INHABITACIÓN
En virtud de la gracia santificante toda la Trinidad viene a morar en el alma justa. Esta inhabitación, afirmada en el Evangelio (Jo. 14, 23), está ligada a una misión divina invisible (v. Misión divina) y no presenta dificultad alguna, más aún, está en armonía con aquel principio según el cual Dios está más presente donde más obra (v. Presencia).
Pero en el s. XVII surgió una controversia por una opinión de Petavio, a quien siguió más tarde Tomasino. Estos teólogos pensaban que la inhabitación santificadora debe atribuirse como propia al Espíritu Santo, el cual de una manera análoga a la unión hipostática del Verbo se une inefable y personalmente al alma del justo. No pocos teólogos modernos han adoptado esta opinión. Sin embargo, ella implica serias dificultades: en efecto, si la gracia es el título de la inhabitación, siendo ella un efecto de la operación ad extra (v. Operación), pertenece igualmente a las tres Personas, por lo que no se ve claramente que la inhabitación sea exclusiva o propia del Espíritu Santo. Por otra parte la doctrina tradicional no conoce más unión hipostática que la del Verbo.
Sin embargo se ha de reconocer que la obra de la santificación, y por lo tanto la inhabitación, siendo obra del amor dice relación más al Espíritu Santo (al menos en línea de causalidad ejemplar) que al Padre y al Hijo. Pero este orden se puede muy bien reducir a una simple apropiación (v. esta palabra), sin llegar a la propiedad personal. Por lo demás Petavio y sus seguidores dicen que la unión del alma santificada es con la Persona y no en la Persona del Espíritu Santo.
Es aún más delicada la cuestión del modo como la Santísima Trinidad se halla presente en el alma santificada.
Ya Sto. Tomás había distinguido una presencia de Dios subjetiva, en cuanto Él opera en todas las criaturas, y una presencia objetiva, en cuanto es objeto de cognición y amor en las criaturas racionales. Esta doble presencia, propia del orden natural, se actúa de un modo más elevado y misterioso en el orden sobrenatural con la infusión de la gracia, de la cual es Dios autor y objeto al mismo tiempo.
Algunos teólogos insisten en la presencia subjetiva (de Dios como agente en el orden natural y sobrenatural: Vázquez, Terrien, Galtier); otros están por la presencia objetiva (de Dios como conocido y amado: Suárez, Salmanticenses, Froget). Pero opinan mejor los que como Gardeil parten de la presencia subjetiva, pero insisten con preferencia en la objetiva, para lo cual la gracia pone en el alma una capacidad y una tendencia dinámica para llegar a alcanzar a Dios con la cognición y con el amor y hasta con la experiencia mística.
Bibliografía
Sto. Tomás, , I, q. 43, aa. 3 y 6;
A. Gardeil, , París, 1927, II, pp. 1-87;
P. Galtier, , París, 1950;
Retailleau, , Angers, 1932;
B. Froget, , Turín, 1937;
J. Trütsch, , Trento, 1949. * Valentín de S. José, , Madrid, 1945;
Menéndez Reigada, , «Rev. Esp. de Teol.», 6 (1946), 72-101.