ABSTINENCIA Y CONTINENCIA
5.
Conclusiones ·
1. Definición La a. significa etimológicamente mantenerse lejano, abstenerse de alguna cosa y, particularmente, de determinadas comidas y bebidas, así como del trato sexual, y esto sobre todo por motivos religiosos más o menos conocidos a todos los pueblos desde la más remota antigüedad.
2. Abstinencia de comida y bebida La observancia de la a. de determinados alimentos se deriva tal vez del carácter sagrado atribuido a algún animal y en ocasiones menos frecuentes a algunas plantas, por donde estaba prohibido rigurosamente matarlo y mucho más comerlo; según otra opinión proviene de concepciones metempsicósicas; según otras se basa en la creencia de que un determinado animal es impuro por pertenecer a una potencia diabólica o por ser considerado sagrado por otros pueblos rivales, etc. Es verosímil que, al menos en ciertos casos, la prohibición de determinados alimentos haya tenido un fundamento higiénico, fundamento evidente en el caso de las bebidas fermentadas y embriagantes. En el cristianismo quedó eliminada toda prohibición de esta clase y sólo quedaron en vigor algunas restricciones, como la obligación de la abstinencia de carnes de cualquier animal que no sea acuático en los «días de vigilia», con un fin exclusivo de mortificación y penitencia (v. Abstinencia y ayuno).
3. Abstinencia sexual En cuanto a la a. sexual (continencia o castidad) si se entiende no como virtud moral, sino como limitada a ciertas personas y a determinadas circunstancias de lugar y de tiempo, la encontramos muy difundida incluso entre las poblaciones de bajo nivel cultural. Esta continencia se deriva de muchos «tabú» que rodean el acto sexual y que hacen que se juzgue nefasto si se practica, por ejemplo, entre parientes, o entre personas de tribus diversas, o si tiene lugar antes o durante empresas de caza o guerra, festividades religiosas, etc. En las civilizaciones superiores se recomienda o prescribe como un deber la a. absoluta o relativa. Sólo en el cristianismo la castidad (v.) alcanza el valor de una virtud moral racional, que interesa no sólo los actos externos, sino también los apetitos, los deseos, los pensamientos impuros, cuya constante eliminación constituye la condición indispensable de la abstinencia-virtud. La a. absoluta (no ordenada, sino aconsejada en el Evangelio) excluye, por motivos de mayor perfección moral, cualquier concesión al instinto sexual. La a. relativa concede su uso según el dictamen de la naturaleza solamente en el legítimo matrimonio.
4. Prejuicios acerca de la abstinencia sexual Dos son las objeciones que comúnmente se esgrimen contra la a. sexual: a) la imposibilidad de practicarla; b) su nocividad.
a) Que el hombre, al contrario de la mujer, no pueda practicar la a. es un prejuicio vulgar, basado en la circunstancia de que un elevado porcentaje de hombres se abandona, más o menos frecuentemente, a la satisfacción de sus instintos sexuales y que cada uno de ellos trata de excusar en esta costumbre una conducta que su propia conciencia le reprueba. Es un hecho cierto que muchísimas personas, por una recta concepción moral o por temor a enfermedades, se mantienen castas. Y esta castidad, al igual que cualquier otra a. de determinados placeres extrasexuales (p. ej., de fumar), es más practicable y fácil en quienes jamás se han entregado a actos impuros y es tanto menos difícil y ardua cuanto mayor sea el período transcurrido desde el último pecado de lujuria: lo cual encuentra su confirmación en encuestas realizadas entre individuos encarcelados o puestos en otros ambientes en los que por largo tiempo les haya sido imposible todo comercio sexual.
Se ha de tener presente además que la castidad es más fácilmente actuable, y que con frecuencia se llega a alcanzar establemente sin particular esfuerzo, cuando se practica según los dictámenes de la moral cristiana: o sea, poniendo el mayor cuidado en evitar las ocasiones y en apartar la mente de pensamientos y deseos impuros. En este dato de hecho, que encuentra su confirmación en la experiencia personal de cada individuo, se puede comprobar cuán profunda sea la sabiduría de los preceptos religiosos que, aparte de su profundo significado ético, constituyen la mejor metodología para conseguir y conservar el estado de castidad sin sufrimiento y casi sin esfuerzo.
b) En cuanto al prejuicio de la nocividad de la continencia, ha sido totalmente descartado por una enorme masa de investigaciones histológicas, biológicas, clínicas y neuropsiquiátricas: investigaciones que demuestran cómo, tanto en el animal como en el hombre, la a. sexual no influye de ninguna manera ni sobre la actividad fisiológica de las gónadas ni sobre la salud física, ni sobre el equilibrio nervioso o mental de los individuos. Así sabemos que cuando cesa el deflujo seminal, la espermatogénesis se retrasa y puede llegar a detenerse por un mecanismo compensador que pone en reposo la actividad del parénquima testicular, restableciéndose tan pronto como se reanuda el comercio sexual. Téngase presente además que en el hombre la verificación de las poluciones nocturnas periódicas constituyen una regulación automática y fisiológica de las gónadas. De la a. no puede provenir ningún desorden neuropsíquico, ninguna psiconeurosis, ni mucho menos ninguna psicosis.
Si algunos científicos, incluso modernos, son de opinión contraria, depende exclusivamente del hecho de que ellos han observado estas perturbaciones en sujetos que, por temor al contagio, o por otros motivos de orden muy poco espiritual, practicaban materialmente la castidad, pero abandonándose al mismo tiempo a sus fantasías sexuales. Nosotros, en cambio, entendemos la continencia como un principio moral voluntariamente adoptado y acompañado de una sana regla de vida, que evita toda indulgencia y concesión a las fantasías impuras. Téngase presente, finalmente, que no pocos abstinentes lo son por efecto de fobias u otras formas psiconeuróticas de este tipo; y en estos casos no puede ciertamente imputarse a la a. un valor causal respecto a la psicosis, de la cual en realidad la misma a. no es más que un efecto. Convendrá considerar —y esto lo decimos sobre todo a los médicos— que con frecuencia las turbaciones psiconeuróticas que se juzgan de naturaleza abstinencial, se benefician grandemente de los remedios opoterápicos.
En tales casos un tratamiento oportuno podría contribuir —junto con la psicoterapia, adopción de curas físicas racionales, etc.— a recobrar la salud somato-psíquica o, por lo menos, a aplacar las ansias y otros desórdenes psiconeuróticos, sin que se haya de conceder, ni menos aconsejar, el abandono de la castidad.
5.
Conclusiones La a. sexual, pues, no es ni nociva ni imposible de practicar, y aun aquellas observaciones, esencialmente funcionales, a las cuales nos hemos referido antes, pueden ser curadas eficazmente sin que haya necesidad de interrumpirla. Por otra parte, sabemos bien cómo en los psiconeuróticos de fondo sexual, el abandono del hábito abstinencial trae consigo frecuentemente otras objeciones, otros desórdenes neuropsíquicos sugeridos por el remordimiento, la sifilofobia, etc. De manera que aun por esta razón, sin tener en cuenta los peligros de posibles contagios, la interrupción de la continencia por fines terapéuticos es algo muy discutible, aparte del punto de vista de la moral católica. Bien sería que todo esto lo asimilaran íntimamente los médicos y cuantos pueden ser interrogados sobre el asunto, para que con conciencia ilustrada y firme puedan dar siempre aquellos sanos preceptos en que la moral coincide con las normas del arte de la salud.
La a. absoluta (v. arriba), dictada por motivos superiores de perfección cristiana, es, por esto sólo, atributo de una minoría y, como ya hemos indicado, se conserva con tanta mayor facilidad, cuanto el individuo adentrándose por el camino de la pureza interior evite más toda ocasión y se aleje de todo apetito y de todo mal deseo. La a. del joven que pretende crearse una familia con prole florida y sana se encuentra también facilitada por una castidad fundamental de la mente y lejos de favorecer la impotencia o las psiconeurosis, es promesa y garantía de un eficaz y equilibrado desarrollo somático e intelectual; como escribe el gran clínico Marañón, es «un precepto eugenésico de importancia primordial». Riz.
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