GRACIA DE MARÍA
En el primer instante de su existencia terrena, María, además de haber sido preservada de la culpa original (santidad negativa), fue también llena de gracia santificante (santidad positiva), particjpación de la naturaleza divina. En torno a la gracia santificante concedida en aquel primer instante a la futura Madre de Dios, surgen principalmente dos cuestiónes, de no escaso interds teológico, a saber: 1) en qu 6 cantidad la recibib; 2) de qu 6 modo la recibió.
1. En qué cantidad recibió María la gracia santificante. Para darse una idea de la cantidad (no de mole, sino de virtud) de la gracia santificante recibióa por María en el primer instante de su existencia, los teólogos suelen parangonarla con la de los demás santos, considerados ya individual, ya colectivamente. Todos están de acuerdo en admitir que la gracia inicial de la Virgen supcrd no sólo a la gracia inicial de cualquier ángel o santo, sino también la gracia final. Del más» mo modo, están moralmente de acuerdo todos los teólogos en admitir que la gracia inicial de María superb a la gracia inicial de todos los ángeles y santos considerados colectivamente. Los pareceres de los teólogos no están de acuerdo cuándo se trata de determinar si la gracia inicial de María superd también a la gracia final de todos los Ángeles y santos tomados colectivamente. La mayor parte de los teólogos, antiguos y modernos, lo creen así. Sen bien pocos los que lo niegan. La sentencia afirmativa tiene más sólida base tanto en el Magisterio Eclesidstico como en la razón teolbgica.
En la Encíclica «Ad Coeli Reginamo Pío XII enseña explícitamente que María ffdesde el primer instante de su concepción fue colmada de una abundancia de gracia» superior a la de todos los santos d. A la autoridad del Magisterio Eclesids tico ordinario se suma la razón teológica Semejante abundancia de gracia inicial parece reclamada por el principio fundamenta de la mariología: la maternidad universal o sea, la maternidad para con el Creadoi y todas las criaturas. La reclama, ante todo su maternidad para con Dios. La gracia, en efecto, estA proporcionada con tres cosas: con la dignidad a la que uno es destánado, con el amor con que Dios ama y con la proximidad con El (fuente de la gracia). Y como la dignidad a la que fue predestinada la Virgen (ser Madre de Dios), el amor con que Dios la ama (la amO como a madre) y la proximidad de María con Dios supera a la dignidad, a la dilección y a la proximidad a Dios de todos los Ángelcs y santos tomados conjuntamente, se sigue en consecuencia que la gracia inicial de María tuvo que superar a la gracia de todos los Ángeles y santos tomados conjuntamente. La reclama, en segundo lugar, su espiritual maternidad para con todos: Ángeles y hombres.
La que estaba destinada desde el primer instante de su existencia a comunicar la vida sobrenatural de la gracia a todos los Ángeles y hombres, debfa superar a la gracia de todos ellos desde el primer mo menta. «María —ha escrito el P. Bouyer— presenta en los orígenes de la Iglesia, como condensada en una persona, la misma per fectíon que debe extenderse, al final, entre la multitud de los creyentes reuniós en el Onico» (Le culte de la Mire de Dicu dans I'Eglise catholique, Chevetogne 1950). Esta plenitud de gracia que adornO a la Virgen desde el primer instante de su existencia terrena continud creciendo siempre, durante todo el tiempo de su estancia en la tierra, hasta el tArmino de la misma, alcanzando una plenitud casi rayana con lo infinito. Hablando de este continuo aumento de gracia en María, se nos puede objetar: la Virgen fue proclamada allena de graciaw al ser saludada por el Ángel en el día de la anunciación; si estaba llena de gracia, «».cdmo pudo aumentarla mAs todavía? Se responde que no sólo en el día de la anunciación, sino tambiAn en el primer ins tante de su vida terrena, estuvo allena de gracia».
Llena de gracia, no en sentido absoluto, y por tanto incapaz de aumento (como lo fue erigidarigióan N. S. Jesucristo), sino en sentido relalivo, es decir, de acuerdo con su capacidad subjetiva. María fue, pues, allena de gracia a en su conceptíon inmaculada, llena de gracia en el momento de la encamación del Verbo, llena de gracia al final de su vida terrena. Pero una plenitud era mAs perfecta que otra. En su Concep tíon, se trataba de esa plenitud que se requerfa como primera disposición a la futura dignidad de Madre de Dios; en el momento de la encarnación del Verbo, fue una ple nitud apropiada a la actual Madre de Dios, y está plenitud fue mAs perfecta que la primera; al tArmino de su vida terrena fue uoa plenitud coronada por la plenitud de la gloria, y está plenitud superO a todas las demAs, alcanzando el más alto grado, lo mAs que puede alcanzar una criatura. En sentido lato y en su gAnero, está plenitud de gracia se puede llamar ainfinitan. A un vaso colmado, nada se puede aftadir, siempre que permanezca lo que es; m«as si la capacidad del mismo aumenta, no hay ningún inconveniente en que se le eche mAs lfquido. Así fue María.
Aunque llena de gracia desde el primer instante de su conceptíon inmaculada, podía crecer mAs y mAs en gracia, ya que su capacidad para recibirla iba aumentAodola Dios según se iba llenando. De está forma pudo Ella cre cer en gracia, en el verdadero sentido de la palabra, hasta el fin de su existencia te rrena.
2. De que modo recibió María semejante plenitud de gracia. Suele preguntarse si fue santificada la Virgen en el primer ins tante de su conceptíon inmaculada (o sea, si recibió una tal plenitud de gracia) de una manera inconsciente (como los niños en el santo bautismo) o mAs bien de un modo consciente (como los adultos en el Sacra mento de la penitencia), disponiAndose con actos conscientes de fe, esperanza y caridad. El Magisterio EclesiAstico se calla respecto de está cuestión. La Escritura y la Traditíon hacen otro tanto. No queda, pues, otro recurso que el de la razón teológica. Entre los teólogos, unos lo afirman y otros lo niegan, aunque son mAs los que lo afir man que los que lo niegan. A partir del s. XVi, la sentencia afirmativa puede llamarse ahistoricamente» comun. Los argumentos aducidos por los sobredichos teólogos en favor de este privilegio maria no (el uso de la razón desde el primer instante de su existencia) son tomados de los diferentes principios de la mariología, particularmente de los de eminencia, conveniencia y analogía.
En virtud del principio de eminencia, no se puede razonablemente negar a María lo que ha sido concedido a otros, y habiándose concedido ese privilegio (al menos con toda probabilidad) a S. Juan Bautista, como consta por la Sagrada Escritura y por la Tradición, no se le puede razonablemente negar a María. En efecto, el gozo que demuestra el Bautista, todavía en el seno de Isabel, ante la voz de María, fue una verdadera exultación, real, en sentido propio, procedente del conocimiento que él tuvo de la presencia del Mesías y de su madre; mientras Isabel saludaba a la a madre del Señora, el Bautista saludaba «al Señor» mismo, del cual estaba destánado a ser pre cursor. Tal es la interpretación dada por la tradición católica a la «exultación» del Bautista. «Toda la tradición católica —ha puesto de relieve el P. Buzy—, desde los orígenes hasta el fin de nuestros días, atribuye a un conocimiento racional el movimiento de gozo percibido por el pequefio precursors {Saint Jean-Baptiste. Etudes historiques et critiques, París 1922, p. 84).
Además, en virtud del principio de con veniencia, se debe conceder a la Virgen, Madre de Dios y Reina del universo, una santificación perfecta, y no podría llamarse así una santificación hecha de modo inconsciente. Finalmente, en virtud del principio de analogía o semejanza con Cristo, al uso de la razbn tenido por Cristo desde el primer instante de su concepción (y mantenido después en lo sucesivo) debid corresponder iddntico don concedido por Dios a María en previsión de los méritos de Cristo, del que Ella había de ser dignfsima madre, semejante a él en todo cuánto es posible scrlo. Podemos decir que tampoco carece de fuerza, en esto, el principio de asíngularidad» o trascendencia. María, en efecto, así como era. singular, única en la dignidad de su másión, así se nos presenta también singular, única en los privilegios. Así coi aventaja a todos los demás en grandeza, los aventaja también a todos en los doi y en los privilegios recibióos de Dios.
Las consecuencias lógicas del singular j vilegio del uso de la razón concedido a Virgen desde el primer instante de su e» tencia fueron tres, a saber: 1) una verdad«cooperación de María a la propia sant cación, medíante los actos de fe, de es; ranza y de amor; 2) un verdadero mérito como consccuencia de tales actos sobrei turales; 3) un estado de íntima y altisi unión con Dios desde su inmaculada c«cepción, con la consiguiente transformaci del alma, según la voluntad, en la voluni misma de Dios, y bajo su entera dep«dencia.
Del uso de la razón, concedido —c toda probabilidad— a María desde el j mer instante de su vida terrena, en el mási instante en que recibía una verdadera p nitud de gracia, se derivan varias consecu cias maravillosas referentes a la Virgen sus relaciones con Dios, a saber: Ella, de: aquel primer instante, conoció clarament Dios, su existencia, su infinita belleza, infinita bondad, adem&s de las tres Persoi de la Santísima Trinidad; desde aquel mer instante amo Ella a Dios con todo corazón, sobre todas las cosas, más «todos los Ángeles y santos tomados de c«junto; Ella, en fin, desde aquel primer i tante, se consagró total y perennementi Dios, como su sierva; más aún, como «esc]ava». BIBL.: Naijlaerts. J.. De graciae plenltudint María, en.. Collect. Mechlin.», 3 0929) pp. 33 Ravaohan, B., De Maríae pienintdittr graciae. en «rianum». 3 (1940) pp. 269-285: Gun&uti’Z. S.. O. S. La plenitud de grad a de la Santisbna Virgen. en» Mar.» 5 (1946) pp. 165-204: Antonio de JrsO MarIa. O. SS. T.. La xracia final de la Sand; Virgen. en «Vida sobr.a. 50 (1949) pp. 241-251; H A. van. De plenlitidlne graciae In B. María Vlrglne.. Collect Mechl.s, 34 (1949) pp. 299-304; Gabr di S. María Maddalena, O.
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