SÍMBOLO
(gr. συμβάλλω = pongo juntos, comparo): Etimológicamente y según el uso más corriente, aun en los clásicos, equivale a signo, contraseña, marca. En el lenguaje eclesiástico el término símbolo fue empleado desde el principio para indicar una fórmula de fe oficial, que era como la marca o señal distintiva del cristianismo. El más antiguo e importante de todos los símbolos es el llamado de los Apóstoles, que en estos últimos tiempos ha suscitado vivas discusiones entre los críticos de todos los sectores.
La cuestión presenta muchas dificultades de detalles, pero sustancialmente se resuelve en las siguientes conclusiones. En el Occidente, desde la primera mitad del s. II, está en uso una breve fórmula, llamada regula fidei, que servía para la administración del Bautismo y para las catequesis (cfr. San Justino y San Ireneo, más tarde Tertuliano). Esta fórmula, propia de la Iglesia romana, se encuentra en griego en la carta de Marcelo de Ancira al Papa Julio (337), y en latín en S. Nicetas de Remesiana (s. V) y Rufino de Aquileya (ca. 400), que hizo un comentario de ella refiriéndose a una antigua tradición según la cual aquella fórmula o Símbolo fue compuesto de orden de Jesucristo por los Apóstoles a punto de separarse para la evangelización del mundo.
En Oriente la cosa no está clara, pero es cierto que los Orientales no tienen una fórmula fija hasta el s. IV, en que el Conc. de Nicea promulgó el Símbolo, que es una redacción ampliada del romano. De estos y otros datos deducen algunos críticos que el primer símbolo de fe nació en Roma, probablemente por obra de S. Pedro y de S. Pablo, en una forma concisa y restringida a sólo los misterios de la Trinidad y de la Encarnación, Pasión y Muerte de Jesús. De Roma se extendió el Símbolo por todo el mundo, sufriendo diversos retoques y añadiduras, como se puede ver en las diligentes colaciones hechas por Denzinger (DB, 1 ss.).
Hoy tenemos dos redacciones del Símbolo en uso en la Iglesia: la romano-galicana (para la catequética y el rezo privado) y la niceno-constantinopolitana (para la Santa Misa), que fue compuesta después de las grandes herejías trinitarias de Arrio. Además de estas dos fórmulas principales hay otras menos solemnes, entre las cuales se distingue el llamado Símbolo Atanasiano (aunque no es de S. Atanasio), preciosa síntesis doctrinal trinitaria y cristológica que la Iglesia ha incluido en el Breviario. El Símbolo romano y el Símbolo niceno-constantinopolitano tienen valor dogmático como expresión del Magisterio infalible de la Iglesia.
Bibliografía
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