Diccionario de Teología Moral

Gregorio Manise, O.S.B. (Man.)

AMOR PROPIO

Recursos

Índice interno:

1. Amor verdadero de sí mismo ·

2. Amor falso de sí mismo ·

3. Remedios ·

1. Amor verdadero de sí mismo No todo amor de sí mismo es reprensible: nuestra naturaleza efectivamente es digna de amor, y el Señor mismo ha propuesto el amor que nos tenemos a nosotros mismos como modelo del amor que debemos al prójimo (Mat., 22, 39). Pero hay más: el hombre, por haber sido creado a imagen de Dios y participar de la naturaleza divina por medio de la gracia, es obligado por el mismo precepto del amor de Dios a amarse a sí mismo. Hemos de amar nuestra alma y hasta nuestro cuerpo, en cuanto sirve al alma para buscar y acercarse a Dios y porque un día habrá de participar de la gloria del alma. Podemos, pues, y debemos querer y buscar nuestro verdadero bien: la santificación de nuestra alma y lo que es necesario y verdaderamente útil a este respecto. Pero al amarnos a nosotros mismos hemos de guardar cierta medida: porque este amor ha de ser tal que se concilie con el amor que debemos a Dios más que a nosotros mismos y con el amor que debemos al prójimo como a nosotros mismos.

2. Amor falso de sí mismo Si se traspasa esta medida, el amor de sí mismo se hace pecaminoso, y toma el nombre de amor propio. El afecto desordenado a sí mismo conduce a referir todas las cosas a la utilidad y satisfacción propia, sin preocuparse por la gloria de Dios y bien del prójimo. La inclinación al amor propio es la gran plaga de nuestra naturaleza en las condiciones subsiguientes al pecado original, y en último análisis todos los pecados brotan de un amor propio mal entendido. El amor propio puede infiltrarse también en nuestras buenas obras, y corromper de raíz nuestros mismos ejercicios de piedad y las obras de caridad. Quien se ama a sí mismo hasta transgredir un precepto grave antes que renunciar a ninguna comodidad o ventaja propia comete evidentemente un pecado mortal.

3. Remedios Para desarraigar de nuestro corazón el amor propio desordenado son necesarias: la mortificación interna y externa; la aceptación generosa de las cruces que Dios envía; un atento examen de nuestras intenciones y de ciertas formas sutiles y larvadas de egoísmo; una gran claridad de conciencia con el director espiritual; una iluminación especial que hay que pedir a Dios; un amor fervoroso de Dios. En los Santos llega este amor hasta el desprecio de sí mismos, es decir, de todo lo que se ve todavía desarreglado en el alma propia. Man.

Bibliografía

R. Daeschler, Amour propre , en DS , I, 533-43
R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior , Buenos Aires, 1944, p. 347 ss.
O. Zimmermann, Lehrbuch der Aszetik , Freiburg Br., 1932, p. 443-449.