Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

CANTAR DE LOS CANTARES (El)

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En el índice de los libros sagrados el Cantar de los Cantares es el quinto de los siete libros didácticos: en la Biblia hebrea es el primero de los cinco opúsculos llamados meghillóth o rollos y se lee en las sinagogas el octavo día de Pascua. Este título, con el que ordinariamente se le designa, es una traducción servil del hebreo šir hašširim, que es uno de los modos de expresar el superlativo (cf. Éx. 26, 34; Apoc. 19, 16): el cantar por excelencia, o mejor aún: el cantar (así Orígenes, PG 13, 37).

«Se nos presenta bajo la forma de un pequeño poema entre lírico y dramático, con el colorido de un idilio, con el tono de un canto amoroso: cualidades todas ellas que le merecen un puesto especial en el canon de las Escrituras, y hay que añadir que por sus bellezas literarias merece colocarse entre las más preciosas páginas de la poesía hebrea» (A. Vaccari). El Cantar celebra la teocracia restablecida, la alianza renovada entre Yavé y los «residuos» de Israel vueltos de la cautividad. «La acción del Cantar es una parábola y un contraste: una parábola de fondo idílico, un contraste entre dos vidas, entre dos amores. Una simple pastorcilla ama con tierno e intenso amor a un joven pastor... de quien es correspondida con amor no menos cordial...

El mutuo afecto tiene por base el común ajetreo por la inocente vida de los campos en medio del encanto de la naturaleza virgen, entre la que han crecido juntos. Hasta aquí el idilio. En contraste con esta vida sencilla, con este puro afecto, está la ciudad con sus agitaciones, la corte con sus seducciones, un rey poderoso (personificado en Salomón, el más rico y fastuoso entre los reyes que conoce la historia de Israel), que quisiera para sí el amor de la pastorcilla, para honrarse con tenerla por consorte.

Pero la generosa pastorcita rechaza con desdén las ofertas del rico monarca, y se contenta con el sencillo vivir entre los campos, y permanecer eternamente fiel a su pastor, único objeto de su casto amor» (A. Vaccari). Contiene seis escenas. I. Anhela el abrazo (1, 2-14); primer encuentro (1, 15-2, 7). II. En el campo (2, 8-17); Pesquisa nocturna (3, 1-5). III. Salomón en todo su esplendor (3, 6-11). Retrato de la esposa (4, 1-6). El místico jardín (4, 7-5, 1). 100BIV. Visita nocturna (5, 2-9). Retrato del esposo (5, 10-6, 3). V.

Nuevas alabanzas de la esposa (6, 4-7, 1); porfía de caricias (7, 2-10); amor irrevocable (7, 11-8, 4). VI. Triunfo del amor (8, 5-7). Reminiscencias (8,8-14). (División y títulos del P. A. Vaccari). «Todo esto es figura del alma de Israel puesta a prueba entre la fidelidad a su austera religión y los deslumbrantes esplendores de la civilización pagana». Es la fidelidad de la teocracia restaurada al Dios de los padres, al Dios de la alianza (v.) del Sinaí. Los «residuos» que han vivido en el espléndido y poderoso imperio de los caldeos, donde la solemnidad del culto corría parejas con la suntuosidad de los santuarios, han contemplado lo fascinador de una civilización superior neobabilónica y con todo han conservado su amor a Yavé. Por fin han logrado volver a verse entre los collados ancestrales, donde el mutuo afecto podrá al fin manifestarse y alimentarse con seguridad. El Cantar celebra la restauración de Israel; he ahí por qué no hace mención alguna de infidelidades pasadas (cf. Buzy, p. 292); ninguna sombra viene a turbar el cuadro.

Los profetas que celebran también el idilio de los cuarenta años del desierto, siempre lamentaron las infidelidades de Israel, que no dejaron de darse ni en aquel período que, en conjunto, puede calificarse de siglo de oro (cf. Ez. 20, 13). Aquí, en cambio, el Cantar puede loar sin reserva alguna la fidelidad del Israel restaurado y vuelto a su Dios. En realidad, después de la cautividad desaparece toda huella de idolatría. El reciente comentario de Buzy se expresa de este modo acerca del tiempo en que fue compuesto el Cantar de los Cantares: «Si es cierto que una obra lleva siempre las huellas y la impronta de su tiempo, del carácter optimista del Cantar de los Cantares habrá que decir que se halla espontáneamente de acuerdo con el fervor religioso de que se benefició la comunidad con las reformas de Nehemías y de Esdras, así como también con la paz política de que disfrutó Palestina durante todo el s. IV hasta la ruina del reino persa con la llegada de Alejandro (330 a. de J. C.). Este s. IV fervoroso y tranquilo, durante el cual se habla un hebreo aramaizante, nos parece con Dussaud, Tobac, Ricciotti, el siglo literario del Cantar de los Cantares».

A la verdad, el título (1, 1) que atribuye el Cantar a Salomón no es más que un simple artificio literario (seudonimia), del que, por otra parte, no sabemos si es o no original. Falta en la Vulgata. Y el argumento de la alegoría 101Aaquí desarrollada, la falta de toda alusión a infidelidades de Israel, es más fuerte que los mismos aramaísmos, que no son en manera alguna decisivos. El hecho de figurar mediante el vínculo conyugal la alianza entre Dios y su pueblo, y los respectivos derechos y deberes, muy bien puede decirse que es relevante en la literatura profética (Is. 54, 5 s.; 62, 4 s.; Jer. 2, 2; Ez. 16, 8-14; Os. 2, 16-20, etc.), que probablemente la tomó de la misma carta de la alianza, el decálogo: Éx. 20, 5 «Yo soy un Dios celoso», donde el término hebreo qanná expresa el sentimiento de los celos del esposo para con la propia esposa. Idéntica idea se halla implícita en la frecuentísima locución profética que apellida con el nombre de adulterio a la infidelidad para con Dios.

Otra imagen de los libros proféticos es la de Dios pastor e Israel su rebaño (Jer. 31, 10; Ez. 34; Zac. 11, 7). «También en el Nuevo Testamento (aparte la imagen del Buen Pastor: Lc. 15, 4 ss.; Jn. 10) emplearon un lenguaje semejante el Bautista (Jn. 3, 29), el evangelista San Juan (Apoc. 21, 9), San Pablo (II Cor. 11, 2) y el mismo Jesús (Mt. 9, 15) llamándose esposo y equiparando su presencia en la tierra a las fiestas nupciales. Por eso la interpretación alegórica o parabólica del Cantar de los Cantares (sostenida ya por la exégesis judía y —en sustancia— por la mayor parte de los exegetas católicos) no es arbitraria» (Vaccari), sino fundada en la literatura profética. Más aún. En Is. 5, 1 tenemos una alegoría, o mejor una parábola, reconocida y explicada expresamente como tal, que tiene varias analogías con nuestro diminuto poema. Llámase a Dios «mi amado», como se ve con frecuencia en el Cantar (30 veces); a Israel se se presenta bajo la figura de una viña, como en los Cantares (I, 6; 8, 11 ss.); lleva el título de Cantar exactamente como nuestro poema.

No obstante, tal vez ningún libro del Antiguo Testamento presenta tanta diversidad de interpretaciones como el Cantar de los Cantares (v. Buzy, pp. 286-96). Enteramente opuesta a la interpretación alegórica es la literal que considera al Cantar de los Cantares como un canto o un drama profano. Así un considerable número de racionalistas modernos. El quinto Concilio Ecuménico condenó a Teodoro de Mopsuestia por lanzar una hipótesis semejante. Jamás hubiera tenido cabida entre los libros divinamente inspirados un poema erótico, profano. Sobre el origen divino del Cantar de los Cantares nunca surgió duda alguna ni entre judíos ni entre cristianos; el mismo Teodoro de Mopsuestia tampoco lo negó (A. Vaccari, Inst. Bibl., p. 30 en nota). 101BLos comentaristas católicos que reconocen en el Cantar la unión entre Yavé e Israel han extendido esta alegoría aplicándola a Jesús y a su Iglesia; a Jesús y a cada una de las almas fieles; de un modo especial a la Virgen Santísima (Hipólito, Orígenes, San Bernardo, etc.). Es difícil hablar de sentido típico o espiritual. Buzy (p. 295) sostiene que se trata de sentido comprensivo.

Tal vez sea mucho más exacto el situarse en el plan de una piadosa acomodación o aplicación. El Cantar se explica con la luz del ambiente en que nació y sobre la base de la literatura profética en que se inspira. En cuanto a los detalles, téngase presente el género literario: el Cantar es una alegoría con muchos elementos parabólicos, es decir, sacados de la vida real y colocados aquí únicamente a título de ornamento y con miras al efecto dramático, sin el mínimo significado metafórico. Estos diferentes cuadros o escenas no tienen más que un alcance o significado de conjunto. Si alguna vez las comparaciones no satisfacen a nuestro gusto clásico, «el lenguaje, empero, es siempre tan elevado, tan noble, que jamás hay en él nada sensual, y sólo puede ofender a las almas ya corrompidas. ¿Es drama el Cantar de los Cantares? ¿Es lirismo? Es algo de todo eso, pero nada que responda exactamente a nuestras categorías literarias. Es un diálogo lírico acompañado de cierto movimiento dramático» (A. Vaccari). No es fácil deslindar los versos del Cantar e incluso parece imposible disponerlos en estrofas sin maltratar el texto hebreo.

En general puede admitirse que cada verso consta de dos cláusulas: la primera de tres y la segunda de dos acentos. Buzy (p. 286) sospecha que no sean auténticos, aunque sí inspirados, los siguientes versículos: 2, 15 ss.; 3, 6-11; 4, 6; 8, 8-14, que podrían desgajarse como elementos adventicios y secundarios. El texto hebreo, en general, es óptimo; son poquísimos los casos en que puede tenerse como dudoso o corrompido. La Vulgata trae la mejor versión. La griega (LXX) es servil, y frecuentemente no expresa el verdadero sentido. Son muy numerosos los comentarios: los principales están catalogados en Hópfl-Miller-Metzinger, Introd, V. T., 5.ª ed., Roma 1946, p. 356 ss. En Italia la mejor versión es la del P. A. Vaccari, con la introducción que tantas veces aquí hemos citado. [F. S.]

Bibliografía

A. Vaccari, Inst. Bibl., II, 2.ª ed., Roma 1935, pp. 28-42. Id., La S. Bibbia, V, 2, Firenze 1950, pp. 111- 29. G. Ricciotti, Il Cantico dei Cantici, Torino 1927. D. Buzy, en RB, 49 (1940) 169-94. Id., en La Ste. Bible (ed. Pirot, 6), París 1946, pp. 281-363. A. Feuillet, Le C. des Cantiques et la tradition biblique, en NRTh, 84 (1952) 706- 33. Id., Le Cantique des Cantiques, Étude de théologie biblique 102Aet réflexion sur une méthode d’exégèse, París 1953. P. De Ambroggi, Il Cantico dei Cantici (ed. paulinas).

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