CRUZ-CRUCIFIXIÓN
Modalidad del suplicio de la cruz. Usábase entre los persas para castigar los delitos más graves, y de los persas lo tomó Alejandro Magno y los cartagineses, de quienes lo tomaron los romanos, que en tiempo de guerra lo aplicaron contra los rebeldes y los piratas; y a pesar de que en Roma se le llamaba «servil» y era considerado como ignominioso, podía ser aplicado a ciudadanos romanos. Era desconocido entre los egipcios, los asirios y los griegos en su patria, y entre los judíos no se introdujo hasta el reinado de Alejandro Janneo (f 76 a. de J. C.). La cruz, llamada simplemente «madero» (Act. 5, 30; I Pe. 2. 24, etc.), constaba ordinariamente de dos palos: el mayor se erguía y era clavado en el suelo (stipes o staticulum o σταυρός) y el menor era transversal (patibulum : del uso primitivo de castigar a los esclavos imponiéndoles sobre la cabeza, para inmovilizarlos, el palo que servía para amarrar la puerta, y quitado el cual la puerta se abríapatebat).
Generalmente se añadía un tercer palo (sigma o sedile o cornu), que acababa en punta y estaba clavado sobre el madero erguido; para que sobre él se colocara a horcajadas el ajusticiado y así pudiera sostenerse, ya que no podía hacerlo de otro modo por tener las manos y los pies fijos con clavos o cuerdas. La crucifixión era precedida de dos tormentos: la flagelación, que precedía al suplicio, y el transporte del patíbulo por parte del sentenciado, «Patibulum ferat per urbem, deinde affigatur cruci» (133BPlauto, Mostellaria I, 1, 56 ss. Miles gloriosus 11, 46 ss. 358 ss.). El palo vertical de la cruz podía estar erigido de un modo estable en el lugar del suplicio, o bien se clavaba en tierra en el momento que precedía a la ejecución. De ningún sentenciado se ha dicho que llevara la cruz por entero, pues el peso considerable, dada su altura de cerca de cuatro metros, hacía imposible su transporte para un hombre que ya estaba debilitado por la flagelación, por eso la expresión «portare crucem» debe entenderse como una sinécdoque, pues en realidad solo se transportaba la parte menor.
En el lugar del suplicio, el que había sido condenado a crucifixión incruenta (la modalidad cruenta o incruenta dependía de los magistrados y los esbirros), una vez amarrado al patibulum por los brazos, era levantado, sin más, sobre el palo vertical y atado al mismo. En caso de crucifixión cruenta echábase en tierra al reo, cuyas manos se fijaban con clavos en el patibulum; luego lo alzaban en alto sobre el palo vertical, y seguidamente clavaban en él los pies. El acto de alzar sobre la cruz se halla descrito en frases como éstas: «patibulo sufixus in crucem tollitur» (Firmico Materno, Mathematica VI, 31, 58 y en otros lugares), «aliquem in crucem tollere, elevare, crucem ascendere» (cf. Jn. 3, 14; 8, 28; 12, 32. 34). La extensión de las manos (Jn. 21, 18) no era la última acción del ajusticiado, antes bien la • primera del suplicio, realizada ya en el foro después de la sentencia de los jueces, cuando le desnudaban y ataban las manos extendidas en el patíbulo. Entre los romanos estaba en uso la desnudez total, pero entre los pueblos más recatados en materia de pudor, como eran los judíos, se conservaba un ligero vestido (Sanhedrin VI, 1-4).
El condenado quedaba expuesto en un lugar frecuentado, bajo la custodia de soldados, y así esperaba la muerte , que generalmente no tardaba mucho en llegar, a causa de la paralización del corazón, producida por el acumulamiento de la sangre en los pulmones. Añadíanse otras causas, como la hemorragia, la fiebre proveniente de las heridas, los desgarros del hambre y de la sed. Algunos organismos más robustos resistían días enteros sobre la cruz en una espantosa agonía; pero estaba permitido acelerar la muerte por medio de fuego o de humo, o fracturando las piernas (crurifragio) con una lanzada. En los tiempos más antiguos quedaban los cadáveres suspendidos para que los desgarrasen las fieras o las aves. Desde los primeros tiempos de Augusto se concedio el cadáver a los parientes o amigos siempre que lo. pidiesen a la autoridad para sepultarlo. 134ACrucifixión de Cristo (Jn. 19, 17-31; Mt. 27, 32-42).
Aunque los evangelios son muy parcos en la narración de la pasión de Cristo, porque suponen que los lectores conocen las modalidades de la crucifixión, y, por otra parte, hay que admitir variantes dictadas por el arbitrio de los jueces o de los verdugos, a pesar de todo esto había muchas normas que se seguían invariablemente en cuanto al madero de la cruz, a la manera de fijarlo y a los procedimientos, todo lo cual se observó también en la Pasión. La forma de la cruz de Cristo era «capitata» o «immissa» (con cuatro brazos): esto se prueba por las comparaciones establecidas por los Padre s (pájaros volando, la nave) y por los tipos del A. T. aplicados por los Padres a Cristo crucificado (Jacob que bendice con los brazos cruzados; Moisés que ora con las manos alzadas por el pueblo que está luchando). En suma, la cruz debía tener 4 ó 4,5 m. de altura (estatura del hombre, m. 1,70; la parte superior debía sobresalir cerca de 0,30; los pies estaban J ó 1,5 sobre el suelo, a juzgar por lo del hisopo de Jn. 19, 29). Cristo llevó la cruz (el patíbulo) vestido (Mt. 27, 31; Mc. 15, 20).
Al despojarle de las vestiduras, que fueron sorteadas entre los soldados, le dejaron un ligero vestido, por respeto al pudor judío, si bien los Padres, que se atienen a las costumbres romanas, afirman que lo dejaron desnudo. No clavaron a Cristo yaciendo en tierra sobre la cruz entera, como dice el evangelio apócrifo de Pedro, ni tampoco sobre la cruz entera ya erigida, sino primero con dos clavos, sobre el patíbulo que había llevado a las espaldas, y luego lo alzaron y lo clavaron también en el madero vertical con otros dos clavos en los pies (en total cuatro clavos, según el testimonio del arte cristiano del s. xiii). Murió al cabo de tres horas (no seis, como podría hacer suponer Mc. 15, 25 con algunos códices de Jn. 19, 14) por el excesivo número de lesiones traumáticas, sobre la cruz que el libremente eligió por lo que tenía de ignominiosa, «para demostrarnos su amor». Crucifixión y glorificación de Cristo . — La glorificación de Cristo está condicionada por su sufrimiento, en virtud de la aplicación de la ley general de «perderse para hallarse», valedera para todos (Jn. 12, 24), y proféticamente anunciada para el Siervo de Yavé (ís. 52, 13-53, 12).
La antítesis sufrimiento-exaltación es fundamental en el fragmento cristológico Flp. 2, 5-11: Cristo hecho hombre en su realidad concreta humano-divina se sitúa voluntariamente en una condición (μορφή) semejante a la de los esclavos (ἐκένωσεν = ἐταπείνωσεν) (Él, que tiene derecho a honores divinos) durante toda la vida, y 134Bsobre todo en su muerte como esclavo; pero en compensación, esta humillante condición se transformó en otra condición de gloria imperecedera (Κύριος) (cf. Jn. 2, 18.; 10, 18; Lc. 24, 26; Act. 2, 36; Hebr. 5, 8 ss.; I Pe. 3, 21, ss.; y todo el Ap.
La cruz da acceso a la plenitud del poder salvador (Jn. 3, 28; 12, 33; cf. 7, 29; 14, 16. 26; 16. 7; 20, 17) y a las manifestaciones de la gloria divina (Jn. 8, 28; 12, 23. 28; 13, 31. 32; 14, 13; 16,.14; 17, 1-5). La cruz de Cristo y los Cristianos . La cruz tiene preponderancia en el pensamiento y en las palabras de San Pablo : es para él como el símbolo y el compendio de la religión cristiana. Su «evangelio» está caracterizado cómo «evangelio de Cristo crucificado», porque para recibirlo se requiere como condición el aceptar a Cristo Crucificado. El método eficaz de evangelización consiste en la simple presentación de esta verdad, sin los artificios de la retórica humana (I Cor. 1; 17-2, 16).
Este evangelio penetra en los ánimos con una evidencia irresistible debida a la fuerza sobrenatural que produce el Espíritu Santo (I Tes. 2, 13; II Cor. 13, 3). Por haber sido crucificado con Cristo, el cristiano ha quedado libre de la ley judaica (Gál. 2, 20), ha sido destruido el hombre viejo pecador (Rom. 6, 6), y ha quedado separado del mundo (Gál. 6, 6). La muerte en la cruz obra la reconciliación y la supresión de la Ley (Col. 1, 20; 2, 14; Ef. 2, 16).
Cristo crucificado está grabado de un modo indeleble en los fieles (Gál. 3, 1); y su cruz, de la cual se gloría San Pablo (Gál. 6,14), es desechada por los judaizantes (Gál. 5, 11) y por los enemigos de. Pablo (Flp. 3, 18), por miedo a las persecuciones que la acompañan (Gál. 6, 12). Los verdaderos cristianos deben llevar diariamente su cruz (sinécdoque: patibulum), a imitación de Cristo (Mt. 10, 38; 16, 24; Mc. 8, 34; 10, 21; Lc. 9, 23; 14, 27), es decir, deben soportar las injurias y los escarnios que sobrevengan en la práctica de la virtud, lo mismo que el condenado cargado con el patíbulo había de soportar las injurias y los escarnios en medio de las calles frecuentadas que le obligaban a cruzar.
Los verdaderos cristianos siguen también a Cristo crucificando las propias pasiones y concupiscencias (Gál. 5, 24). Los padecimientos apostólicos que producen en el cuerpo de San Pablo el estado de muerte de Cristo (II Cor. 4, 10), completan los padecimientos de Cristo, contribuyendo a su redención (Col. 1, 24) y aseguran la participación en su glorificación (135ARom. 8, 17). [A. R.] E. Saglio, Croix, en Diction. des Antiquités, I, pp. 1573-75. U. Holzmeister, Crux Domini eiusque crucifixio ex archaeologia romana illustrantur, en VD, 14 (1934) 149-55.216-220.244-49.257-63. Id., s. v., en Enc. Catt. Ital., IV, col. 951-56. J. Bonsirven, Il vangelo di Paolo (trad. ital.), Roma 1951, pp. 34 s. 186 s. A. Vergote, L’exaltation du Christ en Croix selon le quatrième évangile, en EthL, 28 (1952) 5- 23. A. Rolla, Il passo cristologico di Phil. 2, 5-11, en SC, 80 (1952), 127- 34. Gerardo del S. Cuore, La Croce e la Chiesa nella teologia di S. Paolo, Roma 1952. * Bartolomé Relimpio, Estudio médico legal de la Pasión de Cristo, Madrid 1940. M. G. Pallete, Cruz y Crucifixión, en EstE, LXXX (1947) 21. J. Fábregas, La Cruz en la mentalidad romana, en AS (1953) 109.