DIVINIDAD (de Jesucristo)
Dogma fundamental del cristianismo. En el A. T. bosquejan la divinidad de Jesucristo diversos textos: a) mesiánicos (Gen. 3, 14 ss.; ibíd., 12, 1-3, y 49, 14; Num. 24, 17; Salmos 2, 44, 71, 88, 109; Profecías; Is. 7, 14 y 9, 6; Mich. 5, 2; Jer. 23, 6; Dan. 7, 13; Malach. 3, 1). Estos textos tienen su fuerza si se consideran a la luz del N. T.; tomados en particular no todos son apodícticos, aunque al menos sugieren una vaga trascendencia del futuro Mesías. Tiene particular valor el texto de Is. 9, 6, donde el Mesías es vaticinado como El gibbor (= Dios fuerte), título que en otras partes se atribuye a Jahwe. No es de menos valor la profecía de Mal. 3, 1, donde se predice al precursor y al Mesías que entrará en el templo como dominador (hebr. ha-adôn = nombre de Jahwe). b) Textos sapienciales, que presentan la divina sabiduría como personificada, de manera que da motivo a pensar en una distinción de términos o sujetos en el seno de la divinidad (Prov. 8, 12 ss.; Eccli. 25, 5 ss.; Sap. 7, 21 ss., y 18, 14).
En el N. T. resulta evidente la divinidad de Cristo: 1) El Mesías vaticinado es Cristo (en todo el Evangelio). 2) En los Sinópticos: Cristo es el Hijo de Dios único (gr. ἀγαπητός = predilecto = único); Mt. 3, 17 y 17, 5; Mc. 1, 11 y 9, 7; lo confiesa como tal S. Pedro (Mt. 16, 16 ss.) y Jesús aprueba y alaba su confesión. Además, Jesús distingue al Padre con los posesivos «mío» y «vuestro», sin asociarse nunca con los hombres para decir «nuestro». Ante el Sanedrín afirma que es Hijo de Dios, por lo cual es condenado. Se proclama superior a Salomón (Mt. 12, 41), completa y perfecciona la ley divina (Mt. 5, 21), perdona los pecados a la Magdalena y al paralítico, promete la vida eterna a quien le ama sobre todas las cosas y le sirve, obra prodigios por su propia virtud, resucita de entre los muertos y sube al cielo.
3) Evangelio de S. Juan: Cristo es el Verbo eterno, verdaderamente Dios (c. 1), es el Unigénito del Padre, que existe antes que Abraham (8, 58); es una sola cosa con el Padre (10, 30) y envía el Espíritu Santo (15, 26).
4) S. Pablo afirma categóricamente la divinidad de Jesucristo, especialmente en Rom. 9, 5; Col. 1, 15 y 2, 9; Filip. 2, 6 ss.; Hebr. 1, 11; Tit. 2, 13.
La Tradición se muestra como un coro unánime dando un testimonio inenarrable de palabras, de arte, de vida, de sangre, sellado y refrendado por el Conc. Niceno (325). V. Jesucristo.
Bibliografía
Cordovani, , Roma, 1945;
Grandmaison, , Barcelona, ELE, 1941;
M. Lepin, , París, 1929 (contra las extravagancias de Couchoud);
Tondelli, , Turín, 1936;
F. Fabbi, , Asís, 1950, p. 273 ss.;
«Jésus-Christ», en DTC y en DA, y todos los tratados apologéticos y dogmáticos sobre el Verbo encarnado;
P. Parente, , Brescia, 1951;
acerca de este último libro, V. Sola, , Est. Ed., 1953;
B. Xiberta, , Barcelona, 1954;
Bougaud, , Barcelona, ELE.