PURGATORIO
488AEstado intermedio entre la bienaventuranza y la pena eterna, que es temporal, «durante el cual el espíritu humano se purifica (de los restos de las culpas) y se hace digno de subir al cielo». S. Pablo , en I Cor. 3, 11-15, desarrolla la imagen de un edificio en construcción que representa la Iglesia . Los predicadores del Evangelio son los operarios que continúan el trabajo edificando sobre el fundamento asentado primero en Corinto por S. Pablo. La obra de los tales puede salir sin defectos, profundamente cimentada, como construida con oro, plata y piedras preciosas; o bien puede ir entremezclada de vanagloria, del propio interés u otros defectos, como cuando se construye con madera, paja, hierba. Cada obra será enjuiciada según su merecido en la hora de la prueba, que S. Pablo llama «el día de Cristo », «el día del fuego», añadiendo que la prueba no tardará en llegar. Por fuego se entienden todas las actividades destructivas, cuyo asalto sufrirá, por divina disposición, el edificio espiritual de Corinto. El fuego discernirá la obra de cada uno: los que han trabajado debidamente, comprobarán que su edificio resiste ante el vendaval, pero los otros verán derribarse su obra.
Según esto, «si queda en pie la obra que uno ha construido, él será recompensado; si su obra se quema, él no sufrirá detrimento, sino que será salvo, pero como quien pasa por entre las llamas». El buen predicador recibirá su recompensa, 488Bpero el otro «sufrirá detrimento». No se trata de pecado grave, ya que «será salvo», tendrá la vida eterna, sino de culpas veniales, que, aunque leves deberán ser expiadas: «será salvo, pero como quien pasa por entre las llamas». Por tanto, este fuego es algo temporal que le permite expiar sus deudas. En esta categoría entran las tribulaciones de esta vida, pero no siempre nos es dado el tiempo suficiente para expiarlo todo aquí en la tierra, no siempre nos aprovechamos de estas tribulaciones. El predicador del Evangelio (y todo cristiano en general) no es arrojado al infierno a consecuencia de sus culpas veniales: «será salvo». Pero tampoco puede ser admitido en el cielo, donde ya no hay posibilidad de expiar. Dedúcese, pues, claramente de las palabras de S. Pablo la existencia del purgatorio, estado intermedio y temporal de expiación; y ese carácter expiatorio se expresa mediante la metáfora del fuego.
En Lc. 12, 48, sólo dice Jesús que en el juicio habrá una graduación respecto de los premios y de las penas, en proporción con la responsabilidad. No se alude al purgatorio.
Bibliografía
E.-B. Allo, Première épître aux Corinthiens , 2.ª ed., París 1935, pp. 59 ss. 66 s. V. Jacono, Le epistole di S. Paolo, Rom., I-II Cor., Gal. , Torino 1951, p. 285 s.