GRACIA
I. No se encuentra en el Antiguo Testamento el concepto católico de la gracia como don sobrenatural de Dios, para el que falta asimismo el vocablo hebreo correspondiente. El griego además de significar la belleza (Prov. 4, 9; 5, 19), traduce a menudo en los LXX al hebreo hen en el sentido de benevolencia (Est. 2, 15), si bien otras veces se traduce el hén por eAeos (Gén. 19, 19), que más bien correspondería al hebreo hesed. Esta palabra (con frecuencia asociada al ’emet divino o a rahanüm) expresa la situación proveniente de un pacto o alianza establecida entre dos, que presupone una confianza mutua resultante de la obligación adquirida, y se refiere principalmente a la confianza en la ayuda que Dios quiere otorgar al pueblo israelita libremente ligado a Dios por la bérith: «Has de saber, pues, que Yavé, tu Dios, es fiel, que guarda la alianza y la misericordia hasta mil generaciones a los que le aman y guardan sus mandamientos» (Dt. 7, 9). Y por más que los israelitas sean infieles al pacto, Dios, «rico en hesed», «sabe perdonar el pecado» (Ez. 34, 6). Con este hesed nos aproximamos cada vez más al concepto neotestamentario de gracia. Mas sigue en pie que no existe en el A.
T. una revelación explícita sino simples indicios de la gracia, que van acentuándose conforme se va acercando la nueva economía. Pero la doctrina de la gracia no puede limi- 239Atarse a las palabras hebreas lien, hesed, beñih, o a las griegas x¿P'S* SAeo?. Además de las palabras hallaremos la realidad manifestada por los hechos más que por las mismas palabras. Podríase afirmar que toda la historia bíblica no es otra cosa que la manifestación de la doctrina de la gracia por medio de los hechos. El primer indicio de esta gracia es el estado de justicia original en que fueron creados nuestros primeros padres, quienes disfrutaron de una particular amistad con Dios. Habiéndose roto este vínculo de amistad por el pecado, Dios establece, primero con Abraham y luego con Moisés , un pacto que tiende a estrechar relaciones de confianza mutua entre Dios y su pueblo (Dt. 8, 5). Los profetas apelan con frecuencia (Is. 66, 2; Jer. 4, 3-4; Am. 4, 11-22) a la intimidad de estas relaciones de hijos (II Sam. 7, 14) para con el Padre celestial, que han sido reducidas o abiertamente quebrantadas por el pueblo, el cual, al menos en gran parte, se rebaja a intereses materiales e incluso a prácticas idolátricas.
En toda esta historia se dibujan los elementos de una renovación interior y de una purificación del espíritu (Ez. 11, 19), que son el anuncio y el preludio de la nueva economía de la gracia. Las frecuentes donaciones del Espíritu (v.) de Yavé a los jueces y a los profetas son una prueba de ello. [F. S.]
Bibliografía
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