VIRTUDES DE MARÍA
María tuvo todas las virtudes convenientes a su condición. Vamos a considerar: I, las virtudes teologales; II, las cardinales. I. Las virtudes teologales: 1) La fe. La excelencia de la fe de la Virgen está elocuentemente atestiguada por la Sagrada Escritura y por los padres. En el IV Evangelio, Isabel, divinamente inspirada, se congratula con María, su pariente, por su fe: «Dichosa tú que has creído —le dice—, pues se cumplirá lo que te ha dicho el Señor» (Lc. 1, 45). Los padres de la Iglesia reconocen en la fe de María el principio de su maternidad y de su grandeza. Admiten como axioma que: «fide concepit, fide peperit: pola fe lo concibió y pola fe lo dio al mundo» (S. Agustín, Enchiridion, M., PL 40, 240). Y para dar mayor realce a la fe de María, la ponen en oposición con la incredulidad de Eva.
Del relato de la anunciación se echa de ver que la fe de María fue: una fe virginal, una adhesión cándida, prontísima y plenísima a la palabra de Dios, segura de la realización de la misma, por sola virtud divina; una fe prudente que desea comprender el significado pleno de la palabra divina; una fe triunfadora de todas las pruebas a las que será sometida, especialmente en el tiempo de la pasión de su divino Hijo. Es sentencia bastante común que, durante la pasión y muerte de Cristo, la fe en la divinidad de Cristo permaneció en sola la Virgen, de suerte que entonces Ella sola fue la Iglesia. Esta sentencia, que se halla, por primera vez, en Odón de Ourscamp († 1171), en las Quaestiones escritas hacia 1160 (II, 56, en Pitra, J. B., Anacleta novissima spicilegii Solesmensis, t. II, typis Tuscolanis, 1878, p. 53), en la Edad Media se hizo común (v. Binder, C., Tesis, in Passione Domini fidem Ecclesiae in Beatissima Virgine sola remansisse, iuxta doctrinam Medii Aevii et recentioris aetatis, en «María et Ecclesia», 3 [1959] pp. 368-488). 2) La esperanza de María. Lo mismo que la fe, fue grande también la esperanza en María.
En medio de las mayores pruebas y dificultades se abandonó completamente en las manos de Dios, confiando en Él. Cuando estaba para convertirse en madre de Dios, S. José, ignorante del sublime misterio que se había cumplido en Ella, lleno de angustia, estuvo a punto de abandonarla. Y María se abandonó en Dios y guardó silencio. No fue vana su confianza. Estando ya próxima a convertirse en madre, dio una prueba luminosa de confianza en Dios emprendiendo generosamente el largo y fatigoso viaje desde Nazaret a Belén, y refugiándose en un establo para dar a luz al Hijo de Dios. Se ve desprovista de medios humanos, pero no dudó en lo más mínimo de la ayuda divina que no tardó en llegar. Dio prueba de heroica esperanza cuando partió para Egipto durante la noche, aventurándose sin recursos a un larguísimo y peligrosísimo viaje. Dio prueba de heroica esperanza en las bodas de Caná, cuando, pese a la respuesta aparentemente negativa de Jesús, ordenó sin más a los servidores que hiciesen cuanto Él les mandase.
Ni el amontonarse de las más fieras contradicciones sobre su cabeza, ni el desencadenarse de las más furiosas tempestades fueron capaces de arrebatar a la Virgen aquella celestial tranquilidad, aquel santo abandono que le procuraba su confianza en la ayuda de Dios. Puede decirse que Ella esperó aún «contra toda esperanza» (Rom. 4, 18). 3) La caridad de María. La caridad de María para con Dios es un abismo inexplorable. Ella fue la Reina del amor (S. Francisco de Sales). El precepto de amar a Dios «con todo el corazón» sólo por Ella fue perfectamente cumplido. El amor divino —dice S. Bernardo— de tal manera hirió y traspasó el alma de María, que no quedó parte alguna que no fuese herida de amor (Serm. 29 in Cant.). Su caridad sobrepasó la de todos los ángeles y santos juntos. En efecto, todos los ángeles y santos han amado y aman a Jesús como siervos; María, en cambio, lo ha amado y lo ama como madre. El amor, además, es proporcionado a la pureza: donde hay más pureza hay más caridad. Y nadie fue más puro que la Virgen. Ella y sólo Ella amó a Dios desde el primer instante de su existencia.
Ella y sólo Ella lo amó continua, actualmente, cumpliendo su voluntad en todo del modo más perfecto, aun a costa de los más grandes sacrificios. El amor para con Dios y para con el prójimo se nos impone con el mismo precepto, porque son dos amores indivisibles: el que ama a Dios ama también al prójimo. Como nadie ha amado a Dios más que María, así tampoco ha amado nadie más que Ella al prójimo. Algunas pruebas de este su amor las tenemos en la visita a Santa Isabel y en las bodas de Caná. Pero donde resplandeció como un sol todo su intenso amor a los hombres fue en el Calvario. Ella amó tanto a los hombres, que llegó hasta sacrificar generosamente a su propio Hijo unigénito.
II. Las virtudes cardinales de María. La Virgen ejercitó en el grado más perfecto no sólo las virtudes teologales, sino también las virtudes morales. Éstas son muchísimas, pero se pueden reducir todas a las cuatro virtudes cardinales, a saber: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Son llamadas cardinales porque son como cuatro quicios sobre los que se apoyan todas las otras virtudes. 1) La prudencia de María.
Ella fue la «Virgen prudentísima»: prudentísima en el fin que se propuso de agradar en todo a Dios, de servirlo y amarlo con toda la capacidad de su corazón; prudentísima en los medios por Ella adoptados, elegidos con madurez, circunspección y consejo. ¡Con qué solicitud, por ej. en el momento de la anunciación, indagó María cuáles serían las disposiciones del cielo sobre Ella y, una vez conocidas, con cuánta docilidad las puso en práctica! Y así hizo en todo el curso de su vida. Ella no sólo fue una «de las bienaventuradas vírgenes prudentes», sino que fue también «la primera y la de más brillante lámpara» (Petrarca). 2) También la justicia adornó de un modo singularísimo el alma de María. El profundo sentido de justicia que en Ella reinaba se reveló en toda su manera de proceder, dando escrupulosamente a todos lo que les pertenecía. A la justicia, entendida en el sentido más estricto de la palabra, van unidas otras virtudes y especialmente la de religión y la obediencia. Ambas se hallaron en grado excelentísimo en María.
En Ella se halló la virtud de religión, puesto que desde el primero hasta el último instante de su vida terrena rindió siempre a Dios, con corazón generoso y del modo más perfecto posible a una criatura, la adoración y el homenaje que le son debidos: el homenaje de sus pensamientos, de sus afectos, de sus obras, el homenaje de sí misma, toda entera. En Ella se halló de un modo excelentísimo la virtud de la obediencia, puesto que Ella fue siempre, en toda circunstancia, la «esclava del Señor: ancilla Domini». 3) La fortaleza de María. Una de las aureolas que vivamente resplandecen en la cabeza de María es la de la fortaleza. Ella fue verdaderamente la mujer fuerte, tan elogiada por Salomón. La fortaleza cristiana nace, crece y vive en medio de los dolores y de los mayores peligros. Dos son sus principales actos: el emprender y el soportar cosas arduas, difíciles. Dos son sus más grandes enemigos: el temor y la audacia (S. Theol., II-II, q. 123, a. 6, ad 1). La fortaleza de María fue única en el mundo.
Un amor intensísimo, generosísimo para la gloria de Dios y para la eterna salvación del hombre la movió a emprender, a abrazar con el mayor entusiasmo una vida llena de indescriptibles angustias, y a soportar, no sólo con paciencia, sino incluso con gozo, esas mismas amarguras.
4. La templanza de María. La templanza modera los placeres del gusto y del tacto: el placer del gusto es moderado por la sobriedad, y el del tacto, por la castidad. Y tanto la una como la otra de estas virtudes las tuvo María; pues no habiendo contraído el pecado original, y no teniendo el fomes de la concupiscencia, no experimentó en sí misma aquel atractivo por los deleites sensibles, que es la triste herencia de los pobres hijos de Adán. Ella practicó en sumo grado la sobriedad, porque no gustó nunca sino sólo aquello que era necesario para sostenerla en la vida. Del mismo modo, María practicó la castidad en sumo grado y en su forma más elevada: la virginal. En Ella encontró el Esposo divino todas sus complacencias. BIBL.: Holstein, S. J., Les vertus de Marie, en «La Sainteté de la Mère de Dieu», París, Téqui 1951, pp. 75-82; Berrouard, A. M., O. P., La foi de Sainte Marie - Marie modèle et éducatrice de notre foi, en «Lumière et vie», n. 16, 1954, pp. 19-14; Marianus, L'obbedienza di Maria SS., en «Vita Crist.», 25 (1954) pp. 330-336; O'Connor, E.,
C. S. C., The faith of Abraham and the faith of the Virgin Mary, en «Am. eccl. rev.», 132 (1935) pp. 232-238.