OMNIPOTENCIA
Potencia en sentido pasivo es la capacidad de recibir la acción de otro; en sentido activo es la facultad de obrar y de producir. En Dios repugna la potencia pasiva (v. Acto puro), pero se le atribuye la potencia activa, purificada en su concepto de toda imperfección.
Es de fe que Dios no sólo es potente, sino que es omnipotente (cfr. Símbolo Apost., Conc. Vatic., DB, 1792). Las fuentes de la Revelación dan abundantes testimonios de esta verdad (Gén. 17, 1; Tob. 13, 4; Apoc. 4, 8; los Padres frecuentemente). Sto. Tomás afirma que la potencia divina se funda en su ser, porque un ente es potente en cuanto es en acto, y es tanto más en acto cuanto es más ser. Ahora bien, Dios es el Ser por esencia, esto es infinito, y por lo tanto le conviene una potencia infinita de obrar.
Omnipotencia es el poder de hacerlo todo, salvo que el objeto no sea factible en sí mismo; tal es todo lo que se opone a la razón de ser, como el pecado y el mal, que son más bien no-entes (v. Mal); de la misma manera Dios no puede hacer lo que es metafísicamente absurdo, p. ej., que las cosas pasadas no hayan sido (contradicción). La Omnipotencia de Dios considerada en sí misma se llama potencia absoluta; considerada en relación con los demás atributos y con el orden presente de la creación se llama potencia ordenada. P. ej., Dios podría destruir el alma inmortal (potencia absoluta), pero su Sabiduría no lo hace (potencia ordenada).
Leibniz sostiene que Dios no puede crear un mundo mejor que el nuestro (Optimismo): la doctrina católica reconoce la bondad relativa del mundo creado, pero enseña que Dios Omnipotente podría hacer más y mejores mundos si quisiera.
Bibliografía
Sto. Tomás, , I, q. 25;
Sertillanges, , Paris, 1925, I, p. 208 ss.;
R. Garrigou-L., , Roma, 1924.