INMACULADA (Concepción de María)
Fue definida solemnemente en la Bula Ineffabilis de Pío IX, el año 1854 (8 Dic.); es, pues, una verdad de fe católica que consiste en creer como revelado por Dios que la Virgen, desde el primer instante de su concepción, fue preservada inmune del pecado original, en previsión de los méritos de Cristo.
Este singular privilegio no fue desconocido al Magisterio de la Iglesia y a la conciencia del pueblo cristiano antes de la definición pontificia; baste recordar que desde el s. VII en Oriente y desde el IX en Occidente (primero en Nápoles, después en Inglaterra, Irlanda y finalmente en el resto de Europa) se celebra una fiesta litúrgica de la Concepción de María. En realidad, en la Iglesia Occidental hubo sus lagunas y se abrió paso poco a poco enfrentada con serias dificultades y contradicciones, debido a que desde el s. V la lucha contra el Pelagianismo (v. esta pal.) había hecho necesaria la defensa de la transmisión universal del pecado de origen y consecuentemente de la universalidad de la Redención. Pero jamás faltaron defensores de esta verdad.
Es característica la controversia surgida en el s. XIII entre Dominicos y Franciscanos; los primeros, siguiendo a Sto. Tomás, negaban la exención del pecado original en María, aunque admitían la santificación inmediatamente después de su concepción en el útero materno. En cambio, los Franciscanos, capitaneados por Scoto, sostenían primero la posibilidad y después el hecho del privilegio mariano. Sin embargo, S. Buenaventura, Franciscano, seguía la opinión de Sto. Tomás y S. Bernardo. Además de la preocupación antipelagiana agudizó y embarulló la controversia el conocimiento imperfecto de los teólogos sobre la fisiología de la fecundación y de la concepción. La Iglesia sin prisas, pero con firmeza y prudencia, desde Sixto IV, que aprobó la fiesta de la Inmaculada Concepción, y Gregorio XVI, que incluyó este hermoso título en las Letanías y en el Prefacio, fue abriendo el camino a la solemne definición de Pío IX.
El privilegio de María se halla implícito en el texto del Génesis, 3, 15, donde se vaticina el triunfo de la mujer y de su prole (Cristo) sobre Satanás. Además María es saludada por el Ángel, antes de la Encarnación, con el título de llena de gracia (κεχαριτωμένη: llena de gracia divina permanentemente), palabra en la que ven los Santos Padres la significación de una santidad perfecta sin límites de tiempo. El paralelismo Adán-Eva (esclavos de Satanás y ruina de la humanidad) y Cristo-María (vencedores de Satanás y salvación de los hombres) es familiar a los Santos Padres (Justino, Ireneo, Tertuliano, etc.). S. Efrén se expresa vivamente sobre la incontaminada pureza de María. S. Agustín, aun teniendo que combatir a los Pelagianos, no se atreve a hablar de María cuando trata del pecado (De natura et gratia, 30, 42; RJ, 179).
Razón teológica: Repugna que la Madre de Cristo, vencedora de Satanás y del pecado, haya sido sujeta al uno y al otro, ni siquiera por un instante.
Bibliografía
A. M. Le Bachelet-Jugie, «Immaculée Conception», en DTC;
B. H. Merkelbach, , París, 1939;
E. Longpré, , París, 1945;
C. Roschini, , Roma, 1948, II, p. 11 ss. * G. Alastruey, , Madrid, 1945.