MATERIA Y FORMA (de los Sacramentos)
Cuando habla la Sda. Escritura de un Sacramento lo presenta como un rito compuesto de cosas y de palabras: así el Bautismo aparece constituido por un lavatorio junto con el cual se pronuncia la fórmula trinitaria (Mt. 28, 19; para los demás Sacramentos cfr. Hechos 8, 15-17; Mt. 20, 26-28; Jac. 5, 14; Hechos 6, 6, etc.). Sin embargo, la Sagrada Escritura no da más importancia a las palabras que a las cosas, ni asocia el rito sensible con el significado (cfr. Mt. 28, 19; Rom. 6, 3-11); enuncia solamente en concreto que todos los Sacramentos son compuestos de un gesto y de algunas palabras. Estas indeterminaciones han ido desapareciendo a medida que los Padres y Teólogos profundizaban en el estudio del compuesto sacramental.
En el s. XII y XIII los Escolásticos, después de determinar con exactitud el septenario sacramental (v. esta pal.), pudieron enunciar con gran facilidad que en abstracto todos los Sacramentos resultan compuestos en su signo sensible de cosas (res) y palabras (verba); llevados de un profundo espíritu sistemático, no se contentaron con enunciar el hecho, sino que trataron de ilustrar el modo adaptando al mundo sacramental la teoría hilemorfista (del gr. ὕλη = materia, μορφή = forma), que, siguiendo las huellas de Aristóteles, habían aplicado al mundo físico.
Les guiaba una sencilla reflexión. Si en el compuesto físico el elemento potencial e indeterminado se llama materia y el elemento determinante, forma, de la misma manera en el compuesto sacramental el elemento indeterminado se puede decir materia y el determinante, forma; así en el rito del Sacramento del Bautismo, p. ej., la cosa o sea el agua, indiferente por sí misma para indicar refrigerio, purificación u otra idea, es determinada a significar purificación por las palabras explícitas que la expresan: «Yo te bautizo, es decir, te lavo, en el nombre del Padre, etc.». Es, pues, conveniente que se llame materia al agua y forma a las palabras.
Algunos escritores acatólicos (Harnack, Turmel) se han escandalizado como si la Teología se hubiese humillado a ser esclava de la Filosofía aristotélica. La razón arriba indicada muestra suficientemente la oportunidad de la terminología hilemorfista a propósito de los Sacramentos; por otra parte es precisamente misión de la Teología, según las enseñanzas del Conc. Vat., ilustrar el dogma ex eorum, quae naturaliter cognoscuntur, analogia (DB, 1790).
La Iglesia, a quien Cristo no sólo impuso el deber de custodiar, sino también concedió el poder de formular y adaptar a la capacidad de los fieles el depósito de la Revelación, ha adoptado, hace ya siete siglos, esta terminología en muchos documentos de su magisterio (cfr. DB, 672, 695, 914, 1963); tiene, pues, pleno derecho el teólogo católico a usar una fórmula que, además de haber sido consagrada por un secular uso eclesiástico, le ayuda a esclarecer muchos puntos oscuros de la doctrina sacramentaria.
Bibliografía
Sto. Tomás, , III, q. 60;
J. Lottini, , Roma, 1902, v. 3, ;
J. B. Umberg, , Oeniponte, 1930;
F. Diekamp-A. Hoffmann, , Roma, 1934, v. 4 ();
G. Bonomeo, , Brescia, 1926, v. 2;
«Matière et forme», en DTC;
S. Th. S., t. IV, Madrid, 1951.