ALCOHOLISMO
1. Definición Consiste en el abuso de las bebidas alcohólicas y se remonta a los tiempos más antiguos de la historia de la humanidad, ya que los hombres lo conocieron desde que prepararon las primeras bebidas fermentadas y ha sido siempre objeto de preocupaciones, prevenciones y represiones por parte de los gobiernos convencidos de las graves consecuencias que semejante abuso trae no sólo al bebedor, sino también a su familia y a la sociedad.
2. Difusión El alcoholismo se halla más difundido en los países septentrionales, donde —por razón del clima— es más frecuente el uso de bebidas alcohólicas, sobre todo en forma de aguardientes y licores: siendo particularmente perniciosos a la salud, por el hecho mismo de que tales bebidas (llamadas frecuentemente aperitivos) suelen ingerirse en ayunas. En cuanto a la distribución del alcoholismo en los diversos estratos sociales es más abundante en los inferiores, sobre todo en la clase obrera, mientras que los labradores se entregan a los excesos del vino, principalmente en los días festivos; en las clases superiores y medias crece el amor a la templanza, no siendo rara la abstinencia favorecida incluso por las necesidades económicas, mientras que en los ambientes llamados mundanos se va extendiendo el uso perjudicial de los licores, sobre todo en forma de aperitivos y combinaciones o cócteles. Recuérdese, además, que si el alcoholismo representa la causa fundamental de diversas enfermedades físicas y psíquicas, esta causa suele ejercitar sus dañosas consecuencias según el «terreno» en que obra; y esto en un doble sentido.
Ante todo es diversa la capacidad individual para sustraerse a las incitaciones de compañeros acostumbrados a beber o para sustraerse a la tentación de buscar en la embriaguez alcohólica aquella sensación de bienestar inmediato que conduce a los bebedores impenitentes a recaer en su vicio.
De aquí que el alcoholismo —sobre todo la psicosis alcohólica— se manifieste preferentemente en individuos originariamente hipobúlicos, sugestionables, poco resistentes al dolor físico y moral, o sea, en los llamados «psiconeuróticos constitucionales». Sabemos además cuán diversa es la resistencia individual frente al alcohol, aunque no se conoce el motivo verdadero, mientras que es sabido que el organismo de los bebedores inveterados se libera del alcohol con más facilidad que en los bebedores novatos: lo que explica la mayor duración y gravedad de la embriaguez aguda en estos últimos.
3. Acción patológica Los maléficos efectos del abuso de bebidas alcohólicas dependen del hecho de que el alcohol ingerido circula sin alterarse durante varias horas por la sangre y que en diversas proporciones se encuentra en los principales órganos, cuales son el cerebro, la médula, el hígado, los riñones, las gónadas y en las distintas secreciones (saliva, leche, orina, sudor) y en el aire expirado. Se calcula (Gréhant) que el 15 % de la cantidad de alcohol ingerido se elimina a través de los riñones, la piel, los pulmones, mientras que el 85 % restante queda en el organismo para ser quemado. Todos los órganos y tejidos del cuerpo son dañados más o menos gravemente por el alcoholismo crónico, especialmente el hígado, que sufre el fatal y conocido proceso cirrótico; el corazón, que se hipertrofia; el estómago, presa de gastritis crónica; los vasos arteriales, cuyas paredes se esclerotizan; el sistema nervioso, en el que se desarrollan procesos en parte irritativos y en parte degenerativos, responsables de los graves desórdenes neuropsíquicos, a los cuales haremos referencia en seguida.
Digamos, por de pronto, que el alcohol ejercita su acción nociva de una manera particular sobre el sistema nervioso, donde persiste por más tiempo que en ningún otro órgano. Hemos de tener presente además que el alcohol no sólo daña las glándulas genitales, sino que —durante el desarrollo endouterino— invade el organismo del feto a través de la placenta. Recuérdese igualmente que, como ya hemos indicado, el alcohol se elimina también por la leche y el aire expirado. Téngase en cuenta, finalmente, la inveterada y pésima costumbre que tienen los padres aficionados al alcohol de acostumbrar a sus hijos desde su más tierna edad al vino o a los licores. Todo este complejo de circunstancias justifica plenamente el dato estadístico (conocido desde la antigüedad) de que en los padres alcoholizados son muy frecuentes la esterilidad, el aborto, la mortalidad infantil de los hijos y la descendencia débil, deforme, frenasténica, criminal.
Recordemos finalmente que el alcoholismo es indirectamente responsable de otras muchas enfermedades, bien porque, relajando los frenos morales y estimulando los impulsos bajos, incrementa el libertinaje (de donde se facilita la ocasión a las enfermedades sexuales), bien porque, debilitando las resistencias orgánicas, favorece el inicio o desarrollo de diversas enfermedades infecciosas, sobre todo la tuberculosis, de donde el aforismo del famoso clínico Landouzy quien le llama lecho de la tuberculosis ( L’alcool est le lit de la tuberculose ), bien, finalmente, por una acción de vigorización recíproca del alcohol con otros venenos, como el plomo y el sulfuro de carbono, con la que se allana el camino a las «toxicosis profesionales» que tan desastrosamente destruyen la salud de vastos sectores de la clase obrera. 4. Psicosis alcohólicas Respecto de las consecuencias del alcoholismo conviene que nos detengamos en examinar brevemente las psicosis alcohólicas, o sea, el complejo de desórdenes mentales determinados exclusiva o preferentemente por el abuso de las bebidas alcohólicas. Examinemos las principales, comenzando por los síndromes agudos.
No hace falta recordar, dadas su notoriedad, la embriaguez alcohólica aguda, o sea, la embriaguez episódica ordinaria. Señalemos más bien una variedad menos frecuente, que tiene la condición de «patológica» y que da lugar en sujetos predispuestos, psiconeuróticos o decididamente psicopáticos, a accesos de furor incontenible, a impulsos incendiarios u homicidas, a las peores torpezas, realizadas con frecuencia en un estado propia y verdaderamente «crepuscular», del cual, cesada la acción del alcohol, el individuo no conserva recuerdo ninguno. El simple alcoholismo «crónico», que se verifica en la inmensa mayoría de los bebedores inveterados, se manifiesta con una debilitación progresiva de todas las actividades psíquicas y desemboca fatalmente, si no se corta a tiempo el hábito, en un estado demencial. Una gran distractibilidad, torpeza mental, hipobulia, debilidad de la crítica, mutabilidad extraordinaria del humor y, sobre todo, la debilitación y perversión de todo sentimiento moral caracterizan psíquicamente a estos enfermos, que, por la parte neurológica, suelen presentar precozmente temblores, una marcha vacilante y falta de coordinación en sus movimientos voluntarios.
En el curso del alcoholismo crónico puede surgir en un estado agudo —bajo la acción concomitante de enfermedades infecciosas, traumas, sobrefatigas, y a veces, según se dice, por la sustracción repentina de las mismas bebidas alcohólicas— un cuadro característico confusional denominado delirium tremens . Esta afección, mucho más frecuente entre los bebedores de licor que entre los bebedores de vino, se caracteriza por una repentina aparición de típicas «alucinaciones visuales zoópticas» (v. Alucinación ), acompañadas a veces por visiones de llamas, por voces insultantes y por toda clase de alucinaciones que aterran al enfermo y pueden dar lugar a delirios incoherentes, a gestos de extrema violencia y hasta al suicidio; a veces el humor se mantiene sereno; la conciencia está obnubilada, aunque no excesivamente; los temblores aumentan en intensidad. Después de algunos días, si el enfermo no sucumbe por colapso o hipertermia, cesa de golpe el síndrome y es seguido de un sueño profundo y prolongado. Al despertar se nota un estado de postración, cierta tendencia a los fenómenos alucinatorios, y tal vez la crisis pasa a un cuadro de alucinosis crónica o a un síndrome de Korsakoff.
La «alucinosis alcohólica» dura también de ordinario unos pocos días, pero se diferencia del delirium tremens por la lucidez casi perfecta de la conciencia y por la preponderancia de las alucinaciones auditivas (voces injuriantes o amenazadoras, etc.) que provocan ideas delirantes de persecución. Mucho más tenaz que este delirio de persecución es el «delirio de celos» de los alcoholizados que se va formando poco a poco, motivado con frecuencia por la repulsión no disimulada de la mujer a entregarse a un individuo embrutecido y acaso impotente, y que se va reforzando cada vez más al choque con los más pequeños sucesos de la cotidiana vida conyugal, de donde nace una ola de sospechas, de acusaciones absurdas, de altercados, de tratos brutales, que pueden llegar al uxoricidio. Las diversas manifestaciones delirantes de los alcoholizados y sobre todo su delirio de celos son característicos de la llamada «paranoia alcohólica» que generalmente persiste de una manera crónica aun después de suprimir el alcohol y que parece verificarse en bebedores con predisposición paranoical (véase Paranoia ).
El «síndrome de Korsakoff» se caracteriza principalmente por una deficiencia gravísima de la memoria de fijación, por la cual los hechos recientes quedan muy pronto olvidados, y las lagunas mnemónicas se llenan con falsas reminiscencias e invenciones más o menos fantásticas («confabulaciones», véase Memoria ): de aquí se derivan graves desorientaciones. El humor en general es sereno y hasta con frecuencia eufórico. Coexisten frecuentemente los signos de una polineuritis alcohólica. La «seudoparálisis alcohólica» tiene una estrecha semejanza clínica con la parálisis progresiva de donde le viene el nombre. Se distingue de ella por la negatividad de las pruebas biológicas y por su regresión rápida con sólo suprimir las bebidas alcohólicas.
La mejor profilaxia del alcoholismo consiste: a) en una tenaz obra de instrucción y educación que vulgarice la magnitud de los daños debidos al abuso del alcohol, que desarraigue el prejuicio de que el vino ayuda al desarrollo de los niños, que preserva e incrementa las fuerzas de los adultos, que es «la leche de los viejos», etc.; b) en la prohibición rigurosa del uso de cualquier bebida alcohólica en las escuelas y en los institutos de educación; con esto se alcanzarían dos fines: impedir a los niños el acostumbrarse aun a la menor cantidad de alcohol, lo cual favorece el uso y abuso sucesivo de las bebidas alcohólicas, y mostrar a los padres que sus hijos abstemios se desarrollan mejor somática y psíquicamente que los acostumbrados al vino; c) en hacer cada vez más higiénicas y confortables las viviendas de los obreros de suerte que lleguen a preferirlas a las tabernas; d) en favorecer la difusión de actividades postlaborales utilitarias (horticultura, artesanía de afición) y sanamente recreativas (salas de reunión, cine, etc.) o deportivas, que distraigan y aparten de la taberna a las clases inferiores y les apasionen por ocupaciones más provechosas.
La cura de los alcoholizados no es difícil en sí, y consiste especialmente en la supresión de las bebidas alcohólicas (que hoy se consigue con más facilidad con inyecciones intravenosas de pequeñas dosis de alcohol y con electro-shock), con el suministro generoso de las vitaminas B 1 y PP y con el empleo de remedios desintoxicantes en defensa sobre todo de la función hepática. Recientemente (1948) se ha propuesto un nuevo remedio contra el etilismo crónico, llamado «antabus», absolutamente inocuo y de una eficacia indudable. Los delitos no infrecuentes que se cometen bajo la acción del alcohol no están sujetos a sanción penal, si esta acción produjo una condición —aun solamente episódica— de verdadera y propia enfermedad mental, con la supresión consiguiente de la facultad de entender y querer. Pero la sanción moral cae igualmente sobre el sujeto, reo de haberse abandonado al abuso de la bebida, sobre todo cuando, por experiencias personales precedentes, sabía que semejante abuso le quitaba el uso de la razón (imputabilidad en causa).
Se ha de tener presente, sin embargo, el sustrato psiconeurótico que, como hemos visto, se encuentra en muchos alcoholizados y que atenúa de alguna manera la culpa de su afición desordenada a la bebida. Una atenuante parecida habrá de invocarse en los casos en que el individuo se haya dado al alcohol para superar una crisis de angustia o por otros graves motivos de esta clase. De suerte que en cada caso se ha de ponderar cuidadosamente todo juicio condenatorio, después de un sereno examen de las diversas circunstancias que han llevado a un hombre al alcoholismo. Para las cuestiones estrictamente morales, véase Embriaguez . Riz.
Bibliografía
U. Cerletti, Riassunto delle lezioni di Clinica delle malattie nervose e mentali , Roma, 1946
M. Gozzano, Compendio di Psichiatria , Turín, 1947
E. Macchiafava, Alcoolismo , en EI , II, 262
O. Guillain, L’alcoolisme mondain. La nocivité des cocktails , Académie de Médecine de París, 30 abril 1929.