Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

MATERNIDAD ESPIRITUAL

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Además de ser verdadera madre física de Cristo, Hombre-Dios (maternidad divina), María es también madre espiritual de todos los cristiaños, miembros de Cristo. Se trata de un argumento de singular importancia. Dado que la M. E. de María para con nosotros es el fundamento de nuestra piedad filial para con Ella, síguese de ahí que tal piedad filial será tanto más sentida cuanto mejor sea comprendida. Después de haber expuesto algunos preliminares expondremos los fundamentos dogmáticos (Magisterio, Escritura, Tradición y razón teológica) de la M. E. de María. I. Preliminares: precisiones de conceptos y de términos. Para formarse una idea clara y adecuada de la Maternidad de María para con los hombres es necesario ante todo precisar varios conceptos y varios términos. Expondremos, pues, es decir, precisaremos los nueve puntos siguientes: 1) Concepto preciso de «maternidad»; 2) En qué sentido es María llamada Madre espiritual de los hombres; 3) Cotejo entre la M. E. y la Mediación universal; 4) La M. E. de María para con la humanidad e individuos de la misma; 5) El termino conveniente para expresar la M. E. de María hacia los hombres; 6) El fundamento de la M. E. de María; 7) La extensión de la M.

E. de Ma ria; 8) La relación entre la M. E. de María y la M. E. de la Iglesia\ 9) Actitud de los catélicos, de los protestantes y de los ortodoxos frente a la M. E. de María.

1. El concepto preciso de «maternidad». El término «madre» puede ser tomado en tres sentidos: propio, metafórico y jurídico. Madre, en sentido propio, es esencialmente aquella que, a través de la genera ción, coopera a transmitir la vida, específicamente semejante a la que ella posee. Las demás funciones maternas (nutrición y educación de la prole) son secundarias y accidentales y pueden ser ejercidas también por otros, además de la madre. En sentido metafórico, impropio, es llamada madre la que nos ha engendrado sólo metafóricamente, y no propiamente. Así, por ejemplo, darnos el título de «madre» a la patria, es decir, al país en que hemos nacido. Llamamos «madre» también a una mujer que, sin ser nuestra madre, nos ama acomo una madres. En sentido jurídico, una mujer puede ser llamada «madre» por dos títulos: por adopción (cuando adopta por hijo a un nifio en gendrado por otros), por donación (por ej., cuando el padre natural confía el hijo a una mujer, a fin de que ejerza sobre él los oficios de madre) y por federación (por ej., la suegra, que por afinidad es llamada amadres).

En estos tres casos de maternidad jurídica se excluye la generación (requisito esencial para tener una madre en sentido verdadero y propio) y sólo queda el ejercicio de los oficios maternos (nutrición, educación, etc.).

2. En qui sentido es llamada María madre espiritual de los hombres. María es llamada «madre de todos los hombress, no en sentido metafórico, ni siquiera en sentido jurídico (en su triple forma), sino en sentido verdadero y propio, o sea, en el sentido de que ha cooperado, por medio de una verdadera generación, a comúnicamos la vida, no la vida de la naturaleza, sino la de la gracia (participación misteriosa, pero verdadera de la vida y naturaleza» divina). El hombre —como es sabido— fue creado por Dios con la vida sobrenatural de la gratia;. debido al pecado pcrdid esa vida para si y para todos sus descendientes (de los cuales era cabeza). La misión de Cristo y de Mar/a fue precisamente la de redimir, es decir, de regenerar a la humanidad para la vida sobrenatural de la gracia, perdida con el pecado, mediante la encamación, la pasión y muerte. Esta restauración de la vida espirituales llamada regeneración, renacimiento (Jn. 3, 5; 6-7). La vida de la gracia que de Elios dimana a los hombres fue por Elios merecida y, por consiguiente, es algo propio que Elios nos transmitieron.

Se puede preguntar si por el hecho mismo de que María es «Madre de Cristo», es decir, si en virtud de la sola matemidad divina (de la encarnación) podemos llegar a la con clusion de que Ella es también, de una manera completa, en sentido estricto, madre de todos los cristiaños, de todos aquellos a quienes Cristo ba regenerado para la vida sobrenatural de la gracia. Responden afirmativamente a esta pregunta el P. M. Lla mera, O. P. (La matemidad espiritual de María t, en «Est. Mar.», vol. 3, Madrid 1944, pp. 73-78), y el P. Bernard, O. P. (Le misfire de Marie..., Paris 1933, pp. 21-30), el P. Simonim, O. P. (La Mediation mariale ou Ma ternity spirit uelle de Marie?, en «La vie spirituelle», vol. 38 [1934] pp. 99-100), etc. El P. Llamera fund a su respuesta afirroativa sobre dos argumentos: sobre la maternidad divina y sobre la plenitud de gracia que se deriva de la misma. El primer fundamento —según el P. Llamera— está constituido por la matemidad divina.

Razona así: aLa encamación constituye a Cristo en Cabeza de los hombres y a dstos en miembros suyos incorportndolos y regenerindolos en Els; sMaría, por su matemi dad divina, es causa eficaz e inmediata de nuestra incorporation y regeneration en Cristo» (art. cit., p. 91). Cristo, en efecto, queriendo satisfacer tx toto rigore iustitiae, para redimimos debfa ante todo constituirse en parte de la f«milia humana para asumir, ante Dios, su representation juridica. Eso lo hizo mediante la encamación que le constituyO hermano de los pecadores, y por consiguiente, su representante ante Dios. Segun esto, como la encamación sc obtuvo mediante la matemidad divina, también en virtud de la matemidad divina han sido incorporados los hombres a Cristo y sobrenaturalmente regenerados en El. Contra este razon«miento se puede alegar (Cf. Sebastian, W., The Nature of Mary's Spiritual Maternity, en oMar.-St.s, 3 [19521 pp. 30-34) que el concepto de Cabeza de la humanidad, según el AngOlico (S. Th. P III, q. 8, art. 1) supone una triple prioridad sobre los miembros: de dignidad (o de oróen), de perfection, de virtud (o influjo).

Las dos primeras prioridades (la de dignidad y la de perfection) son inseparables de la unión hipostitica y, por consiguiente, están incluidas en la encarnación, la cual se da mediante la matemidad divina. Pero la tercera (el influjo sobre los miembros de su cuerpo místico) no se da adecuadamente en virtud de la encarnación, sino en virtud de la redención. Indudablemente, de la unión hipostática procede la plenitud de la gracia en Cristo y de esta plenitud la gracia capi tal de Cristo. No obstante, hay que tener presente que esta gracia capital («gratia capitis») en virtud de la encarnación sólo se da en acto primero, es decir, en cuanto significa la capacidad de influir en los miembros de su cuerpo místico, mas no en acto segúndo, o sea, en cuanto que realmente influya en los mismos. Para que se efectiie este influjo, a la gracia capital hay que añadir otro elemento: el sacrificio de la cruz, porque sin 01 la humanidad no es todavía regenerada a la vida sobrenatural de la gracia, y, por consiguiente, el influjo de su gracia capital no se extiende todavía por los miembros de su cuerpo místico.

Por lo mismo, Cristo, como Cabeza en acto primero (o sea, de iure), viene a ser represen tante del gOnero humano que como tal puede satisfacer por él en todo rigor de justicia. Pero como Cabeza en acto segúndo (o sea, de facto) influye efectivamente en los miembros de su cuerpo místico, en toda la humanidad, regenerdndola con su muerte salvadora para la vida sobrenatural de la gracia, pues sólo entonces se realiza (con la redención) la regeneración espiritual de la misma. Por consiguiente, sólo la encamación, sin la redención (sin la muerte salvadora del Verbo encarnado) no regenera sobrenaturalmente, de un modo adecuado, a la humanidad. Síguese, pues, de ahí que la sola maternidad divina, paralelamente, no basta para constituir a María en Madre espiritual de la humanidad en sentido estricto, o sea, de una manera directa e inmediata.

Para que la Virgen pueda Uamarse Madre espiritual de los hombres en sentido estricto, de una manera directa e inmediata, es necesario que a la maternidad divina se una la corredención, su participación inmediata en el sacrificio redentor y regenerativo del Hijo, su cooperación inmediata al cumplimiento de la redención (y no solamente al principio de la redención, o sea, a la encarnación). El segúndo argumento del P. Llamera está fundado en la aplenitud de gracia» de María, a María —dice— fue Jlena de gracia en razón de su maternidad divina. La pienitud de gracia de María derivada de la divina maternidad la habilita y la constituye formalmente en madre de los hombres» (art. cit., p. 110). Contra este argumento puede alegarse que si es verdadero que María fue llena de gracia por razón de su maternidad divina, no es igualmente verdadero que fuese formalmente constituida por madre de los hombres a causa de la misma plenitud de gracia (Cf. Sebastian, art. cit., p. 28).

En efecto, la plenitud de gracia (procedente, en María, de la divina maternidad) la hacfa apta para hacerse formalmente madre espiritual de los hombres y para volcar sobre ellos la plenitud de su gracia, pero no la constituia como tal en acto. Se requeria en María la corredención y la asociación al sacrificio Salvador de Cristo, sacrificio que El inicid en Nazaret al entrar en el mundo (Hebr. 5, 5-10) mediante Nuestra Señora y que consumd en el Calvario, con su muerte de cruz, en presencia de María y con su cooperación, poco después de haberla proclamado madre espiritual de toda la humanidad. Mediante la pasión de Cristo y la compasión de María, la humanidad fue plenamente regenerada para la vida sobrenatural de la gracia (Cf. Card. Ldpicier, Tracta tus de Bcatissima Virgine María, Matre Dei, ed. 5. a, Romae 1926, p. 455). Por consiguiente, la corredención inmediata, es decir, la asociación al Redentor en la regeneración sobrenatural de la humanidad, cons tituye a María, en sentido estricto, de un modo pleno y perfecto, en madre espiritual de los hombres. Más aun; es el acto la función principal de la M. E. de María.

En pocas palabras: así como Cristo se convierte en Cabeza de la humanidad radicalmente (inicialmente) con la encarnación y formalmente con la redención, así María se convierte radicalmente (inicialmente) en madre espiritual de los hombres con la maternidad divina (encarnación) y formalmente con la cooperación a la redención.

3. La M. E. confrontada con la media ción universal. Sobre este punto se impone otra precisión: la M. E. áse identifica con la mediación (o sea, cooperación a la adqui sición de la gracia y cooperación a la distri bución de la misma), o bien se distingue de la misma?... No están de acuerdo los doctores. A nuestro parecer, la mediación tomada en sentido adecuado, se identifica con la M. E. de María (tomada también en sentido adecuado) sea hacia la humanidad (engendrada en Nazaret y dada a luz en el Calvario), sea hacia cada uno de los miembros de la humanidad (engendrado en el bautismo que señala el ingreso en la Iglesia militante y dado a luz mediante la gracia de la perseverancia final que señala el in greso en la Iglesia triunfante)’ M. E. y me diación universal son, pues, dos tlrminos que expresan una iddntica realidad. Por tanto, no se distinguen entre sf con distinción real, sino $élo con distinción de razón, como dos aspectos de una misma realidad. Ldgicamente (prioridad lógica) viene en primer lugar la M. E. y luego (posterioridad lógica) la mediación, la cual —repetimos— no es otra cosa, en concreto, que el ejercicio de la M. E.

4. La M. E. para con la humanidad (la Iglesia) y para con los individuos de la humanidad (cada uno de los miembros de la Iglesia). Para mayor claridad y complenjento de ideas es oportuno distinguir entre la M. E. de María para con la humanidad (en sus fases: principio y consumación) y la M. E. de María para con los individuos de la humanidad (considerada también ésta en sus dos fases: principle y consumación, concepción y parto); o bien, en otros términos, es oportuno distinguir la M. E. para con la Iglesia y para con cada uno de los individuos de la misma. Puede preguntarse: ¿cuindo concibid la Virgen espiritualmente (primera fase) y dio a luz (segunda fase de la maternidad) a la humanidad (la Iglesia)?

La Virgen concibid a la humanidad para la vida sobrenatural de la gracia cuando concibid a Cristo, Cabeza de la humanidad, porque en aquel momento tuvo principio la regeneración sobrenatural de la humanidad, o sea, la concepción de la misma para la vida sobreoatural; y dio a luz a la humanidad en el Calvario, en el momento de la muerte física de Cris to (destructora de la muerte moral del pecado) y de su muerte mfstica, porque en aquel momento tuvo su consumación la re generación sobrenatural de la humanidad. Puede, además, preguntarse: i cuindo concibid la Virgen (primera fase) y dio a luz (segunda fase de la maternidad) a cada hombrel La Virgen concibid a cada hombre, es decir, a cada miembro de la humanidad, en el bautismo (porque la gracia del bautismo, como todas las otras gracias, pasd por las maños de María); y los dio a luz para la perfecta vida sobrenatural (la vida de la gloria, desarrollo de la vida de la gracia) en el momento en que somos inlroducidos en el cielo (porque el don de la perseverancia final que abre las puertas del cielo, como todas las otras gracias, pasa por las maños de María). La M.

E. para cada uno de los miembros de la humanidad corresponde perfectamente a la llamada redención subjetiva (verdadera regeneración sobrenatural de cada uno de los miembros), mientras que la M. E. para con la humanidad co rresponde a la llamada redención objetiva (verdadera regeneración sobrenatural de toda la humanidad). Así como la Virgen cooperd en el principio (en Nazaret) y en la consu mación (en el Calvario) de la regeneración de la humanidad (o sea, en la llamada redención objetiva), así coopera en el principio (con la gracia del bautismo, que es in corporation a Cristo y participación de su vida sobrenatural) y en la consumación (con la gracia de la perseverancia final y el ingreso en el cielo) en la regeneración espiritual de cada uno de los miembros de la humanidad. As(como la llamada redención subjetiva no es otra cosa que la aplicación dt la llamada redención objetiva, asi la M. E. para con cada uno de los miembros de la humanidad no es otra cosa que la aplicación a cada uno de los individuos de la M. E. para con toda la humanidad. La M. E. para con la humanidad era actual, en cambio para cada uno de los miembros de la humanidad sólo era potencial.

Por eso se efectda con el bautismo (al ingresar en la Igle sia) y después con la entrada en el cielo, de un modo actual, para cada uno de los indi viduos humaños, lo que se habfa efectuado de un modo potencial, primeramente en Nazaret y después en el Calvario. En Naza ret y en el Calvario, los individuos de la humanidad sólo quedaron insertados de un modo potencial en Cristo; en cambio, en el momento del bautismo (del ingreso en la Iglesia militante) y en el momento de la entrada en el cielo (en la Iglesia triunfante) quedan insertados en El de un modo actual: imperfecto (concepción) en el momento del bautismo; perfecto (nacimiento) en el momento de su entrada en el cielo. Sobre la M. E. de María para con cada uno de los miembros de la humanidad (los miembros de la Iglesia) escribid espléndidamente el P. Francisco Poird (1637). Pone de manifiesto que María «queda libre de sus hijos espirituales cuando los da a luz para el cielo; por consiguiente, Ella los lleva a su lado mientras están en la tierra, en espera de una condición mejor.

De ahí se sigue que, así como el nino que todavfa no ha nacido no toma alimento alguno fuera del que ha pasado por la boca de su madre, y que ha digerido ella en el estámago, así también mientras estamos aquf abajo no se nos comúnica ninguna gracia que no haya sido impetrada por la Virgen con su plegaria» (La triple couronne de la bienheureuse Vierge Marie, Mere de Dieu, Paris 1858, t. Ill, p. 58). Otro tanto ensena el P. G. B. Novati (1648): «De dos modos principalmente parece scr Madre de los fieles la Bienaventurada Virgen: primero, cuando con su caridad coopera a su nacimiento espiritual mediante la gracia; y, segúndo, cuando con su patrocinio los conduce a la vida eterna y gloriosaD {De eminentia Deiparae, t. I, c. 18, q. 25). Mucho más preciso y prof undo se muestra sobre esto el Santo de Montfort: «Dios Hijo quiere formarse, y por decirlo asi, encarnarse, todos los días por medio de su querida Madre, en todos sus miembros» (Tratado, n. 31; BAC [1954] p. 452).

El santo contrapone el nacimiento sobrenatural del cristiano (individuo) al nacimien to natural de Cristo: ambos nacen de la misma Madre, María. aSi Jesucristo, que es la Cabeza del glnero humano, nacid de Ella, los predestánados, que son los miembros de esta Cabeza, deben también, como consecuencia necesaria. nacer de Ella. Una misma madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza: de lo contrario, lo que esa madre diera a luz sería un monstruo de la naturaleza; de igual modo, en el oróen de la gracia, la cabeza y los miembros nacen de una misma madre; y, si un miembro del cuerpo místico de Jesucristo, es decir, un predestánado, naciera de otra madre que no fuese María, la que ha producido la Cabeza, no sería un predestánado ni un miembro de Jesucristo, sino un monstruo en el oróen de la gracia» (ibid., n. 32; p. 453). aSe le pueden aplicar a María con más verdad que San Pablo se las aplicaba a si propio, estas palabras: Quos iterum partu rio, donee formelur Christus in vobis: Yo produzco todos los días a los hijos de Dios, hasta que Jesucristo, mi Hijo, sea formado en ellos, en la plenitud de su edad.

San Agustín, excedigndose a si mismo y a todo lo que yo acabo de decir, afirma que todos los predestánados, para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios, mientras permanezean en este mundo, est&n ocultos en el seno de la Santísima Virgen, en el cual están guardados, alimentados, mantenidos y desarrollados por esta buena Madre, hasta que Ella los saque a la luz de la gloria despuls de la muerte, que es, con toda propiedad, el dia de su nacimiento, como la Iglesia llama a la muerte de los justosn (ibid., n. 33; pp. 453-454). En resumen: la cristiandad fue concebida en acto con el «Fiat» de Nazaret, y fue dada a la luz en acto por María con el a Fiats del Calvario. Por su parte los crist iaños (o sea, cada uno de los miembros de Cristo), concebidos en potencia en Nazaret y dados a luz en potencia en el Calvario, son concebidos en acto por María mediante la gracia regeneradora del santo bautismo, y dados a luz en acto por la misma mediante la gracia de la perseverancia final en el momento de su entrada en la gloria del cielo.

Desde el momento del bautismo (conception) hasta el momento de su entrada en el cielo (parto, nacimiento) son místicamente llevados como en el seno por María, en donde, mediante las gracias actuales, son nutridos y se desarrollan hasta haber alcanzado la plenitud de la edad de Cristo. Ya en el siglo v puso de manifesto San León Magno cierta analog s entre la fuente bautismal y el seno virginal de María. Para ensalzar la singular dignidad del bautismo decia asi: ePara cada hombre que renace (a la vida sobrenatural de la gracia) el agua del bautismo es como un seno virginal, porque el Espíritu que llena la fuente (bautis mal) es el mismo que llend a la Virgen, para que el pecado alii evacuado desde la misma conception sagrada, sea aqui desatado con la ablución» (Serm. 24, 3, PL 3, 206).

5. Término aducido para significar la M. E. de Marta para con los hombres. La matemidad de María para con los hombres se suele llamar corrientemente M. E., ma temidad sobrenatural, maternidad de gracia, etc. Marracci enumera más de un miliar de titulos que expresan dicha matemidad (Polyanthea Maríana,

L. II, ed. Coloniae Agrip., 1693, t. 2, pp. 11-38). No ha faltado empero quien la ha querido llamar maternidad humana (Cf. Blanch, A., C. M. F., Maternidad humana de María, Barcelona 1906). Como consecuencia de una polémica sobre tal titulo (entre el «Boletin Official» del Arzobispado de Santiago de Compostela y la ilustración del Clero»), el S. Oficio, en carta del 23 de marzo de 1908 dirigida al cardenal Casafias, reprobaba semejante titulo, por de suyo equivoco y necesitar de una explication, siempre que ésta no se desprenda del mismo contexto. Asi, por ejemplo, Pio XI hacia resaltar en un discurso da intima union que media entre la redención y la maternidad humana de Marías (Cf. L'Osservatore Romano, 5 de abril de 1934). Aqui el equivoco desaparece por el mismo contexto, porque se habla de la maternidad que resulta de la redención, o sea, de la M. E. sobrenatural.

La Maternidad de María para con los hombres no recibe la denomination de los hombres, sino de la vida que Ella da a los hombres: la vida espiritual, la vida sobrenatural de la gracia. La vida divina de la gracia se inserta en la vida humana de la naturaleza.

6. El fundamento de la M. E. de María. Este fundamento se basa en nuestra incor poración a Cristo, en virtud de la cual la vida sobrenatural de la cabeza se difunde por los miembros. Mediante la encarnación (y, por consiguiente, mediante la maternidad divina de María) Cristo se convierte radical e inicialmeote en cabeza nuestra (y nosotros en miembros suyos), se hace capaz de regeneramos para la vida sobrenatural de la gracia perdida con el pecado, y da comienzo a nuestra regeneration. Después, mediante la redención, es decir, mediante su sacrificio redentor (al cual se asotid intimamente María, como nueva Eva, Corredentora) se hacia ya formalmente y de modo total nuestra cabeza, o sea, nos engendraba, con María, a la vida sobrenatural de la gracia, y completaba tal regeneración.

7. La extensión de la M. E. de María. Como el fundamento de la M. E. de María est& constituido por la pertenencia de todas las criaturas intelectivas al cuerpo místico de Cristo, siguese de ahi que esa maternidad se extiende tanto cuanto se extiende el más tico cuerpo de Cristo, o sea, en proporción con la pertenencia de las criaturas al mismo. Y Cristo es cabeza de todas las criaturas, aunque de diferente modo. De algunas, en efecto, es cabeza en acto, de otras sólo en potencia, y de otras ni en acto ni en potencia.

Cristo es cabeza en acto de los fieles pecadores, just os y bienaventurados, aunque en diverso grado: de los primeros, esto es, de los pecadores, los cuales sólo están unidos a Cristo por medio de la fe, Cristo es cabeza y, por consiguiente, María es Madre, de una manera imperfecta; de los segúndos, es decir, de los justos, los cuales no sólo están unidos a Cristo con la fe, sino también con la caridad imperfecta (propia de la vida actual de trinsito), Cristo es cabeza y, por consiguiente, María es Madre, de un modo relativamente perfecto; de los terceros, o sea, de los bienaventurados —ángeles y hombres—, los cuales están unidos a Cristo mediante la caridad perfecta de la patria, de tal manera que no pueden separarse ya de Él, Cristo es cabeza y, por consiguiente, María es Madre, de una manera absolutamente perfecta. De otros Cristo es cabeza (y, por consiguiente, María es Madre) solamente en po tencia, actuable o no actuable. Es cabeza en potencia actuable de aquellos que no tienen vinculo alguno con Él, pero están predestánados a ser un dia sus miembros místicos y, por tanto, hijos de María; tal son, por ej., los infieles que se convertirln.

Es cabeza en potencia, pero que nunca pasard al acto, de los que no cooperarán nunca a la gracia, o sea, que nunca llegarán a ser miembros de Cristo y, por tanto, ni hijos de María, aunque por otra parte podrían Uegar a serlo. Sélo los condenados —ángeles y hombres— no son ni serin jamás miembros de Cristo —ni en acto ni en potencia— y, por tanto, no son ni serin jamás hijos de María.

8. La M. E. de María y la M. E. de la Iglesia. Ya en los albores del cristianismo presentan los Padres a la Iglesia —lo mismo que a María— como Madre espiritual de los hombres. Asi S. Ambrosio afirma que solamente Cristo adebia abrir el escondido seno de inmaculada fecundidad de la Santa Virgen Iglesia, a fin de que engendrase los pueblos para Dios» (Expositio in Lucam, 2, 57, PL, 1655). Y en otra parte: aCon El (con Cristo) se desposó la Iglesia, la cual, llena del Verbo y del Espíritu Santo de Dios, dio a luz al cuerpo de Cristo, y al pueblo cristiano» (Ibid., 3, 38, PL 15, 1647). S. Agustín, siguiendo las huellas de su maestro S. Ambrosio, escribia: «A semejanza de la Madre de Cristo, ella (la Iglesia) engendra diariamente a sus miembros (los cristiaños) y es virgen» (Enchiridion, 34, PL 40, 249). Cesireo de Arlés, inspirlndose en su gran maestro S. Agustín, escribia: «¿No vemos en la figura de María un simbolo (typus) de la Santa Iglesia?... Ella (la Iglesia) es, pues, la Esposa de Cristo y la Madre de los pueblos» (Serm. 121, PL 39, 1989, entre las obras de S. Agustín). S. Pedro D«miano: a Madre es María, Madre es la Iglesia...

Por la primera sólo una vez vino Cristo a la luz en persona, por la segunda nacen cada dia sus miembros» (Sermo 63, de S. Joanne Ev., PL 44, 861). Hoy decimos comentemente: «María, nuestra madre» y da Iglesia, nuestra madre». Por consiguiente, son dos las nuevas Evas: María y la Iglesia. iTenemos, pues, dos madres espirituales diferentes, separadas, o bien solamente distintas porque existe entre ellas un vinculo intimo y secreto? ¿En qué sentido son llamadas «madre» espiri tuales de los hombres» la Iglesia y María? (v. Iglesia y María), María es madre espiritual de los hombres y esposa de Cristo (en la regeneración sobrenatural de los hombres) en un oróen mucho más alto y elevado que la Iglesia. María, como redimida (mejor: prerredimida) por Cristo, es también miembro místico de Cristo, por más que sea el más eminente (algo asi como el cuello), es la primera cristiana; mientras que como corredentora de los hombres es madre del cuerpo místico de Cristo. «María —dice Berengaudo— es madre de la Iglesia porque dio a luz a la cabeza de la Iglesia, y al mismo tiempo hija de la Iglesia, de la que es el mayor de los miembros» (Exposit. in Apoc., PL 17, 960).

María es, además, «esposa de Cristo» en la regeneración misma de la humanidad (en el oróen de la llamada redención objetiva)> en tanto que la Iglesia es Esposa de Cristo sólo en la aplicación de la regenera ción sobrenatural a cada uno de los miembros de la humanidad (o sea, sélo en el oróen de la llamada redención subjetiva). Existe, pues, entre la M. E. de María y la de la Iglesia, una diferencia, no sólo de grado, sino de oróen, una diferencia de especie. Entre Cristo y María existe una unión mucho más fntima que la que existe entre Cristo y la Iglesia. María, en efecto, está unida de un modo inmediato a Cristo, en cuanto esposa de Cristo y madre espiritual de los hombres, mientras que la Igle sia está unida a Cristo sólo de un modo indirecto, o sea, mediante María (cuello por medio del cual todos los demás miembros están unidos a la cabeza, a Cristo). Síguese, pues, de ahi que la M. E. de la Iglesia depende de la M. E. de María, porque de ella le viene su consistencia, su vigor, su fuerza. «La Iglesia —dice Scheeben con frase lapidaria— obra a causa de María y en virtud de María, y María continda obrando en la Iglesia mediante la misma» (Dogmatik, III, n. 1819, p. 618).

La Iglesia jerirquica y visible, con la administración de los sacraroentos a los fieles (miembros místicos de Cristo), obra distintamente, pero no separada e independientemente de Ma ria, puesto que apUca la gracia merecida también por Ella (junto con Cristo). Como la Iglesia visible (con su cabeza visible) es distinta, pero no dividida o sepa rada de la Iglesia invisible (y de su cabeza invisible), asi la acción generadora de la Madre Iglesia visible es distinta, pero no dividida o separada de la acción generadora de María, madre invisible. Asi, pues, son dos aspectos que no van separados, sino distintos tan sólo, con el único fin de unirlos mejor.

9. La postura de los catélicos, de los protestantes y de los ortodoxos frente a la M. E. de María. 1) Los catélicos. Comiinmente admiten la M. E. de María en el sentido que hemos explicado. Pero no ha faltado, recientemente, quien ha van ado teológicamente el significado del término «M. E.», reduciendo toda su realidad a un simple a simbolo» inventado por el pueblo cristiano para expresar la intercesión de María respecto de todas las gracias. Según eso, a la Virgen se la llamaría madre nuestra espiritualmente, no precisamente por serlo, sino únicamente porque hace de madre nuestra impetrándonos las gracias que necesitamos. He aqui el texto: «Para expresar esta gran rea lidad (la de la intercesión de todas las gracias) el pueblo cristiano ha andado en busca de otros simbolos tomados de cuanto pudiera experimentarse o imaginarse de más bello. Así, experimentando el cuidado afectuoso con que una madre distribuye entre sus hijos lo que necesitan, el pueblo cristiano ha querido llamar a María con el nombre de madre, ya que tanto se preocupa por distribuir sus gracias entre nosotros, como a hijos suyos» (Sac. G.

Andreolli, Le bast dogmatiche per costruire una vera devozione a María, Trento 1954, p. 33). Como se ve, aqui se limita la M. E. de María a los oficios secundarios y acci dentals de una matemidad (tener cuidado de la alimentation y formation de los hijos mediante la impetración de gracias actuates) y se excluye el oficio principal y esencial: el de engendrar, de transmitir la vida sobrenatural de la gracia. Otro vacio semejante parece que suponcn aquellos teOlogos que se empenan en negar la cooperation inmediata de María a la llamada redención objetiva (la cual se identilica con la regeneración de la humanidad para la vida sobrenatural de la gracia perdida con el pecado). 2) Los protestantes. Si se tiene presente que Lutero y sus secuaces reducen la gracia santificante a una justification solamente extrinseca, que se alcanza mediante la sola fe en Cristo Redentor, se comprende cómo el término de «madre», por ellos concedido a María tiene que quedar vacio de toda vida sobrenatural de la gracia divina, y verse restringido a la sola fe que, uniendo imperfectamente a Cristo Cabeza hace imperfectamente hijos de María. Otro tanto hay que decir de los antiguos anglicaños.

Sin embargo, algunos anglicaños modemos (Mascall, Hoskyns, Frost, Jenks) admiten la M. E. de María (Cf. Bertetto, María e i protestanti, Roma 1957, pp. 208209). También el teélogo luterano modcmo Hans Asmussen ha llegado a admitir esta verdad (ibid., pp. 210-211). Tal es la tendencia comiin de los anglicaños que están influidos por el catolicismo, como, por ejemplo, G. D. Carleton (Mother of Jesus, Londres, p. 94). «Nosotros —escribe él— tenemos necesidad de aprender a amar a la madre de Jesús, porque su madre es también madre nuestra, ya que somos miembros de su cuerpo.» Junguikel escribfa con un lamento sintomótico: «La Iglesia evangOlica (protestante) se muere de frio. Tiene necesidad de una madre: María» (Was fehlt der evángelische Kirche, en «Die Post» del 19 de noviembre de 1919). Incluso el luterano Carlos van Hase no ha dudado en reconocer que otorgados generosamente por María a los hombres, el santo pontífice da el primer puesto a la M. E. para con los mismos. Dice; «¿No es María la madre de Cristo? Por consiguiente (igitur), es también nuestra madre. Porque hay que sentar que Jesils, Verbo hecho came, es a la vez Salvador del gdnero humano.

Pero en tanto que el hombre-Dios tiene un cuerpo como los otros hombres, como redentor de nuestra raza tiene un cuerpo espiritual, o, como se dice, místico, que no es otro que la sociedad de los cristiaños unidos a PI pola fe. Muchos formamos en Cristo un cuerpo (Rom. 12, 5). Pero la Virgen no concibid sólo al Hijo de Dios para que, recibiendo de Ella naturaleza humana, se hiciese hombre, sino también para que, mediante esta naturaleza recibióa de EUa, fuese el Salva dor de los hombres. Lo cual explica las palabras de los ángeles a los pastores: «Hoy os ha nacido un Salvador, que es Cristo Señor» (Lc. 2, 11). También en el casto seno de la Virgen, donde Jesús tomó carne mor tal, adquirió un cuerpo espiritual, formado por todos aquellos «que debfan creer en Él; y se puede decir que, teniendo a Jesús en su seno, María llevaba en él también a todos aquellos para quienes la vida del Salvador encerraba la vida. Por lo tanto, todos los que estamos unidos a Cristo, somos, como dice el Apdstol:, «miembros de su cuerpo, de su came y de sus huesos» (Ef. 5, 30). Debemos decimos originarios del seno de la Virgen, de donde salimos un día a semejanza de un cuerpo unido a su cabeza.

Por eso somos Uamados, en un sentido espiritual y místico, hijos de María, y Ella, por su parte, nuestra Madre comtin. «Madre espiritual, sf, pero madre realmente de los miembros de Cristo, que somos nos otros» (S. Aug., De s. Virginitate, c. 6, n. 6). Si, por lo tanto, la bienaventurada Virgen es, a la vez, Madre de Dios y de los hombres, ¿quién puede dudar que Ella emplee toda su influencia cerca de su Hijo, cabeza del cuerpo de la Iglesia (Col. 1, 18), a fin de que derrame sobre nosotros, qtie somos sus miembros, los dones de su gracia, especialmente el de que le conozcamos y vivamos por el? (I Jn. 4, 9).» (Cf. Doctrina Pon tificia, IV, Documentos mariaños [BAC] Madrid 1?54, pp. 369-370). Mds abajo, hablando de la contemplación de la Virgen Inmaculada» como de estfmulo para los hombres en lo que se refiere al amor del prdjimo, el santo pontífice les recuerda su Madre espiritual comiin diciendo: aAparecid un gran prodigio —así narra Juan la visión que le mostrd Dios— en el cielo: una mujer vestáda del sol, con la luna a sus pies, y con una coro na de doce estrellas en su cabeza» (Ap. 12, 1).

Nadie ignora que esta mujer significa la Virgen María, quien, sin mancilla para su integridad, engendrd a nuestra Cabeza. Y el apóstol prosigue: cEstando encinta, gritaba al dar a luz, y sufria dolores de parto» (Ap. 12, 2). » San Juan vio, por lo tanto, a la santisima Madre de Dios gozando ya de la etema felicidad, y, sin embargo, en los dolores de un misterioso alumbr«miento. $iQué alumbramiento? El nuestro seguramenle; el de nosotros, que, retenidos todavfa en este destáerro, tenemos necesidad de ser engtndrados en el perfecto amor de Dios y en la etema felicidad. Cuanto a los dolores del parto, señalan el ardor y el amor con que María vela sobre nosotros desde lo alto del cielo y trabaja con infatigables oraciones en llevar a su plenitud el ntimero de los elegidos» (ibid., pp. 379-380). Ex«minemos brevemente estos dos textos. En el primero se habla de la M. E. de Ma ria para con la humanidad; en el segúndo, de la extensión y aplicación de la misma a coda uno de los ntiembros de la humanidad.

En virtud de la primera, nosotros, como miembros de la humanidad, chemos salióo» potencialmente a del seno de María»; mientras que en virtud de la segunda (estando ya Ella en la gloria del cielo) nos lleva actualmente con aintenso amort en su seno, hasta tanto que nos haya dado a luz para el perfecto amor de Dios y para la a etema felicidad». M. E. para con la humanidad. Se funda, no sólo en la Maternidad del Dios-Hombre (en virtud de la cual Cristo tiene un cuerpo f'tsico), sino también, y sobre todo, en la Maternidad del Redentor (en virtud de la cual Cristo tiene un cuerpo espiritual). De ahi se sigue, por tanto, que semejante matemidad espiritual (correlativa a la capitalidad de Cristo) se inicid con el «Fiat» de Nazaret (cuando el Hombre-Dios comenzd a redimirla) y se complete después con el aFiat» del Gélgota (cuando Cristo realizd la redención de la humanidad). La Maternidad de la Virgen para con el HombreDios estaba oróenada —según S. Pfo X— a la maternidad del Redentor de la humanidad (que se hizo perfectamente tal sobre el Calvario con el sacrificio de la cruz). M. E. respecto de cada uno de los miembros de la humanidad.

Se inicia (concepción) con nuestra actual incorporación a Cristo (mediante la fe y el bautismo), o sea, con nuestra entrada en la Iglesia militante; y se completa (nacimiento) con nuestra en trada en el cielo, o sea, en la Iglesia triunfante. Durante todo este periodo de nuestra vida terrena —según S. Pfo X—, es decir, a durante nuestro exilio» somos engendrados por María cpara el perfecto amor de Dios y para la felicidad etema» y, por consiguiente, somos como espiritualmente llevados en el místico seno de su intenso camor maternal». Tal generación espiritual de los hombres apara el amor perfecto» y para la cetema felicidad», durard hasta que el tntimero de los elegidos sea completo», o sea, hasta el fin del mundo: por eso también en el cielo María sufre los místicos dolores del parto. En la enciclica de S. Pfo X —como vemos— se encuentra esbozada toda la doctrina de la M. E. Pfo XII precisa adn más la M. E. de María para con la humanidad y para con cada uno de los miembros de la misma.

En la carta apostélica Ex hoc, ut ait (del 25 de marzo de 1950) afirma: «Como dice San Buenaventura, por haber sido hecha la Virgen María madre de Dios, fue hecha tambiin madre de todcis las criaturas; por lo cual se levantan por el mundo muchfsimos templos dedicados a tan gran Madre» (Cf. H. Marin, S. L, Doctrina Pontificia, IV, Documentos mariaños, ibid., pp. 627628). La «gracia hace hijos de María, imdgenes de su divino Hijo». Ella es «Madre amantisima de todos». En el radiomensaje Cest avec une douce, al Congreso Maríano Nacional Canadiense, decia: cCuando la virgencita de Nazaret balbuced su fiat al mensaje del ángel y el Verbo se hizo carne en su seno, Ella fue no sólo Madre de Dios en el oróen físico de la naturaleza, sino también, en el sobrenatural de la gracia, se proclamd madre de todos los que, por medio del Espíritu Santo, constituirin un solo cuerpo con su divino Hijo por cabeza. La madre de la Cabeza se convertiria en madre de los miembros (Cf. San Agustín, De sancta virginitate, c. 6: PL 40, 399). La madre de la vid lo sería también de los sarmientos» (Doc. Pont., p. 603). Ella es «nuestra verdadera madre, puesto que por medio de Ella se nos dio la vida divina».

En la encfclica Mystici Corporis hallamos afirmado: a...unida siempre estrechfsimamente con su Hijo, lo ofrecid, como nueva Eva, al Eterno Padre en el Gélgota, junta» mente con el holocausto de sus derechos matemos y de su matemo amor, por todos los hijos de Adán, mancbados con su deplo rable pecado: de tal suerte que la que era madre coiporal de nuestra Cabeza, fuera, por nuevo titulo de dolor y de gloria, madre espiritual de sus miembros» (ibid., p. 562). En la enciclica Mediator Dei, parte III, Pio XII anade: del Apocalipsis a la Iglesia, antes que a María y su M. E. para con los cristiaños. Tambign esta escena del Apocalipsis se entrelaza con la escena del Edén, del mismo modo que el cumplimiento de una profecía se entrelaza con la misma profecía. Hay, en efecto, un paralelismo perfecto entre las dos escenas: tanto en la una como en la otra la serpiente diabélica aparece en lucha contra la «mujern y contra su «linaje» o «descendencia» (Cristo y los cristiaños); en una y en otra escena se expresa el triunfo de la «mujer» y de su alinaje» sobre la serpiente diabélica. Genesis 3, 14»15 «Dijo Dios a la serpiente...

Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Apocalipsis 12, 9; 13, 17 «La antigua serpiente, llamada diablo o Satands... sc dio a perseguir a la mujer. Pero fudronle dadas a la mujer dos alas de dguila grande, para que volase al desierto... lejos de la vista de la serpiente. Se enfureció el dragón contra la mujer, y fuese a hacer la guerra contra el resto de la descendencia, contra los que guardan los preceptos de Dios y tienen el tesdmonio de Jesús.» De las cuatro escenas bfblicas que hemos considerado —la del Edén, la de Nazaret, la del Calvario y la del cielo—, fntimamente enlazadas, resalta luminosa la M. E. de María. Mientras las tres escenas primeras subrayan la M. E. de María respecto de la humanidad, la cuarta subraya la misma matemidad respecto de cada uno de los individuos de la humanidad.

3. Fundamentos tradiciónales. Daremos, cronológicamente, los textos más notables: 1) de la Edad Antigua o Patristica (ss. ii-ix); 2) de la Edad Media (ss. ix-xvi); 3) de la Edad Moderna (ss. xvi-xix); 4) de la Edad Contemporónea (ss. xrx-xx). 1) En la Edad Antigua o Patristica. En el s. n habla S. Ireneo del apuro seno (de María) que regenera a los hombres para Dios» (Adv. haer., 4, 33, 11, PG 10, 80): es el concepto exacto —el término aun no— de la M. E. de María respecto de los hombres. En el s. m tenemos en Orígenes al primer cscritor que da a María el dulcfsimo título de «madre» refiridndose a los hombres. He aquf sus palabras: aOsamos afirmar que las primicias de todas las Escrituras son los evángelios; y el primero de los evángelios es el de S. Juan: nadie puede comprender su sentido de no haberse reclinado sobre el pecho de Jesús y haber recibióo a María, convertida de este modo en su propia madre. Y quien quiera convertirse en otro Juan ha de ser tal que, lo mismo que de Juan, pueda Jesús decir de 41 que también 41 es un Jesús.

Y como María —según los que piensan rectamente de Ella— no tuvo otro hijo que Jesús, Jesús dice a su madre: “He ahí a tu hijo”, y no: “He ahí, éste es tu hijo”, que es como decir: “Este es Jesus, a quien has engendrado”. Efectivamente, el que es perfecto, no vive ya por sf mismo, sino que es Cristo quien vive en 41, y porque Cristo vive en 41, se dice de 41 a María: “Este es tu hijo, Cristo” (Comm, in Joan., I, 6, PG 14, 32). En estas palabras, tomadas en su significado más obvio, Orígenes afirma: 1) que el IV evángelio —el de S. Juan— es el más perfecto de los cuatro evángelios; 2) para comprender el IV evan gelio es necesario ser, espiritualmente, otro Juan, es decir, poder reproducir en si mismo sus dos notas caracterfsticas: a) la de haber reclinado la cabeza sobre el pecho de Jesús (o sea, ha de ser amado de un modo singular por Jesús); b) la de haber recibióo de Él, por Madre, a María (es decir, ha de sentir que a 41 se dice como a Juan: “He ahí a tu Madre”).» Por consiguiente, cuanto más semejante sea a Juan (o sea, cuanto más amado sea uno de Jesús y más tenga por Madre a María) tanto más penetrard en el profundo significado del IV evángelio.

Por lo mismo, no puede menos de verse en el Jesús de Orígenes una afirmación, aunque sólo sea en germen, de la M. E. de María. Hay que reconocer que todavfa hay cierta distancia que recorrer hasta llegar al desarrollo que darán a esta feliz intuición origenista S. Ambrosio y luego, en el s. xii, Ruperto de Deutz. Pero es innegable la intuición que tuvo Orígenes de la M. E. de María. Tal es también la interpretation de H. Holstein, S. J., en «Et. Mar.», 9 (1951) p.

22. Nos parecen desprovistas de sélida base las razones alegadas en contra por el P. E. Vismara, S. D. B., en «Salesianum», 7 (1945) pp. 7»8, 97-143, y las alegadas por el P. C. Vagaggini, en María nelle opere di Origene, Roma 1942, p. 114 ss., seguido de Koclcr, en Maternity spirituelle de Marie, en Du Manoir, I, p. 583. En el s. iv son dignos de particular mención los testámonies de S. Epifanio, de S. Nilo y de S. Ambrosio. a) S. Epifanio se pregunta, lleno de admiración, de qué modo es Jlamada Eva, despugs del pecado, «madre de los vivientes». Y explica el misterio diciendo que Eva, madre de todo el ggnero humano, fue una figura de María, porque apor la Virgen María se introdujo la Vida misma en el mundo, de manera que Ella dio a luz al Viviente y es Madre de los vivientes (Adv. haer. t 78, 18 ss., PG 42, 728). b) S. Ambrosio, haciéndose eco de Orígenes al comentar las palabras de Cristo: «He ahí a tu hijo... He ahi a tu madre...», dice así: aCristo hacfa testamento desde la cruz y repartia entre la madre y el discfpulo los deberes de piedad.

No sólo hacfa el Señor un testamento publico, sino también un testamento domístico, y este testamento designaba a Juan como digno testágo de tan excelso testador. Un buen testamento, no de dinero, sino de vida eterna: un testa mento no escrito en tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo...» (PL 16, 3653). Del examen de este texto ambrosiano resulta: 1) las palabras: aHe ahí a tu hijo... He ahí a tu madre...», son —segrin S. Ambrosio— i in testamento, el testamento del Señor; 2) este testamento tiene dos aspectos, es decir, es al mismo tiempo publico y privado: el privado se referfa a Juan, al cual encomendaba la filial custodia de su madre; mientras que el piiblico (indicado también con las sobredichas palabras: «He ahí a tu hijo... He ahí a tu madre...»), era un testa mento no de dinero, sino de vida eterna (a la que no se llega sino mediante la vida de la gratia), escrito, no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo, y, por consiguiente, que transciende a la persona de S. Juan y se extiende a todos los hombres. De este modo ya S. Ambrosio habría conciliado aquella doble interpretación del texto de S.

Juan que algtin día habría de darse: la interpretación material (testamen to privado: recomendación de María a los cuidados filiales de S. Juan) y la espiritual (testamento publico: promulgación de la maternidad de María para con todos los hombres).

c) S. Nilo afirma que María «es presentada como verdadera madre de todos los que viven según los preceptos del evángelio» (Epist., lib. I, 266, PG 77, 178 D), es decir, de todos los cristiaños, seguidores de Cristo. Aquf se subraya el adjetivo calificativo averdaderao. En el s. v merecen especial atención los testámonios de S. Agustfn, de S. Jerdnimo y de un escritor apderifo sobre la Dormición de María.

a) S. Agustfn expresa el mismo concepto, que es en el fondo una lógica extensión del concepto paulino sobre Cristo cabeza de la Iglesia. En el libro De sancta Virgi ndtate (n. 5, PL 40, 398) distingue entre la maternidad física o corporal de María respecto de Cristo, y su M. E. respecto de los hombres, en cuanto son miembros de Cristo cabeza: «EUa —dice— es madre espiritual, no del Salvador, sino de los miembros del Salvador, que somos nosotros, porque ha cooperado con su caridad al nacimiento de los fieles en la Iglesia, los cuales son miembros de la cabeza, y de esta cabeza es Ella madre verdadera y coiporal.s El Cristo total, segiin S. Agustfn, est$ constituido por Cristo y por nosotros: aAdmir«mini, gaudete, Christus facti sumus. Si enim caput ille, nos membra; lotus homo, ille et nosj (Tract. XXI in Joan., n. 8, PL 35, 1568).

Por tanto, siendo la Virgen madre del Cristo total, es madre tanto de Cristo como nuestra: madre de Cristo corporalmente y madre nuestra espiritualmente. Dice, además, el Santo Doctor que la Virgen es «madre de todos los miembros de Cristo, que somos nosotros» (De Virginitate, c. 6, PL 40, 399).

b) S. Jerdnimo pone en labios de la virgen Blesila (cuya pdrdida lloraba su madre, Paula) las siguientes palabras: aCon? suélate, pues yo al presente no estoy sola; aquf, lejos de ti, que eres mi madre terrena, he encontrado otra madre, la del cielo, que es madre del mismo Dios» (Epist. 39, ed. de Viena, vol. IV, p. 307). El apocrifo R (de fines del s. v o de comienzos del Vi) da varias veces a María el título de «mad re de los hombresp. S. Juan llama a María «madre de los doce ramos», los doce apóstolcs (Cf. Wenger, A., L’Assomption de la T. S. Vierge dans la Tradi tion Byzantine du VP au X e sikcle, Paris 1955, § 16, p. 220), «mi madres (L. c., § 21, p. 222), «nuestra madre» (L. c., § 27, p. 227). Más abajo los apóstoles la llaman «madre de todos los que se salvanp (L. c., § 28, p. 227); S. Pedro habla de la benevolencia apara con nuestra madre Marías (L. c. § 31, pp. 228, 230). En el s. vi son dignos de nota S. Fulgencio de Ruspe y Theoteknos de Livias. a) S. Fulgencio de Ruspe subraya la universalióad de la matemidad de María y el fundamento de la misma: la generación.

En efecto, presenta a María ageneradora del Creador, y hasta de todas las cosasu {Epist. 17, 3, 6, PL 65, 455), y, por consiguiente, «madre universal».

b) Theoteknos, obispo de Livias (hacia fines del s. vi), no sólo llama a María amadre de todost, sino que incluso da la razón: «porque su unico Hijo ha llamado hermaños a sus disci pul os d (Theotekni episcopi Uviadis laus in Assumptionem B. M. V., n. 9, en Wenger, A., op. cit., p. 276). En el s. vn tenemos a S. Modesto de Jerusalén, a S. Sofronio de Jerusalén y a S. Juan de Tesaldnica, los cuales subrayan, más o menos claramente, la naturaleza de la avidas que nos ha sido proporcionada por María, madre nuestra.

a) S. Modesto de Jerusalén afirma que a el gobernador del mundo ha salvado por medio de María al gdnero humano de la inundación de la impiedad y del pecado, y también por medio de Ella le ha dado la vida» C Encomium in B. Virginetn, 3, PG 86, 3287). Y exclama: aOh beatfsima dormición de la gloriosfsima madre de Dios, por me dio de la cual de nuevo hemos sido creados mfsticamente y convertidos en templo del Espíritu Santos (L. c., 13, col. 3307).

b) S. Sofronio de Jerusalén tiene esta frase lapidaria: aLlevando en tu seno, oh María, al que es Padre del mundo, en tu glorioso seno llevas el mundos (PG 88, III, 3, 398). c) S. Juan de Tesaldnica pone en labios de los apóstoles la siguiente expresión: «Madre de todos los que se salvans (Homil. in Dormit., PO 19, p. 444). En el s. vni, S. Juan Damasceno pone en labios de la Virgen esta dolorosa suplica por sus hijos, los hombres: aOh Cristo, en mi partida (de este mundo) sb el consuelo de más carisimos hijos, a los que tu no vacilaste en llamar hermaños tuyos» {Homil. 2, in Dormit 16, PG 99, 746). Ambrosio Autperto (781) apunta en sus escritos a los verdaderos fundamentos teoIdgicos de la M. E. de María. En el comentario In Apocalypsim pone este funda mental principio en la solidaridad existente entre Cristo y los cristiaños: aCristo unid a si mismo a la Iglesia de tal modo, que el esposo y la esposa sean una misma persona, y la cabeza y los miembros sean justamente llamados un solo cuerpo» {Maxima Bibliotheca Pat rum, XIII, Lyon 1677, página 463).

Una vez asentado este principio fundamental, saca las conclusiones siguientes: el continuo crecimiento del cuerpo místico mediante el alimento de la divina palabra; la comúnicacibn de las propiedades de la cabeza al cuerpo, y del cuerpo a la cabeza (en Él, en la cabeza, todos los miembros se sentarán en el juicio); las relaciones de María, madre de Cristo cabeza, con todos los miembros del cuerpo místico: aEn su dichoso regazo la Iglesia se unid con su cabeza p (ibid., p. 530), es decir, que todos nosotros —según se expresd el Apdstol— somos auno solo en Jesucriston {Gélatas 3, 28), o sea, atodos uno solo en Unop. Autperto desarrolla este concepto con cierta amplitud en el Sermo de Purification B. M.: (María) «ofrece al Señor de los profetas al profeta (Simeón), al dnico a uno; más aun, ofrece a todos en uno, la que dio a luz para todos al mismo Salvador.

En efecto, aun ahora no cesa de ofrecer a Aquel a quien Ella engendrd, y con sus santas intercesiones hace unir a los elegidos con el Redentor.

Ella efectivamente se preocupa de los hijos que la divina gracia asocia a Cristo (aOmnes enim filios deputat, quos divina gratia Christo consociat»). i,Cómo, pues, no ha de ser madre de los elegidos Aquella que ha cngendrado al hermano de ellos? Digo m»s: Si Cristo es hermano de los creyentes, ápor qué Aquella que ha engendrado a Cristo no ha de ser madre de los creyentes? Por lo cual te ruego, oh beatfsima Virgen, que con tus preces nos sea Cristo ofrecido, ya que no sabes tener envidia de los hijos, ni tienes en cuenta los insultos de los hijos, de los cuales no eres honrada como es debido. Pues la que es vencida por el amor materno siempre tolera la irreverencia de sus hijos. Favorece, pues, con tus preces a los que has engen drado en uno, por más que sean indignos de tantos mlritos (aindignos... quos in Uno genuisth). Suplica a tu unico Hijo por los excesos de muchos» (PL 89, 1297). En este fragmento se expresa, ante todo, nuestra sobrenatural solidaridad con Cristo: nosotros hemos sido engendrados por María, «todos en Uno», porque estamos unidos a El y somos una sola cosa con Él, del mismo modo que los miembros están unidos a la cabeza y constituyen un solo cuerpo con la cabeza.

La unión de todos nosotros con Cristo y la consiguiente M. E. de María es un resultado de la gracia (aomnes filios deputat, quos divina gratia Christo consociats). Si Cristo es hermano de los creyen tes, María es la madre de los creyentes («si Christus credentium frater, ipsa credentium maters). Dada la unidad de los cristiaños (miembros) con Cristo (cabeza), se sigue que el amor y la solicitud de María a Cris to, su hijo, se extiende también a los cristianos, sus hijos (v. Piolanti, A., o Credentium Mater». Un notevole testo mariologico di Ambrogio Autperto, en «Euntes Docetes, 6 [1953] pp. 49-52). Resumiendo: en la Edad Antigua o Patnstica, la M. E. de María para con los hombres se encuentra ya expresada con una discreta precisión de conceptos y términos, que todavfa no son ex«minados con profundidad y amplitud. Esta tarea corresponderd —como veremos— a la Edad Media. 2) En la Edad Media (ss. IX-XVI). En el s. ix la doctrina de la M. E. de María hace notables progresos con Jorge de Nicomedia. Es el primero en comentar explícitamente, en sentido espiritual, las palabras pronunciadas por Jesucristo en la cruz (Jn. 19, 26).

Parafrasea así las palabras del Crucificado: «Así tienes a tu lado al «migo que se reclind sobre mi pecho..., ponte en mi lugar permaneciendo con él y con los que están con él. Te encomiendo también en él al resto de más discfpulos... S 6 para todosellos lo que una madre es por naturaleza... iOh excelente honor de discfpulo!... Ahora yo la constituyo por madre y gufa, no solamente para ti, sino también para el res to de los discfpulos, y quiero por encima de todo que Ella sea honrada con la dignidad de madre... A pesar de que yo os he prohibido dar a nadie el nombre de Padre en la tierra, quiero que a Ella le deis el nombre de madreB (Sermo in S. Maríam assistentem Cruci, PG 100, 1476cd-1477b). Para más aclarar la singular importancia de este texto, obsdrvese: 1) la energfa con que se afirma el título de «madre» nuestra dado a María: aQuiero por encima de todo —dice Cristo— que Ella sea honrada con la dignidad de madrei>; 2) la M.

E. de Ma ria se extiende, a través del discfpulo amado, a todos los demás discfpulos de Cristo: «Te encomiendo también en él (Juan), al resto de más disci pul os»; y no hay motivos suficientes para restringir el tlrmino de dis ci pulos dnicamente a los discfpulos reunidos en el cendculo, ya que poco» antes, el mismo Jorge de Nicomedia repara en que Cristo, adiciendo hijo» («He ahí a tu hijo») le recoród «el nuevo e inefable parto» que se referia, evidentemente, a todos los hombres; 3) la expresión, en sfntesis, de los oficios de la matemidad de gracia de María: ofidos anélogos a los de la maternidad na tural. Así, pues, con Jorge de Nicomedia, la doctrina de la matemidad de María para con los hombres da un gran paso adelante. En el s. x, Juan el Gedmetra (de la segunda mitad del s. x) exclama dirigiéndose a la Virgen: «Oh comtln y nueva madre; nueva no sólo porque eres madre del nuevo hombre y Dios, ni tinicamente porque has engendrado de un modo admirable al nuevo hombre, sino también porque has aparecióo como madre nuestra, aun más que nuestras madres, más que todas y cada una dá las madres, más que nuestra madre, una madre que nos ama más que cuanto puede decirse...

Tu eres lo que la palabra no puede expresar, lo que el tiempo no puede agotar, lo que el pens«miento no puede expresar. iOh don de Dios a los hombres y tributo de los hombres a Dios, don de Dios a la humanidad y tributo de la hurtianidad a la divinidad»,Oh plenitud de grapias de la Trinidad, y, despuis de la Trinidad, reina de todas las cosasl... Pero hoy, más que nunca, visita a tu heredad, protege a tu pueblo, hijo tuyo por la gracia y tu amado, tu grey, que el Hijo ha adquirido para si con su pasión y con su sangre y que ál te ha donado, y al cual tii has hecho tuyo por tus luchas y tus cuidados, hasta ahora, que lo has adoptado, y al que aun al presente sigues alimentando y dando el crecimiento, a cada uno en particular y a todos conjuntamente, con el fin de que todos lleguen a ser un solo cuerpo y un solo hombre en la perfección espiritual, con una sola cabeza, Cristo, tu Hijo. Dignate, pues; llamar a este rebafio y guiarlo. Tú ves en qui estado se encuentra, cómo está enfermo en su cuerpo, en sus bienes, en su alma, presa de las guerras y de los males pdblicos y privados, internes y extemos... Mas Tu eres nuestra madre, impldrartos el perdón...

ReconcUiaños entre nosotros y con tu Hijo, no sélo con tu seguridad de madre, sino también con tus suplicas y ligrimas. Tú que otorgas el dar y el recibir, porque el darte a ti es recibir. Tu que multiplicas los favores a quien a ti te hace un favor» (Joannis Geometrae laus in Dormitioneni B. M. Virginis, ed. Wenger, A., op. cit. t nn. 66-71, pp. 410-414). En este magnffico texto (descubierto hace algunos ahos) está contenida en sintesis toda la doctrina sobre la M. E. de María para con los hombres.

En efecto: 1) se determina la haturaleza de dicha matemidad: se trata de una nueva matemidad que da a luz «al hombre nuevo» (revestádo de la gracia, despuis de la redención), en oposición al «hombre viejo» (privado de la gracia, despuis de la prevaricación); el pueblo es «su hijo por la gracia»; 2) se determina el fundatnento de tal matemidad: la generación: «tu has engendrado de un nuevo modo al hombre nuevo»; se apunta asimismo al místico cuerpo de Cristo, a cuyos miembros sigue Ella alimentando y haciendo crecer, a fin de que todos lleguen a ser un solo cuerpo y un solo hombre en la perfección espiritual, con una sola cabeza, Cristo; 3) se alude a las palabras con que Cristo proclamd desde la cruz esta maternidad t puesto que se habla del pueblo «que el Hijo ha adquirido para si con su pasión y con su sangre, y que ál le ha dona do»; 4) se pone de relieve la excelencia de tal matemidad, ya que es Ella «nuestra madre, aun más que las madres, más que todas y cada una de las madres, más que nuestra madre»; 5) se subraya la matemidad para con cada uno de los miembros de la humanidad, no sélo en lo pasado «hasta ahora», sino cincluso en lo presente»; 6) se ponen de relieve los cuidados maternos para con «cada uno en particular y con todos conjuntamente».

Ella los ) la contribución del P. PoirO, del P. G. B. Novati y, particularmente, del santo de Montfort al desarrollo de la doctrina de la M. E. de María respecto de cada uno de los miembros de la humanidad. 4) En la dpoca contemporónea (siglos XIX-XX). En el s. xix se comienzan a públicar monograffas completas sobre nuestro tema. Asi el P. Pedro Jeanjacquot, S. J., públicaba en 1868 un estudio muy sélido con el titulo Simples explications sur la cooperation de la ires sainte Vierge d Voeuvre de la Redemption et sur sa qualiti de Mdre des Chretiens (Albanel 1868), obra que se tradujo después al italiano (1876), al inglds (1869) y al espafiol (1873). Es una obra verdaderamente fundamental para nuestro argumento. Otra obra bisica es la del P. Joaquin Ventura (v.), teatino, La Madre di Dio Madre degli uomini, ovvero, spiegazione del mistero della Santissima Vergine a pie della Croce (Roma, 2. a ed., 1845). En el s. xix surgen, además, en la Iglesia varios institutes o asociaciones religiosas que, con la aprobación apostélica, expresan en el mismo título la M. E. de María o la correlativa filiación.

Se cuentan cuatro congregaciones de hombres y nada menos que 56 de mujeres, que en el mismo titulo ex presan su filiación mariana. Y no hay que olvidar a la aPla Unión de las Hijas de Marías difundida por todo el mundo, que cuenta con un gran mimero de asociadas. De este modo el término y la doctrina de la espiritual y universal maternidad de Ma ria van penetrando cada vez más en la vida cristiana. En nuestro siglo xx, ya en sus mismos comienzos (1902), el P. Terrien públicaba un trabajo cMsico sobre la materia, una verdadera mina de ideas y de textos: La Mdre des hommes, en dos voliimenes. Armonias racionales. En la espiritual y sobrenatural maternidad de María para con los hombres, la razón, iluminada pola fe, ve la más alta conveniencia, ya sea respecto de Dios, ya respecto de los hombres. 1) Respecto de Dios. La M. E. de María respecto de los hombres se nos presenta como convenientlsima por parte de las tres Divinas Personas.

a) Es muy conveniente, ante todo, por parte del Padre, el cual tiene un solo Hijo según la naturaleza e innumerables segiin la gracia, es decir, por adopción. En consecuencia, es conveniente que, as! como se asocid con la Virgen en la generación de su Hijo, asi también se asociase con Ella en la regeneration de los hijos adoptivos, de suerte que la que habia sido su compafiera en la fecundidad de la naturaleza, lo fuese también en la fecundidad de la gra tia; y de este modo no sólo el Primogdnito, sino todos los demás hijos tendrfan un mismo padre y una misma madre. Bossuet desarrollO magistralmente este punto funda mental en las CEuvres orat. (t. II, pp. 351 ss., ed. Destáne, 1890). Hace ver cómo en Dios, lo mismo que en las criaturas, «hay dos fecundidades: la primera la de la naturaleza, la segunda la de la caridad»; con la fecundidad natural engendra eternamente a su Hijo natural; con la fecundidad de la caridad engendra a sus hijos adoptivos.

Ma ria participa de esta doble fecundidad de Dios Padre; participa de la fecundidad na tural engendrando al Hijo de Dios asociada a la generation eterna del Padre; participa de la fecundidad de la caridad engendrando a todos los cristiaños, sus hijos, con su caritativa cooperación a la obra dolorosa de nuestra redención.

b) Es muy conveniente, en segúndo lugar, por parte del Hijo, el cual no podrfa decirse plenamente nuestro hermano si sólo tuviese de comtin con nosotros el padre y no tuviese también la madre; no nos habrfa hecho participes de cuanto El tenia, si juntamente con los otros bienes no nos hubiese dado también la madre, que es lo rods querido que tenia. Por tanto, fue conveniente que despuOs de habOrsenos dado a si mismo bajo las especies eucaristicas, nos diese también su madre.

c) Es, finalmente, muy conveniente por parte del Espíritu Santo, el cual actua asi en la generation física de Cristo, Hijo na tural de Dios (Lc. 1, 35), como en la rege neration espiritual de los hijos adoptivos, regeneration que es una simple prolongación y como el natural complemento de la ge neration natural del Hijo de Dios, es decir, de Cristo, con lo cual queda constituido el Cristo total. Es, pues, conveniente que la Virgen, asi como fue compafiera del Espíritu Santo en la generación del cuerpo físico de Cristo, asi también lo sea en la regeneration de su cuerpo místico, y que segiin fue su compafiera en la generación de la cabeza, sea también su compafiera en la generación de sus miembros. 2) Respecto de los hombres. Si la M. E. de María fue muy conveniente por parte de Dios, no lo fue menos por parte de los hombres. Esta gran conveniencia se colige de la analogia existente entre el oróen na tural y el oróen sobrenatural, ya que la gra tia (que es el principio del oróen sobrenatural) no destruye, sino que perfecciona la naturaleza.

Por consiguiente, fecil es comprender cómo las necesidades de la vida sobrenatural son anélogas a las de la vida natural, y asi como en la vida natural nos ha dado Dios un padre y una madre, asi también era conveniente que en la vida espiritual nos diese un padre y una madre. Tanto m is cuanto que sólo en el cielo alcanzaremos la plenitud de la edad, cuando nuestra caridad haya llegado a su perfection en la vision beatifica. Durante la vida terrena somos como niflos todavía sin nacer, desprovistos de autonomia, necesariamente dependientes de la madre, que, despuOs de habemos concebido para la vida sobrenatural de la gratia, deberl desarrollarla progresivamente hasta que nos haya dado a luz. El P. Joaquin Ventura ha desarrollado magistralmente este punto en la I parte, capitulo 3 de la obra citada, pp. 32-40. aEstl fuera de duda —dice entre otras cosas— que el oróen natural y corporal es en su misma realidad el simbolo y la figura del oróen sobrenatural y divino.

En realidad, a la redención del mundo por la efusión del Espíritu de Dios sobre los frios corazones de los hombres se la llama en la Sagrada Escritura nueva creación, Emitte Spi rit um tuum et creabuntur (Sal. 104), Sed nova creatura (2 Cor. 5); ya a nuestro nacimiento a la fe y a la gracia se le llama generación y afortunado nacimiento que viene de Dios: Genuit nos verbo vitae (Sant. 1), Qui ex Deo nati sunt (Jn. 1). »Pero como donde hay semejanza e identidad en los vocablos hay semejanza e identidad en las ideas y en las cosas, se ve claro por el lenguaje de los Libros Santos que la vida de la gracia se transmite, se mantiene y se perpetiia por medios sin duda nobilisimos, sublimes, pero al mismo tiempo analogos a los medios por los que se perpetua la vida de la naturaleza, y que existe una generación enteramente espiritual y divina por la que nacemos para el cielo, del mismo modo que hay una generación carnal y humana por la que nacemos para la tierra; y as! como esta vida comenzd por un hombre asociado a una mujer por Dios creador, así también la vida espiritual tuvo que tener principio de un hombre asociado a una mujer por Dios redentor.

Esto equivale a decir que, así como en el oróen na tural, además del padre, principio de la vida, hemos tenido una mad re, por medio de la cual se nos ha transmitido la vida, así también en el oróen espiritual, además de un padre, principio y autor de la gracia, que es Jesucristo, debfamos tener asimismo una madre, por medio de la cual se nos diese la gracia, y esa madre es María. 9 El Dios de bendición y de bondad, que en el oróen temporal ha querido dar a todo hombre en la madre carnal un lazo de unión, un canal de beneficencia, una mediadora de reconciliación, un medio de defensa, un motivo de confianza y de amor ante el padre terreno, no podía menos de dar a todo cristiano, en el oróen espiritual, en el que ha derramado con mayor abundancia la riqueza de su misericoróia, una madre espiritual, un lazo de unión, un canal de beneficencia, una mediadora de reconciliación, un medio de defensa, un fundamento de confianza y de amor ante el Padre ce lestáal Y no es posible ni siquiera concebirse, sin hacer injuria a la infinita piedad de Dios que ha querido copiosa y abundantemente redimimos, Copiosa apud eum re demptio (Sal. 129), que para nuestras necesidades temporales haya querido proporcionamos un remedio, un socorro, un consuelo en nuestra madre terrestre, y que luego no haya querido hacer por lo menos otro tanto por nuestras necesidades espirituales, y que no nos haya dado la consolación, el alivio, la asistencia y la mediación de una madre celestáal.» BIBL.: Marvullt, I., O.

F. M. Conv., María madre del Cristo místico. La M. E. de María nel suo concetto teológico integral, Roma 1948. 68 pp.; ««Est. Mar.» de 1948. vol. VII, está todo 6) consagrado a la M. E. de María; Geenen. G.. O. P.. Marie notre mère, en «Maríanum», 10 (1948) pp. 317-352; Koehler, Th., S. M., Maternité spirituale de Marie, en Du Manoir. I, pp. 573-600; el vol. III de «Mar.-St.» (1951) y los vols. I y II de La maternité spirituelle de la B. V. Marie, de la (Soc. Canadienne d’Et. Mar.'). Ottawa 1958, están dedicados por completo a la M. E. (En el vol. I. pp. 157-172. se halla una completa bibliografía. obra del P. Lamirande.)

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