzenauer, , Friburgo (Br.), 1905;
A. Vermeersch, , Paris, 1932;
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F. Solano, , Est. Francisc., 280 (1951), pp. 97-102.

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