CIENCIA DE CRISTO
Es el conjunto de los conocimientos que tuvo Cristo como Dios y como Hombre. Como Dios el Verbo tiene común con el Padre y con el Espíritu Santo aquel acto de intelección divina que se identifica con la divina esencia y por el que Dios Uno y Trino se conoce a sí mismo y a todas las cosas posibles y reales (pasadas, presentes y futuras). Esta verdad se apoya sobre la verdadera divinidad y consustancialidad del Verbo encarnado (Conc. de Nicea) y sobre la integridad de su naturaleza divina (Conc. Calcedonense). La niegan los Monofisitas, los Agnoetas y los Kenóticos (cfr. estas pals.).
Esta ciencia divina del Verbo, siendo infinita, no podía ser comunicada formalmente al alma humana tomada por Él, la cual, en cambio, había de tener aquella especie de conocimientos que son posibles a la criatura intelectual, a saber, la visión beatífica, la ciencia infusa y la ciencia adquirida. a) la visión beatífica es propia de los bienaventurados y no le podía faltar a Cristo, ni siquiera durante su vida terrena, atendida la unión hipostática, que es mucho más que la visión; b) la ciencia infusa es un don de Dios que infunde en el entendimiento las especies inteligibles de las cosas, por las cuales se conoce sin el concurso de los sentidos: esta ciencia acompaña la visión beatífica en los Santos y en los Ángeles, y fue, por tanto, también en Cristo, Cabeza de los Ángeles y Rey de los bienaventurados; c) la ciencia adquirida es la que se actúa en todo hombre por medio de la abstracción de los fantasmas de la cognición sensitiva: Cristo, Hombre perfecto, debía tener naturalmente también esta ciencia, única en la que podía progresar, según el Evangelio (Lc. 2, 52).
Estas tres ciencias, por tener diverso carácter, pueden estar juntas en la misma alma, y Cristo se sirve unas veces de una y otras de otra. No son superfluas, porque tienen diversa gradación de luminosidad. La ciencia divina y la multiforme ciencia humana de Cristo excluyen de Él cualquier ignorancia; si Jesús dice (Mc. 13, 32) que no conoce el día del juicio final ha de entenderse esta expresión en el sentido de que Jesús no puede manifestar cuándo será aquel día (así los Padres). Cfr. Decreto Santo Oficio, 1918 (DB, 2183-2185).
Bibliografía
Sto. Tomás, , III, qq. 9-12;
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id., , Brescia, 1950. * S. Th. S., t. III, Madrid, 1950;
Xiberta, B., , Barcelona, 1954.