Diccionario Bíblico

Luigi Moraldi

CONVERSIÓN

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Movimiento de retorno a Dios por parte de quien se ha alejado de Él por el pecado.

Para obtener el perdón es necesario que el hombre se humille ante Dios, reconozca su propia culpa, se ¿leje del pecado y encauce sus actos hacia la acción salvadora de Dios (II Sam. 12; I Re. 21, 27 ss.; Lev. 5, 5; 16, 21; I Sam. 7, 5, etc.; en los Salmos penitenciales 25, 7; 32, 5; 38, 19; 41, 5; 51, 6 ss.; 65, 4; 130, 1 ss.). Las expresiones más comunes empleadas para semejantes movimientos del ánimo son: buscar a Yavé (II Sam. 12, 16; 21, 1; Os. 5, 6; Sof. 2. 3), pedirle a Él (Am. 5, 4. 6; Os. 10, 12; Is. 55, 6), confesarse a Él (I Re. 8, 33, 35). Ese mismo concepto se expresa en las formas externas de llanto, lamentaciones, etc., pero ante la posibilidad de que se dé alguna ilusión, los Profetas repiten la apelación a los sentimientos internos: corazón sincero (Am. 5, 5; Os. 7, 14; Is. 1, 10, etc.), dirigirse hacia el bien y alejarse del mal (Am. 5, 14; Is. 1, 17; Sal. 34, 15; 37, 27), cambiar el tenor de vida (Jer. 7, 3; 26, 13), formarse un corazón nuevo (Ez. 12, 31), o también lavar el corazón, según el lenguaje figurado del culto (Jer. 4, 14), lavarse y purificarse (Is. 1, 16; Ez. 36, 25).

El hombre necesita de una íntima acción personal para hallar a su Dios y volver a unirse con Él. Todas las circunlocuciones precedentes que expresan este cambio profundo están sintetizadas en el verbo hebreo sübh (volver), del cual procede sübháh (= conversión, convertirse); 121Aalejamiento de la táctica moral seguida en lo pasado, y nueva dirección conforme al querer divino. En este término se encierra uno de los pensamientos dominantes de los Profetas (Am. 4, 6. 8 ss.; Os. 5, 4, etc.). La conversión tiene siempre el significado de un retorno (cf. Os. 14, 2-5; Jer. 3, 12-22; 18, 11; 25, 5, etc.) que debe brotar de una decisión de la voluntad del hombre, ya que se trata de una lucha del hombre por Dios y en nombre de Dios (Is. 31, 6; Os. 14, 2 s.; Jer. 3, 14. 22; 4, 1; Ez. 14, 6; 18, 30; Zac. 1, 3). Is. 44-45 deja casi en el olvido el aspecto negativo de la conversión, para poner en evidencia el positivo, la unión con Dios (asimismo Os.). La conversión no es un acto sino una conducta (cf. Ez. 18) de vida.

El hombre no puede obrar por sí solo su conversión; y sobre esto tiene capital importancia esa insistencia de la iniciativa divina: «Conviérteme, y yo me convertiré, pues tú eres mi Dios» (Jer. 31, 18), «Sáname, y seré sano» (17, 14; cf. Lam. 5, 21; Sal. 80, 4. 8. 20; Zac. 1, 3). Es Dios quien debe obrar la conversión del hombre para que ésta pueda ser real y eficaz; cf. Os. 6,11; 11, 3-11; Él es quien crea el nuevo corazón e infunde un nuevo espíritu (Jer. 24, 7; 31, 31; 32, 39; 15, 19; 17, 14; Ez. 11, 19 s.; 36, 26 s.). Doble aspecto, divino y humano, de la conversión: «Si tú te conviertes yo te convertiré...» (Jer. 15, 19), y «Conviértenos a Ti, Señor, y nos convertiremos» (Lam. 5, 21). La conversión tiene también un sentido escatológico. No se trata únicamente de una doble acción divino-humana que se termine aquí en la tierra, sino de perdón y salvación, de una unión que va más allá del tiempo, llegando a ser algo perenne, fundamentada como está ya desde ahora en la divina bondad (Jer. 3, 19-4, 4; 31, 18 ss., etc.). La conversión es, por consiguiente, en su aspecto más profundo, el total restablecimiento de la armónica unión primitiva del hombre con su Dios.

En el Nuevo Testamento la invitación a la conversión compendia toda la predicación del Precursor (Mt. 4, 17; Mc. 1, 14; Lc. 3, 8), y en ella concentra Jesús la suya (Lc. 5, 32; Mt. 9, 13; Mc. 2, 17). Los Apóstoles invitan a sus congéneres compatriotas a la conversión (Mc. 6, 12). También en el N. T. aparece la conversión en su doble aspecto, negativo (Act. 3, 19; 5, 51; 14, 15; 26, 18) y positivo (Act. 9, 35; 10, 43; 11, 18-21; 13, 38; 15, 19; 20, 21; 26, 20): arrepentirse, volverse al Señor (Jesucristo), darse a Él, creer. Es la manera de llegar a la nueva creación (v. Recreación), con la participación en la muerte y en la resurrección del 121BRedentor (Gál. 6, 15; Rom. 6, 4 ss.; 7, 6; Ef. 4, 22. 24). En su significado pleno y profundo — o sea unida con la fe — la conversión une al fiel con Jesucristo, porque comunica la vida de la gracia, la vida divina. El tema profético ha cambiado de aspecto en la predicación de Jesús y de los Apóstoles, pero las líneas fundamentales continúan siendo las mismas.

En Jn. (Evangelio y Epístolas) no aparece nunca la palabra conversión o el verbo convertirse: la conversión él la identifica con el «creer» (cf. 3, 15-18; 5, 25; 6, 40. 47; 9, 21-41; 12, 37-40. 46, etc.). La consigna de Jesucristo a los Apóstoles es la conversión de todos los pueblos (Lc. 24, 47), y con ella se realiza la restauración total de la humanidad; «convertirse y creer» (Mc. 1, 15). La conversión es el primer paso y el cumplimiento de la palingénesis de la humanidad y de la creación en N. S. Jesucristo. [L. M.]

Bibliografía

P. Heinisch, Teologia del Vecchio Testamento, Torino 1950, p. 289 ss. J. Bonsirven, Les Enseignements de Jésus-Christ, París 1950, p. 125 ss. Id., Teologia del Nuovo Testamento, Torino 1952.

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