ASCÉTICA
1. Naturaleza En la lengua griega la palabra ἄσκησις ( ascesis ) designaba, entre otras cosas, ejercicios laboriosos por medio de los cuales se procuraba el perfeccionamiento propio, físico, intelectual o moral. Como la perfección cristiana no se alcanza sin grandes esfuerzos, comparados por S. Pablo a los entrenamientos fatigosos a que se sujetan los atletas a fin de robustecerse y alcanzar la victoria (1 Cor., 9, 24 ss.), era natural que se apropiase el término ascética para designar los esfuerzos hechos por el cristiano para alcanzar la perfección. Así lo hicieron ya Clemente Alejandrino y Orígenes y después de ellos el uso de esta palabra se hizo corriente en la literatura cristiana. Es evidente que no se puede dar el nombre de ascética a cualquier renuncia esporádica, sino sólo a un entrenamiento constante y generoso.
La ascética cristiana implica ejercicios que tienden ante todo a reprimir lo que obstaculiza el progreso espiritual, o sea que implica la privación de satisfacciones, aun no ilícitas, y el hacer lo que es contrario al amor propio y al deseo de gozar: estas mortificaciones suelen llamarse ascética negativa; implica además ejercicios que pretenden directamente el desarrollo de la vida sobrenatural y se designan con el nombre de ascética positiva. A este propósito conviene, sin embargo, notar que la mortificación no sólo remueve obstáculos, sino que al mismo tiempo refuerza la energía del cristiano adiestrándole para obtener conquistas cada vez mayores de manera que la ascética, entendida en sentido cristiano, tiene siempre un contenido constructivo.
2. Características Las prácticas ascéticas, ejercitadas por el cristiano, no son un fin en sí mismas, sino que están al servicio del hombre, hijo de Dios, como medios indispensables para proteger y favorecer el florecimiento de lo que en él hay de más elevado. Y es importante tenerlo ante la vista para evitar cierto naturalismo, una vana complacencia en lo que se hace, y el peligro de caer en la aspereza consigo mismo y con los demás. No considerando bastante el objeto de la ascética se puede llegar fácilmente a pararse en cosas secundarias y evitar los sacrificios que más directamente tienen por objeto los grandes obstáculos a la unión con Dios, que son el amor propio y la soberbia. A la ascética se le ponen límites que normalmente no es lícito sobrepasar, como ocurre cuando se adoptan formas capaces de ocasionar daño a la salud o superiores a la medida que conviene a las fuerzas físicas de cada uno. Actualmente, sin embargo, es bastante más fácil incurrir en el peligro de desdeñar la necesidad de la mortificación y de la renuncia a sí mismo. La ascética cristiana, aun cuando la mortificación tenga una parte preponderante en ella, no se inspira en una especie de pesimismo.
El creyente sabe que todo lo que Dios ha creado es bueno en sí, pero sabe también que el pecado original ha arruinado la naturaleza humana y que somos muy proclives a las cosas materiales y a los placeres: de aquí la absoluta necesidad de las renuncias y desprendimientos, o sea, de la mortificación. El ascetismo cristiano, finalmente, no nos arranca de la vida; más aún, favoreciendo el desarrollo de lo sobrenatural hace al hombre más apto para realizar cosas útiles e importantes en la convivencia social, como demuestra la actividad desarrollada por los grandes ascetas.
3. Práctica Del significado de la ascética cristiana se sigue que el ejercicio ascético en cada individuo está condicionado en parte a su propia índole personal: el que se encuentra lleno de vigor y de fuego habrá de someterse a una práctica diferente de la necesaria a aquel que es débil y lento; el hombre sensual tiene necesidad de una ascética distinta de la del hombre colérico. La ascética participa además de la simplificación y transformación gradual de la vida sobrenatural, en la cual prevalece cada vez más el influjo del amor de Dios y de los dones del Espíritu Santo. Para la medida y la forma de las prácticas ascéticas es regla prudente dejarse guiar de un director experimentado.
Pero es cosa utilísima también para los laicos la lectura de un buen tratado de teología ascética: en efecto, mantiene vivo el deseo de la perfección, da cierto conocimiento de la naturaleza de la vida cristiana y de los medios que ayudan a perfeccionarla, facilita y completa la dirección espiritual haciendo conocer mejor lo que hay que decir en la confesión y en la dirección y retener mejor los consejos del director, puede, finalmente, hasta cierto punto suplir la dirección que no se pudiese recibir o tan sólo muy de tarde en tarde. Entre los mejores manuales se pueden citar el Compendio de teología ascética y mística de A. Tanquerey y el Traité de théologie ascétique et mystique ( Les trois âges de la vie intérieure, prélude de celle du ciel ) de R. Garrigou-Lagrange. En España tenemos el clásico Ejercicio de perfección y virtudes cristianas del P. Alonso Rodríguez y en nuestros días, y en tono más escolástico, el Curso de ascética y mística del P. Naval. Man.
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