Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

JOB

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Héroe del libro de su nombre, rico y sabio idumeo (Hus, entre Edom y la Arabia septentrional, cf. Jer. 25, 20-24; Lam. 4, 21), perfecto adorador del verdadero Dios, aun en medio de los mayores sufrimientos. 314BAparece este nombre también en las cartas de El-Amarna = A-ia-ab. Ez. 14, 20 menciona a Job por su justicia (cf. Job 12, 4) juntamente con Noé (cf. Gén. 6, 9) y Daniel (cf. Eclo. 49, 9); Sant. 5, 11 lo menciona por su paciencia (cf. Tob. 2, 12-15 en la Vulgata). Son referencias tomadas del libro sagrado que no deciden si Job es un personaje real o una figura puramente literaria. El libro de Job es «uno de los más maravillosos poemas del mundo » (A. Vaccari), que ha sido comparado con la Divina Comedia de Dante y con el Fausto de Goethe. «Desarróllase en él un tema apasionante, un drama profundamente humano y divinamente sublime, con tal viveza de colorido, con tal energía de afecto, con tal variedad de formas, que bien puede decirse que en él el lenguaje agotó su facundia y el arte su paleta» (A. Vaccari). La parte central, el poema propiamente dicho (cc. 3-41), está en versos de un gusto exquisito; la introducción y prólogo (cc. 1-2) y el epílogo (42), en prosa.

Composición eminentemente didáctica. I. (cc. 1-2). — Permitiéndolo Dios, el piadoso Job se desploma cayendo de gran prosperidad en la más repugnante miseria; pierde hijos y hacienda: él mismo, herido de una enfermedad y arrojado de casa, se ve despreciado y escarnecido hasta de su propia mujer. Mas aun en medio de tan profundo dolor Job está resignado con la divina voluntad. Van a consolarle tres amigos: Elifaz (natural de Teman, cf. Gén. 36, 11, célebre por su sabiduría, cf. Jer. 49, 7), Baldad (de Sue, en la Arabia septentrional, Gén. 25, 2) y Sofar. Así comienza el diálogo. II. (cc. 3-41). — Job se lamenta de sus dolores (c. 3). Los amigos, partiendo de la idea entonces corriente: — que sólo padece el que ha pecado —, no soportan que Job proteste de su inocencia; para ellos semejante protesta equivale a una blasfemia, a una impiedad contra la divina justicia. De ahí que inviten a Job a humillarse y a implorar misericordia. Los amigos hablan siempre por este orden: Elifaz, Baldad, Sofar, y Job responde cada vez que uno habla, y lo hace con un énfasis que va en aumento.

En la primera disputa (4-14) expone Elifaz la sobredicha tesis en forma abstracta para evadir la explícita condenación de Job, fundándola en una revelación sobrenatural (4-5). Pero Job, que acepta sus padecimientos, no puede dudar de su inocencia, por más que no acierte a explicar por qué le habrá castigado el Señor (6-7). Interviene 315ABaldad en favor de Elifaz, con la autoridad de la tradición; proclamar la propia inocencia, como hace Job, es ofender a la Providencia (8). Job ve más claramente aún el contraste entre esta teoría y la realidad de su inocencia (9-10). Estas palabras escandalizan a Sofar, que aduce en favor de la tesis de los amigos argumentos de razón y la experiencia (11-12, 6). Mas lo que la experiencia demuestra, replica Job, es el hecho desconcertante de la prosperidad de los impíos. Su fe en la justicia de Dios es indiscutible y profunda, por lo que el misterio sigue sin descifrar (12, 5-14, 21). En la segunda disputa (15-21) los tres amigos acusan abiertamente a Job de impiedad; es imposible que sobrevengan tales calamidades al inocente.

Elifaz alega la razón de su propia experiencia y la doctrina de los sabios (15, 1-18); los otros dos repiten lo mismo en tono violento y mordaz (cc. 18-20). Job desespera de hallar comprensión (15, 17-35; 16, 1-5); pero pone en Dios toda su esperanza y le ruega vivamente que intervenga para dar su justo juicio antes de que vaya a parar a los infiernos (16, 6-17, 17); la doctrina de sus importunos visitantes le disgusta profundamente, la encuentra indiscutiblemente contraria a la experiencia (21). Dios será su vengador; Job está seguro de que intervendrá ante sus contrincantes, antes de que la muerte le lleve a desaparecer en el še’ôl (19). Para la exégesis, v. Resurrección de los cuerpos. Después de haber elevado un himno a la divina sabiduría (c. 28), Job arremete hábilmente en su defensa (29-31). Implora un juicio en regla en el que se propone carearse con Dios, a quien cree irritado contra él, y refutar a sus tres implacables acusadores (Job 13, 18; 31, 35 ss.); así desea tener un árbitro, un abogado que salga en su defensa (cf. 9, 33; 31, 35: «¡Oh si hubiera quien me escuchase!»). Este árbitro es Eliú, que interviene con un tono enteramente nuevo.

Job no debe decir que Dios lo persigue: Dios no manda los males sólo para castigar, sino también para preservar y purificar.

Así venga la inocencia de Job, al propio tiempo que le ilumina acerca de la finalidad de sus desventuras, adelantándose a la intervención final de Yavé (38-41). Dios aparece en medio de una nube que cubre su majestad y expone su omnipotencia y su sabiduría, manifestadas en la creación y en el gobierno del universo. ¿Cómo va a ser posible que comprendamos la insondable obra de Dios en el mundo moral, cuando no somos capaces de comprenderla en lo que se refiere al mundo físico? 315BIII. — Job se rinde y confiesa su ignorancia. En el epílogo (42) Dios pronuncia la sentencia; son condenados los tres sabios, y a Job, que es declarado inocente, le son restituidos con creces los bienes que antes tenía.

«La conclusión moral consiste en que, en virtud de una misteriosa pero sabia disposición de Dios, a veces los mismos justos son afligidos sin tener culpa alguna; pero que al fin Dios premia la virtud que es desconocida de los hombres. Resulta, pues, que el fondo del libro consiste en la discusión, concretada en un hecho, acerca del origen y de la razón ontológica del dolor» (A. Vaccari). El problema no queda enteramente resuelto, pero se dan los puntos esenciales que formarán parte en la solución adecuada enseñada por el cristianismo: a) los padecimientos prueban al justo; b) lo preservan de la soberbia, del pecado (discurso de Eliú); c) el hombre «debe siempre entregarse a la sabiduría divina confiando en su providencia». La unidad de la composición es admirable: el prólogo es indispensable como fundamento y el epílogo como complemento.

La intervención de Dios, en conexión con la invocación de Job (31, 35 ss.) y del mismo Elifaz (5, 8) y con el anuncio de Eliú (37, 16-24), es el punto culminante preparado y esperado en todo el poema. Eliú es el abogado de Job y árbitro de la discusión, a la que pone fin preludiando la sentencia de Yavé (L. Dennefeld). El autor del libro es un docto y desconocido judío de Palestina . Es innegable la afinidad de Job con los libros sagrados y su dependencia de ellos, en particular de Jeremías (cf. Jer. 12, 1-4 para el tema; Jer. 20, 14-19 y Job 3, 3-12; Jer. 9, 3 y Job 7, 15 etc.).

El autor escribió probablemente hacia el fin del reino de Judá; la elegancia del estilo, la propiedad del lenguaje hacen poco verosímil una fecha posterior a la cautividad. El texto hebreo está necesitado de muchas correcciones, pero en conjunto está mejor conservado que otros libros del Antiguo Testamento, por ejemplo, mejor que Jeremías. La versión griega de los Setenta es más bien libre, y en general tiende a abreviar. La siríaca es fiel, útil para la crítica, pero poco utilizable para la exégesis. Sobresale entre todas la versión latina de San Jerónimo (Vulgata) por la comprensión del texto, por la claridad y por la elegancia (Vaccari). [F. S.]

Bibliografía

P. Dhorme, Le livre de Job , París 1926. L. Dennefeld, Le discours d’Elihou (Job 32-37), en RB , 48 (1939), 163-80, con abundante bibliografía. G. Ricciotti, Giobbe , Torino 1924. A. Vaccari, La Sacra Bibbia , IV, Firenze 1949, pp. 13-100. A. 316ALefèvre, en DBs , XXII, col. 1073-98.
D. Gonzalo Maeso, Sentido nacional en el libro de Job, en EstB (1950). B. Celada, La asiriología y el libro de Job, en CB (1944-45).

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