Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

REGENERACIÓN

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παλιγγενεσία «nuevo nacimiento», regeneración, aparece en Mt. 19, 28 significando la renovación, el establecimiento de la Iglesia , y en Tit. 3, 5 el renacimiento individual. «Vosotros, que me habéis seguido, cuando 499Aen la regeneración se haya sentado el Hijo del hombre en su trono glorioso, también os sentaréis en doce tronos para juzgar ( κρίνοντες expresa aquí el ejercicio de un poder estable) a las doce tribus de Israel .» El mismo pensamiento se expresa en Lc. 22, 29 s. «Vosotros habéis permanecido conmigo en las pruebas, y yo preparo para vosotros un reino, como el Padre lo ha preparado para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en doce tronos para juzgar (= gobernar) a las doce tribus de Israel» (es decir, el Israel de Dios: Rom. 9, 6 s.; Gál. 4, 28 s.; 6, 16, etc.; los bautizados, miembros del «nuevo reino»). Lo que se promete a los Apóstoles como recompensa a su generosidad, no es la participación en el acto fugaz del juicio en el fin del mundo, sino una supremacía permanente de orden espiritual.

Es indiscutible que Jesús previó una restauración espiritual de Israel, puesto que la fe en su persona convertía a los mismos gentiles en hijos espirituales de Abraham (Mt. 8, 10 s.; Lc. 13, 22-30). Esta restauración supone la esperanza en una nueva tierra prometida (Mt. 5, 4) que no es sino el reino de Dios , cuyo heredero natural es Jesús (Mt. 21, 38), y los discípulos sus coherederos (Rom. 8, 17) al convertirse en hijos de Dios (Mt. 5, 9). La palingenesis o regeneración expresa, por consiguiente, una revolución espiritual sin precedentes, que es consecuencia de la Resurrección y de Pentecostés. «Mt. pensaba en un nuevo orden. Nosotros no penetramos lo suficiente en la visión de San Pablo que consideraba el tiempo de la redención como una nueva creación (II Cor. 5, 17; Gál. 6, 15). La Paligénesis de Tit. 3, 5 es personal y uno de los frutos del bautismo, pero el hecho personal está incluido en el general de la regeneración del mundo. Es la instalación del reino de Dios que coincide con la fundación de la Iglesia» (Lagrange).

La regeneración o transformación espiritual había sido predicha por Is. 65, 17; 66, 22 con las imágenes de «cielos nuevos y tierra nueva», idea e imágenes que repitió San Pedro (Act. 3, 20 s.: ἀποκατάστασις = restauración de todas las cosas, de la que Dios ha hablado por medio de sus profetas; II Pe. 3, 10-13: antes que la regeneración se describe con imágenes opuestas la disolución del mundo espiritual precedente), y también el Ap. 21, 1. Nada se dice de transformaciones cósmicas o de fin del mundo físico (A. Feuillet; F. Spadafora, Gesù e la fine di Gerusalemme , Rovigo 1950, pp. 29 s. 43 ss.). La regeneración espiritual (Tit. 3, 5) es el 499Bnuevo nacer que se requiere para tomar parte en el reino de Dios (Jn. 3, 4.7).

El primer efecto benéfico de la Redención consiste en que el Verbo ha otorgado a todos los que a él se adhieren pola fe el gran don de convertirse en «hijos de Dios» (Jn. 1, 12 s.). La regeneración se recibe por medio del bautismo (Jn. 3, 7; Tit. 3, 5 «baño de regeneración»). Cristo es causa eficiente mediante su muerte y resurrección (1 Pe. 1, 4), y al mismo tiempo su causa ejemplar; y precisamente el bautismo por inmersión representa la muerte y la nueva vida del bautizado (Rom. 6, 4; Col. 2, 12 s.), que se convierte en una «nueva creatura», en un «hombre nuevo» (II Cor. 5, 17; Gál. 6, 15), en verdadero hijo de Dios.

También en el bautismo tiene que darse la destrucción del mundo precedente: el hombre viejo, el hombre del pecado del que debe despojarse por completo para que pueda ir continuamente en aumento de la gracia divina (II Cor. 4, 16; Ef. 4, 22 ss.; Col. 3, 9 s.) mediante el ejercicio de las virtudes, principalmente el de la caridad (Jn. 15, 12-17; I Cor. 13; Col. 3, 14, etc.). En esta regeneración tomará parte incluso el cuerpo de los justos, que será gloriosamente transformado en la resurrección, a semejanza del de Cristo glorioso (I Cor. 15; Rom. 8, 14-39: todos los bautizados son hijos de Dios, herederos de Dios y coherederos de Cristo). Toda la creación espera esta glorificación del cuerpo humano (vv. 18-22), «la redención de nuestro cuerpo» (v. 23), que para todos los bautizados tiene Dios preparada desde la eternidad (como todas las demás gracias, desde el bautismo hasta la gloria eterna), para que «los justos reproduzcan la imagen de Cristo resucitado, el cual se convierte así en el primogénito de una muchedumbre de hermanos» (v. 29); pero siempre tendrán que padecer con Él para ser glorificados con Él. [F. S.]

Bibliografía

J. M. Lagrange, Év. selon S. Mt. , 4.ª ed., París 1927, p. 360 ss. Id., Ép. aux Romains , ibid. 1931, pp. 142-59, 189-233. J. Huby, en RScR , 30 (1940) 5-40. A. Feuillet, Le triomphe eschatologique de Jésus , en NRTh , 81 (1949) 715-22.

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