Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

EFESIOS (Epístola a los)

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Pertenece, juntamente con Col., Flp. y Film., al grupo de la cautividad romana de San Pablo (61-63); v. Colosenses. Las relaciones entre San Pablo y los efesios tuvieron principio hacia finales del segundo viaje apostólico, probablemente en el año 52, pero no duraron más que un brevísimo tiempo (Act. 18, 19 ss.). Poco después aparece allí el alejandrino Apolo, cuya instrucción religiosa en el cristianismo completarán los dos cónyuges Aquila y Priscila, hechura de Pablo en lo que se refiere a la vida espiritual. Apolo sirvio de preparación al mensaje de Pablo, quien efectivamente realizó allí un magnífico apostolado 173Bpor los años 54-56, al que acompañaron terribles pruebas de diversos géneros y muchas tribulaciones (cf. Act. 19-20, 1; I Cor. 16, 8 s.; II Cor. 1, 8). A causa del tumulto provocado por el platero Demetrio, el Apóstol se vio forzado a abandonar la ciudad, por la que tanto había trabajado y sufrido.

Pero dejaba a su partida una comunidad cristiana bastante numerosa y pujante; y bien está que añadamos que también muy afectuosa y agradecida, como lo prueba la entrevista que tuvo Jugar en Mileto con los presbíteros de Éfeso (Act. 20, 16-38) cuando estaba dando los últimos pasos del tercer viaje apostólico. Después de la liberación del primer cautiverio romano volvio a ver esta ciudad, contra lo que él presentía, como se echa de ver por la epístola a Timoteo, a quien había encargado el cuidado de la iglesia efesina.

Pero ¿es que la Epístola a los Efesios estaba destinada directamente a los habitantes de Éfeso? Y en caso afirmativo ¿iba para ellos exclusivamente? Son dos cuestiones que más de una vez ha planteado la crítica moderna, católica y acatólica, y que todavía está sin resolver. a) Muchos escritores modernos, siguiendo a Harnack, afirman ser una misma nuestra epístola y la dirigida a los de Laodicea, de la que se habla en Col. 4, 16; y habiendo caído en olvido el nombre de Laodicea, en virtud de una especie de damnatio memoriae, a causa de lo que se lee en Ap. 3, 14-19, ocupó su puesto Éfeso, capital de la provincia romana de Asia y metrópoli eclesiástica de la misma región. Sólo Marción, que como hereje se hallaba fuera de la comunión eclesiástica, conservó el testimonio original. Es una pura hipótesis. b) T. Beza (desde el año 1598) propuso la idea de que esta epístola era una especie de carta «circular» para todas las iglesias de Asia.

Esta conjetura ha tenido y tiene muchos partidarios entre exegetas de tendencias opuestas que tratan de avalarla y sostenerla de varias formas y con nuevos argumentos. Ya desde su origen la epístola llevó escrito el nombre de la metrópoli del Asia, de acuerdo con su rango y con la función que desempeñaba como centro de toda aquella región. No puede establecerse con certeza la ocasión próxima de esta epístola «encíclica». Tal vez nos autorice el examen interno y el libro de los Actos (cf. 20, 28 ss.) a pesar que con ella se propusiera el Apóstol inmunizar a los fieles contra posibles infiltraciones pregnósticas y contra deletéreas infiltraciones judías o judaizantes (v. Colosenses).

Por su profundidad e incluso EFESIOS (Epístola a los) 174 174Apor su lirismo, el contenido es de lo más profundo que se lee no solo en la literatura paulina sino en toda la Escritura. Desde el punto de vista ideológico, corre parejas con Col., de la que reproduce literalmente la mitad o cerca de ella.

Esta epístola ha sido definida por Pirot como la epístola de la unión y de la unidad: los cristianos, cualquiera que sea su origen o su nacionalidad, no forman más que una Iglesia, prolongación y complemento de Cristo en el tiempo y en el espacio (Initiation biblique, París 1949, p. 146 s.). Veamos ahora un breve análisis doctrinal muy esquemático: Las dos partes, dogmática y parenética, en que se divide la epístola, están separadas por la doxología del c. 3, 20 s. Tiene un breve exordio (1, 1 s.) y está cerrada con un epílogo también breve (6, 21-24). a) La parte dogmática (1, 3-3, 21) es como un himno que celebra con entusiasmo los grandiosos beneficios de la redención de la humanidad, provenientes del corazón del Padre celestial, que ya antes de la misma creación nos eligió y predestinó para ser hijos suyos, por mediación de su Hijo amado.

Este designio de Dios fue realizado en el tiempo por Cristo, que nos rescató con su sangre, librándonos del pecado, y nos reveló el sublime misterio de la bondad de Dios, que consiste en coadunarlo todo en Jesucristo. El resultado es que, tanto los judíos que tenían las promesas, como los gentiles que han creído en el Evangelio, únense todos en Dios, por Cristo y en Cristo, para formar el nuevo pueblo de Dios (1, 3-14). Pablo ruega a Dios sin interrupción para que los fieles entiendan cada vez más perfectamente el misterio de la «economía» de la salvación, y sobre todo la omnipotencia de Dios que resucitó a Cristo y lo constituyó en Cabeza de la Iglesia (1, 15-23). Todos se congregan en una admirable unidad en el gremio de esta Iglesia: toda división quedó abolida por el sacrificio de Cristo. La Iglesia es como una espléndida casa fundada sobre Cristo y sobre la doctrina apostólica (2, 1-22).

Pablo tiene conciencia de ser (por elección divina) el ministro de este misterio, el destinado a anunciar a los gentiles la universalidad de la salvación en Jesucristo, Por eso ruega a Dios a fin de que los fieles puedan entender el inmenso amor de Jesucristo. Ruega también para que todos ellos se vean llenos de ciencia y caridad, y sean fuertes en la fe (3, 1-21). b) En la segunda parte , «moral» o parenética. exhorta el Apóstol a los cristianos a la unión en la paz y en el amor hasta llegar a 174Bconstituir entre todos un solo cuerpo, animadodel mismo espíritu, cuyos miembros aspiren a la unidad (4, 1-16). Descendiendo a recomendaciones particulares, insiste en que los fieles eviten los repugnantes vicios de la gentilidad, siguiendo la magnífica vocación cristiana en la virtud y en la santidad (4, 17-5, 20). Recuerda e inculca de un modo particularísimo los deberes sociales.

No se dirige en esto a todos, sino solamente a los cónyuges, a los hijos, y a los padres, a los señores y a los esclavos (5, 21-6, 9). Que todos se revistande la armadura facilitada por Dios para combatir estrenuamente en las santas batallas de la fe (6, 10-20). Por esta exposición sumaria puede entreverse con cuánta razón ha sido llamada esta epístola «la epístola de la Iglesia». Según L. Cerfaux, el término «misterio» es como la característica de las epístolas del cautiverio, y determina el vocabulario que les es peculiar. El mensaje cristiano de la salvación se llamará en lo sucesivo el misterio de Dios (genitivo subjetivo) o el misterio de Cristo (genitivo objetivo).

Un conocimiento más profundo del plan divino, infinitamente sabio, justifica este término de misterio. Pero al mismo tiempo en que la inteligencia contempla el plan divino, lo admira y lo penetra, el conocimiento de Cristo se hace más profundo, como Autor y causa de dicho misterio. Así la cristología se enriquece con nuevas fórmulas (Le Christ dans la théologie de Saint Paul, París 1951, p. 304). La autenticidad paulina de Ef. ha sido admitida pacíficamente desde la más remota antigüedad hasta el siglo pasado. No existen serios motivos para ponerla en duda, sobre todo si se tiene en cuenta que el autor dice expresamente que es Pablo (1, 1; 3, 1-3, etc.); y hecho un examen interno, nada aparece que no pueda ser tenido como paulino. A ella hacen ya alusión Clemente Romano, Ignacio; y después de Policarpo, muchísimas veces es citada incluso por los herejes, como Marción, Basílides y Valentín. Hay mucha semejanza entre Col. y Ef., lo cual es muy comprensible si se piensa en los destinatarios de las epístolas y en el momento histórico y síquico de Pablo. Y no por eso se desestiman las sensibles diferencias que median entre las dos epístolas. [G. T. [G. T.]

Bibliografía

P. Médebielle, en La Ste. Bible (ed. Pirot, 12), París 1938 [1946], pp. 9-74. Höpfl-Gut-Metzinger, Intr. spec. in N. T., 5.ª ed., Roma 1949, pp. 407-416. Ch. Masson, L’ép. aux Éphés. (comm. du N. T., IX), Neuchâtel 1953, pp. 133-228.M. de los Ríos, División y breve comentario de Ef. 1, 3-14, en Est B. (1933) 83-84;
(1934) 184-194.

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