DONES DEL ESPÍRITU SANTO
1. Dones en general. - El hombre, lo mismo que depende de Dios en cuanto a su ser, así depende de Él también en cuanto a su obrar: toda acción humana requiere un impulso, o sea, una moción por parte de la causa primera. Las mociones divinas a actos sobrenaturales son gracias actuales (v. Gracia). Hay gracias que mueven nuestras facultades espirituales a obrar del modo que les es propio, es decir, de un modo discursivo o deliberativo (gracias comunes), y otras que mueven estas facultades a obrar de un modo superior, esto es, supradiscursivo o supradeliberativo (gracias especiales); los actos relativos a estas gracias especiales son actos cuyo modo es sobrehumano. La actividad de Dios en las creaturas es común a las tres Personas Divinas. Las operaciones divinas, sin embargo, que tienen una semejanza especial con las propiedades personales de una de las Personas de la Sma. Trinidad se atribuyen a esta Persona: por lo que todas las obras de Dios en que resplandece de un modo particular el amor de Dios al hombre, en especial las mociones especiales de la gracia, aunque no sean obra exclusiva de la tercera Persona de la Sma.
Trinidad, se atribuyen al Espíritu Santo, que es el Amor personal de Dios. Las mociones especiales de la gracia pueden llamarse con razón d. del Espíritu Santo. Sin embargo, es doctrina común en la Iglesia que en el momento de la justificación, junto con la gracia santificante, Dios nos concede aquellas entidades que disponen nuestro entendimiento y nuestra voluntad a recibir los impulsos especiales de la gracia y a poner los actos sobrehumanos correspondientes a estos impulsos: estas entidades infusas, que son verdaderos hábitos, distintos de las virtudes infusas, se llaman en sentido propio los d. del Espíritu Santo. Hacen al alma santificada instrumento adecuado del Espíritu Santo, que obra de un modo superior en ella. San Gregorio de Nacianzo compara los dones a las cuerdas de una cítara: tocadas por el divino artista, estas cuerdas producen los sonidos más melodiosos. Compáranse también a las velas desplegadas de un barco, las cuales recogen el viento favorable que mueve el barco sin que los remeros tengan que fatigarse. León XIII, en su encíclica Divinum illud munus (AAS, 29 [1897], 654), desarrolla ampliamente la doctrina de los dones.
2. Dones en particular. - Nuestras necesidades son muy diversas; la acción del Espíritu Santo es también multiforme en nosotros. Según la enseñanza tradicional son siete los d. del Espíritu Santo; a saber: los dones del entendimiento, ciencia, sabiduría, consejo, piedad, fortaleza y temor de Dios. Esta división se basa en un texto de Isaías (11, 1 ss.).
a) Por medio del don del entendimiento, el Espíritu Santo nos hace penetrar más profundamente en las verdades de la fe y descubrir su íntimo significado, sus recónditos tesoros y sublimes armonías: no se consigue la evidencia de los misterios propiamente dichos, pero se comprende que no hay oposición ninguna entre ellos y las verdades de la razón y que su aparente oscuridad proviene únicamente de la deficiencia de nuestra inteligencia demasiado débil para poder contemplar la luz divina.
b) Por medio del don de la ciencia el Espíritu Santo nos hace conocer las cosas creadas en su relación con Dios: en nosotros mismos y en los demás nos hace ver la imagen de Dios y en las creaturas irracionales los vestigios de Dios, cuyo fin es conducirnos al Señor; en los sucesos alegres o tristes, que suceden en la vida de los individuos y en la historia de los pueblos nos hace descubrir los medios que hemos de emplear para purificarnos y unirnos más íntimamente con Dios; nos hace tocar igualmente casi con el dedo la horrenda deformidad del pecado.
c) Por medio del don de la sabiduría, el Espíritu Santo nos da un conocimiento superior y amoroso de Dios, y en Dios nos hace apreciar las cosas creadas en su justo valor. Este conocimiento de Dios, aunque permanece oscuro, es sin embargo muy superior al conocimiento de Dios que se puede conseguir con sola la fe y la razón desnuda: es, en efecto, un conocimiento de carácter casi experimental de Dios, el cual, produciendo admirables efectos en el alma (Rom., 8, 16), se hace casi tocar por ella, como principio que le da vida y como ser sumamente amable e infinitamente superior a todos nuestros conceptos, algo así como nuestra alma que, aunque no la vemos, nos hace sentir su presencia en nuestras acciones.
d) Por medio del don del consejo el Espíritu Santo sugiere lo que es o no es conveniente hacer en un caso determinado y de este modo nos hace resolver todas las perplejidades que pueden surgir cuando se trata de aplicar las normas generales que se han de observar en los mil casos particulares que se presentan.
e) Por medio del don de la piedad el Espíritu Santo hace surgir en nuestra voluntad un sobrehumano afecto filial a Dios, Padre Nuestro, y un sentimiento de fraterno afecto hacia el prójimo, sin excluir a los que nos han hecho algún mal: amor que nos lleva a la entrega más completa de nosotros mismos a la gloria de Dios y al bien de las almas.
f) Por medio del don de la fortaleza el Espíritu Santo da a nuestra voluntad una energía que la hace capaz de emprender sin vacilaciones y continuar hasta el fin las cosas más arduas por la gloria de Dios y la salvación de las almas e incluso de soportar alegremente los más duros sufrimientos a veces por muchos años.
g) Por medio del don del temor el Espíritu Santo produce en nuestra alma un respeto filial, o sea un temor reverente de la divina Majestad, temor que no impide la intimidad con Dios, Padre Nuestro, sino que nos aleja de todo lo que ofende a Dios y nos lleva a la mortificación de nuestros sentidos y de cualquier afecto desordenado.
3. Sugerencias prácticas. - Es cierto que los dones no son inactivos en el alma; pero no en todos son igualmente operantes. El hombre se dispone a recibir con mayor frecuencia las mociones especiales del Espíritu Santo habituándose a pensar frecuentemente en Dios; mortificando el amor propio y la inclinación al placer; no resistiendo nunca con propósito deliberado a las divinas inspiraciones claramente percibidas (discernimiento de espíritu) aunque los sacrificios que requieran parezcan difíciles; implorando con humildad y con confianza las mociones especiales del Espíritu Santo. Man.
Bibliografía
A. Gardeil, Dons du
S. Esprit, en DTC, IV, 1728-1781
A. Vacant, Esprit Saint, en Dict. de la Bible, II, 1967-1970
A. Tanquerey, Compendio de teología ascética y mística, París, 1930, n. 1307-1358
A. Meynard, Trattato della vita interiore, Torino, 1930, v. I, n. 168-199 J. De Guibert, Theologia spiritualis ascetica et mystica, Roma, 1937, p. 119-138
R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, Buenos Aires, 1944, p. 75 ss., 787 ss.
A. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana , Madrid, 1954, p. 68 ss. J. de Sto. Tomás, Tratado de los dones del Espíritu Santo, en Cristiandad (1947), 228
A. San Cristóbal, Las dos exposiciones de Sto. Tomás acerca de los dones del Espíritu Santo, en Rev. Esp. de Teología (1952), 339-371
A. García Vieyra, Los dones ejecutivos en la vida activa, en Rev. de Teología, 6 (1952), 37-48.