MATERNIDAD DIVINA (de la Virgen María)
Es el fundamento de toda la grandeza y de todos los privilegios de María. El título θεοτόκος (= Dei Genetrix, «Deípara») expresaba esta verdad en el lenguaje de los fieles de los primeros siglos. Teodoro Mopsuesteno y Nestorio en el s. V (v. Nestorianismo) impugnaron por primera vez este título, sosteniendo, de acuerdo con su error cristológico, que María alumbró al Hombre Jesús de Nazaret, en quien habitó el Verbo divino. María, pues, según los Nestorianos, es Madre de Cristo (Hombre), no Madre de Dios, tanto más que a Dios eterno le repugna nacer en el tiempo.
S. Cirilo Al. opuso al error Nestoriano el peso de la tradición secular y la fuerza de las razones teológicas sacadas del misterio de la Unión Hipostática (v. esta pal.). El Conc. de Éfeso (a. 431) condenó el Nestorianismo, reivindicando con la divinidad de Cristo la divina maternidad de María; por esto se le llamó el «Concilio de María».
En la Sda. Escritura se le llama a María varias veces y en sentido propio Madre de Jesús (Mt. 1, 18; Jo. 19, 25). Más aún, Isabel la saluda llamándola Mater Domini mei, es decir, Madre de Dios. Pero para probar teológicamente esta verdad de fe basta este sencillo razonamiento: Cristo es el Verbo Encarnado, es decir, una Persona divina subsistente en la naturaleza divina y en la naturaleza humana asunta. Ahora bien, María dio a luz a Cristo en su integridad personal según la naturaleza humana: por lo tanto es verdaderamente Madre del Verbo, es decir, de Dios.
Ni vale la objeción de que el Verbo con su naturaleza divina no deriva de María a la que preexistía: S. Cirilo respondía a esta dificultad diciendo que el alma humana es infundida por Dios y no deriva de los padres; y sin embargo nadie duda en llamarse hijo de su propia madre según todo él. Conviene, además, recordar que el Verbo es el término de una generación eterna del Padre y de una generación temporal de la Madre: dos generaciones, dos nacimientos, pero no dos filiaciones. Cristo es Hijo de Dios y, aun cuando toma la naturaleza humana, continúa siéndolo: no hay en Él, inmutable, ninguna mutación, ninguna nueva relación. Él es verdaderamente Hijo de María, pero la relación mutua es real sólo de la Madre al Hijo, no del Hijo a la Madre. Finalmente, no ha habido hijo tan propio de su madre como lo fue Jesús de María, que lo concibió sin concurso viril.
Bibliografía
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