Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

PADRE

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El término significa generador, conservador, educador amoroso y firme, entregado de lleno al verdadero bien de su prole. Por lo mismo forma parte de la terminología religiosa de todos los tiempos y de todos los países (Egipto, Asiria-Babilonia, pueblos primitivos). I. Antiguo Testamento. En la antigua economía, el pacto de Dios se estableció en primer lugar con la nación, y sólo de un modo secundario con los individuos en particular.

1. De Israel en cuanto nación, Dios mismo se proclama Padre: «Mi hijo, mi primogénito es Israel» (Ex. 4, 22): «Cuando Israel era niño, lo amé tanto, que llamé desde Egipto a mi hijo... Yo soy quien enseñé a Efraím a andar,... lo tomé en mis brazos... Lo acerqué a mis mejillas como se hace con una criatura, me incliné para darle de comer» (Os. 11, 1-4). Dios engendró a Israel (Dt. 32, 6), lo sostuvo como a un hijo pequeñito, durante el éxodo (Ibid. 1, 31), pero no omitió el darle la necesaria corrección (Ibid. 8, 5). Por eso Israel se dirige frecuentemente a Dios como a su Padre. «¡Tú eres nuestro Padre! Abraham no sabe quiénes somos, Israel no nos reconoce, pero tú, Señor, eres Nuestro Padre... Nosotros somos barro, tú el que nos formas, y nosotros todos obra de tus manos» (Is. 63, 16; 64, 8; cf. Jer. 3, 4.19; Sab. 2, 16; Eclo. 23, 1).

2. Que el israelita personalmente llame a Dios su Padre es cosa bastante menos frecuente. Recuérdese, no obstante, el uso frecuente, incluso en épocas muy remotas, de nombres teofóricos con el componente «Padre», como Abisu («mi Padre [= Dios] es salvación»), Absalóm («el Padre es paz»), Abijjah («mi Padre es Yavé »), Eliab («mi Dios es Padre»), etc. Pero las expresiones más explícitas son de los últimos siglos precristianos: «Señor, tú eres mi Padre» (Eclo. 51, 10); los impíos dicen del justo que «se jacta de tener a Dios por Padre» (Sab. 2, 16 s. cf. 5, 5). Se dice incluso, por otra parte, que Dios prometió hacer de padre de un modo muy especial para con los descendientes de la línea davídica (II Sam. 7, 14; Salmo 89, 27). II. Nuevo Testamento.

1. Es única la paternidad de Dios respecto de Jesús , Verbo de Dios encarnado: la Persona del Verbo, que toma en el tiempor la humana naturaleza naciendo de mujer, fué engendrada ab aeterno por el Padre. Nunca dice Jesús «Padre nuestro», sino «Padre mío» (Jn. 5, 17 s.; Mt. 26, 29.39, etc.); y en los escritos apostólicos hay 437Auna larga serie de textos en los que se habla de Dios como de «Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 15, 6; II Cor. 1, 3; I Pe. 1, 3, etc.), y otra serie en la que la palabra Padre es término trinitario correlativo de Hijo (I Jn. 1, 3.23 s.; I Pe. 1, 2, etc.; cf. también Mt. 28, 19). 2. «Padre nuestro que estás en los cielos» aparece en el judaísmo de la época de Cristo (refiriéndose exclusivamente a Israel ), pero Jesús hizo de este concepto el centro de su doctrina, extendiéndolo a toda la humanidad (Mt. 5, 45).

Era la inmediata consecuencia de la encarnación y de la redención : si cada uno de los redimidos forma con Cristo una unidad real mística, como la que se da entre la cabeza y los miembros (Ef. 1, 22 s.), entre la vid y los sarmientos (Jn. 15, 1-8), todos los redimidos, cualquiera que sea la raza a que pertenezcan, se convierten en hijos adoptivos de Dios (Rom. 8, 15 ss.), «partícipes de la divina naturaleza» (II Pe. 1, 3 s.).

Con eso, el que es de Cristo no tiene ya por qué afanarse por la comida y el vestido, teniendo como tiene un Padre en el cielo (Mt. 6, 26-34); podrá pedirlo con confianza a un tal Padre (Mt. 7, 11), seguro de que el Padre le ama (Jn. 16, 26 s.), ya que ejerce su providencia incluso sobre cada uno de los cabellos de su cabeza (Mt. 10, 29 s.). Con la misma frecuencia se inculca esta doctrina en los escritos apostólicos (I Tes. 1, 3; 3, 11.13; II Tes. 1, 1; I Cor. 1, 3; II Cor. 1, 2; Gál. 1, 3.4; 4, 5 s.; Rom. 1, 7; 8, 15 s.; I Pe. 1, 17, etc.). Por aquí ha aprendido el cristiano a hablar de Dios como del «Padre» sin otra determinación (Sant. 1, 27; 3, 9; I Jn. 2, 15 s.; 3, 1; II Jn. 4; Jud. 1, etcétera).

3. De esta realidad fluyen múltiples deberes para los «hijos del Padre celestial»: cumplir su voluntad (Mt. 7, 21), celar su honor y cooperar a la realización de sus designios sobre la tierra, amar y perdonar a los hermanos, porque también ellos son hijos del mismo Padre (Mt. 6, 9-12).

Bibliografía

J. M. Lagrange, La paternité de Dieu dans l’A. T. , en RB , 1908, pp. 481-99
Id., Le Judaïsme avant Jésus-Christ , París 1931, pp. 459-63. P. Heinisch, Teología del V. T. , Torino 1950, pp. 103-107. J. Bonsirven, Teología del N. T. , ibid. 1952, pp. 30-35. 95-103. 166-95.

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