AGUA
1. Entre los paganos El uso del agua como rito sagrado se encuentra en todas las religiones, no sólo para lavar el cuerpo, sino también para simbolizar la limpieza interna: la naturaleza misma del agua se presta a este simbolismo. Los egipcios consideraban sagrada el agua del Nilo: en determinados días la llevaban en procesión al templo y la usaban como agua lustral (F. J. Doelger, Nilwasser und Taufwasser , en Antike und Christentum , 5 (1936), 153-187). Según el testimonio de los antiguos autores paganos, los egipcios y los griegos admitían en sus ritos religiosos el agua lustral, preparada de una manera muy parecida al agua de expiación de los hebreos. Los romanos se distinguieron casi más que ningún otro pueblo pagano por la abundancia de las abluciones en su vida religiosa y civil. Hacíase uso del agua lustral con ocasión del matrimonio y en otras circunstancias solemnes de la vida; las vestales estaban encargadas de la purificación de los templos.
2. Entre los judíos El culto mosaico utiliza abundantemente el agua como medio de purificación. La ley indicaba con minuciosa escrupulosidad los numerosos casos en que se podía contraer impureza legal y catalogaba los animales, los objetos, las circunstancias o los hechos de la vida que excluían al israelita del templo, de la participación en las cosas sagradas y hasta del comercio social. Tales eran comer un animal inmundo, tener contacto con un leproso, tocar un cadáver, al que se consideraba imagen del pecado. Era muy singular el rito del agua amarga que se hacía beber a la mujer sospechosa de adulterio, especie de juicio de Dios (Núm., 5, 11-31). Otra clase de agua era la que usaban los hebreos en la fiesta de los Tabernáculos, aunque no como símbolo de purificación, sino simplemente como ceremonia ritual.
3. En la Iglesia La Iglesia recogió el uso del agua como elemento litúrgico, tanto en la administración del bautismo como en la consagración de los altares y en las bendiciones, como lo atestiguan los más antiguos Padres de la Iglesia, los cuales se lamentan a veces de las creencias demasiado supersticiosas del pueblo (Tertuliano, De oratione , 13, PL 1, 1271). El lavarse las manos antes de la oración fue uso tan general entre los cristianos que a la entrada de las basílicas se colocaron fuentes destinadas a este único objeto (Eusebio, Hist. Eccl. , 10, 4; PG 20, 866; Paulino de Nola, Epíst. , 13, 13; PL 61, 215). Esta agua, como es fácil de entender, era simplemente agua natural. Otra agua, «agua lustral», es de uso general: en las bendiciones de las personas, de los edificios, de los campos, de los objetos; se conserva en las casas y se pone a la puerta de las iglesias. Esta agua se bendice con un rito que consta de tres partes: exorcismo y bendición de la sal, exorcismo y bendición del agua, unión de la sal con el agua. El uso de esta agua es antiquísimo. En Occidente los testimonios son posteriores, aunque se refieren a un tiempo anterior.
En Roma la función de bendecir el agua para la aspersión se hizo primero en las casas particulares y hacia el fin del siglo VIII en la misma iglesia ( Liber Pontificalis , 1, 54, ed. Duchesne; L. A. Muratori, Liturgia Romana Vetus , II, Venetiis, 1748, p. 225). León IV (841-855) prescribió (PL 95, 679) que esta agua se bendijera todos los domingos antes de misa para asperjar a los fieles ( Omni die dominico ante missam aquam benedicite, unde populus aspergatur et ad hoc vas proprium habete ) (cfr. Hincmaro de Reims [† 882], Epist. Synod. , 5; PL 125, 774), costumbre que se conserva todavía antes de la misa conventual o parroquial. La Iglesia recomienda el uso del agua bendita aun fuera de la liturgia como medio para alejar las insidias del diablo, para conjurar los peligros, para atraer las bendiciones celestiales sobre las casas, el campo, el trabajo, las personas. El deseo de los fieles de usar frecuentemente este sacramental hizo nacer la costumbre generalizada más tarde de poner a la entrada de la iglesia la llamada «pila del agua bendita». En los siglos VIII-IX el agua bendita adquiere el largo empleo que todavía hoy conserva en toda clase de bendiciones.
En las procesiones se daba la vuelta a la iglesia asperjando al pueblo y los sepulcros (Heraldo de Tours, Capit. , 45; PL 121, 707); estas procesiones se afirman en los monasterios en los que todavía subsisten en su mayoría (A. Franz, I, 633-644). Es igualmente de origen occidental el uso, desconocido en las Iglesias orientales, de mezclar sal con el agua bendita (hacia el siglo VI), sugerido probablemente por el libro IV de los Reyes (2, 20), donde el profeta Eliseo mezcla sal a las aguas de Jericó para quitar su esterilidad. La misma afinidad de los dos elementos tuvo su importancia en el nacimiento de este uso: porque si el agua purifica, protege de las insidias diabólicas y preserva de las enfermedades, la sal tiene estas mismas cualidades, especialmente la virtud de preservar. Así lo indicaba ya Rabano Mauro († 856) en sus Instit. Cleric. , 2, 55 (PL 107, 368), respecto del agua bendita: In diversos usus fidelium, ad homines infirmos, contra phantasiam inimici, ad pecorum sanitatem, ad morbos auferendos et cetera .
Tales son también los conceptos de la Iglesia expresados en las fórmulas del Ritual Romano: Ad abigendos daemonas, morbosque pellendos..., effugiat atque discedat a loco, in quo aspersum fueris, omnis phantasia et nequitia vel versutia diabolicae fraudis . En cuanto a la aspersión de los cadáveres y de las tumbas es creencia común que esta obra piadosa trae cierto alivio a las almas de los difuntos. En el uso diario de los fieles sirve principalmente para indicar la protección de todo mal y la renovación de las promesas del bautismo. En la Iglesia latina se acostumbra recoger el Sábado Santo (y antes de la reforma de la Semana Santa también en la vigilia de Pentecostés) el agua bendita antes de mezclar en ella los sagrados óleos para llevarla a casa. En Oriente estaba prohibida esta costumbre, por lo cual se introdujo el rito de bendecir el agua otro día para los usos privados de los fieles, para lo que se escogió el día de la Epifanía. Todos los rituales orientales nos dan las fórmulas para esta bendición. El motivo es en todas el mismo: recordar el bautismo de N. S. J. C.
Estas fórmulas contienen un himno de alabanza y acción de gracias a la persona del Verbo; de alabanza a sus atributos divinos y de una manera particular a su potencia creadora; de acción de gracias por todos los beneficios de la Encarnación. Recuérdase el bautismo en el Jordán y se toma ocasión de aquí para pedir una nueva manifestación del Espíritu Santo. Finalmente, se expresan los efectos que se esperan de esta agua, causa de santidad, remisión de los pecados, limpieza de alma y cuerpo, arma contra los demonios, protección de los bienes y de las casas. La costumbre de bendecir el agua el día de la Epifanía se introdujo también en algunas iglesias de Italia donde vivían comunidades griegas. Así Lucio, obispo de Cosenza, en Calabria (1205-1224), recuerda en su Ordinario el exorcismo de la sal y del agua que solía hacer el día de la Epifanía en memoria del bautismo de Jesús. El rito de su bendición fue objeto de muchas discusiones hasta que finalmente fue suprimido por la S. Congregación de Ritos, que lo sustituyó por otro en que no se hace alusión alguna al bautismo de Cristo.
El actual Ordo ad faciendam aquam benedictam en el Misal y Ritual se asemeja mucho a la fórmula que contiene el suplemento al Sacramentario Gelasiano hecho por Alcuino (PL 78, 231 s.). Para la consagración de una iglesia se emplea un agua especial, la llamada agua «gregoriana»: en ella se mezclan después de haber sido bendecidos sucesivamente ceniza, sal y vino. Esta agua entró en el servicio litúrgico cuando los templos paganos se transformaron en iglesias cristianas o se dedicaron templos de nueva planta. Tenemos indicios de esto en los antiguos escritores, bastante claros en S. Optato de Milevi. Pero no debía ser un rito aceptado universalmente cuando el papa Vigilio no lo juzgaba necesario. San Gregorio Magno lo prescribió en la consagración de las iglesias ( Aqua benedicta fiat, in eisdem fanis aspergatur : Epist. , 9, 71). Desde entonces el agua bendita que se usa en tal circunstancia recibe el nombre de gregoriana. Llámasele también a veces agua episcopal, por estar su bendición reservada al obispo.
4. Agua bautismal Otra especie de agua litúrgica es el agua bautismal. El agua es aquel elemento privilegiado que tuvo un contacto de santificación en el mismo Jesús cuando quiso ser bautizado en el Jordán por Juan Bautista. Más tarde Él la escogió como materia del Bautismo (Jn., 3, 5). Al principio esta agua no tuvo una especial bendición. Por los Hechos de los Apóstoles (16, 13-15) sabemos que la familia de Lidia fue bautizada en un río, el eunuco de la reina Candace en una fuente junto al camino (Hechos, 8, 26-40); y todavía más tarde, cuando la liturgia ya estaba organizada, leemos que en algunas regiones los fieles, a ejemplo de Jesús, que fue bautizado en el Jordán, preferían ser regenerados en el agua corriente, en las riberas del mar o de los lagos o junto a alguna fuente. Bien pronto, por la misma importancia que tuvo el Bautismo en la disciplina antigua de la Iglesia, el agua que había de servir para administrar este sacramento, por reverencia a él y por poner más de relieve su significado, recibió una bendición solemne que se enmarcó en la liturgia del Sábado Santo, que es en su mayor parte bautismal. De ella se tienen huellas indudables en el siglo II.
A través de una lenta elaboración, la forma que ha llegado hasta nosotros tuvo su redacción definitiva hacia los siglos VI-VII, como lo atestigua el Sacramentario Gelasiano (cfr. B. Neunheuser, De benedictione aquae baptismali , en Ephemerides Liturgicae , 1930). Todo está rodeado de la mayor solemnidad: la oración tiene la forma más elevada y distinguida, la del prefacio. Se recuerdan los significados típicos que tuvo el agua en los libros santos y en los episodios más notables de la historia del mundo y se anuncian los efectos que ha de producir en las almas cuando se convierta en instrumento de redención por obra del Espíritu Santo. ( Sit haec sancta et innocens creatura, libera ab omni impugnationis incursu, et totius nequitiae purgata discessu: sit fons vivus, aqua regenerans, unda purificans, ut omnes hoc lavacro salutifero diluendi, operante in eis Spiritu Sancto, perfectae purgationis indulgentiam consequantur... Descendat in hanc plenitudinem fontis virtus Spiritus Sancti. ) A estas palabras tan elevadas y profundas se unen gestos significativos que expresan y comentan la virtud y eficacia del agua bautismal.
El sacerdote extiende su mano y divide el agua en forma de cruz, alienta tres veces sobre el agua porque ha de ser vehículo del Espíritu Santo y el soplo divino que se oyó en el cenáculo y que penetra continuamente en la intimidad de los corazones; sumerge tres veces en el agua el cirio pascual, símbolo de la Resurrección de Cristo, porque la ablución bautismal hace que el alma resucite de la muerte del pecado a la vida divina; derrámase el agua hacia los cuatro puntos cardinales, porque ella ha de ser el torrente que nace del corazón de Cristo y desciende del Calvario para alcanzar a todos los hombres y transformarlos con su toque vivífico en hijos de Dios. Un rito postrero da al agua como un sello supremo de santificación y de poder: por dos veces se mezcla en el agua el óleo de los catecúmenos y el Crisma sagrado.
Con lo cual puede la Iglesia cantar justamente su vivo deseo de que con esta agua se limpien todas las manchas ( omnium peccatorum maculae deleantur ) y que aquella criatura que fue hecha semejante a Dios pierda su anterior escualidez ( ad honorem sui reformata principii cunctis vetustatis squaloribus emundetur ), de manera que produzca un verdadero renacimiento ( omnis homo sacramentum hoc regenerationis ingressus in verae innocentiae novam infantiam renascatur ; Ph. Oppenheim, Sacramentum regenerationis christianae , Roma, 1947, pp. 68-71). Opp.
Bibliografía
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A. Gastoué, L’Eau bénite, ses origines, son histoire, son usage , París, 1907
L. Eisenhofer, Compendio de liturgia católica , Barcelona, 1957
P. Wisehoefer, Das Weihwasser in der Frühzeit des Christentums und bei den klassischen Völkern , Münster, 1933.